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TRES, ERAN TRES
Andrés L. Mateo


Quisiera comenzar estableciendo que estos tres cuentos largos que componen el libro Tres, eran tres, más el apéndice final titulado “Andamios”, son pequeños simulacros de una vida, y esos simulacros son las imágenes, el relente existencial que ha quedado en la conciencia del escritor.
El autor, José M. Fernández Pequeño, es un cubano que hace tiempo está viviendo entre los dominicanos, y esto es bueno consignarlo, porque si estos cuentos son simulacros que forman una imagen de vida, una imagen no es más que una relación, sobre la que una conciencia imaginante hace surgir múltiples historias que brotan, se desarrollan y desaparecen de manera infinita. Estos cuentos, incluyendo el que abre el libro, titulado “A.M.”, tienen una relación particular con su autor, el cubano Fernández Pequeño, que ahora vive en la República Dominicana; porque se puede decir que es el frenesí de la memoria el que determina la multiplicidad de los relatos que lo contienen. “A.M.”, por ejemplo, se balancea entre el recuerdo que entra al lenguaje como una relación de actos, de actividades vividas, sobre la que se ha operado una prestidigitación que trastoca lo real, y que evapora la relación espacio-tiempo.
Como un personaje borgiano, Aníbal Sosa, tiene la sensación de que todo cuanto está viviendo lo había vivido antes. Un deja’vu que mueve la narración constantemente de Santo Domingo a Cuba, de Cuba a Santo Domingo; y que se despliega como un inventario de ocurrencias que se atrincheran en el espíritu del personaje. Situado en un medio en el que recién se ha introducido, obligado por las circunstancias a colocarse ante lo desconocido como si fuese un explorador, inevitablemente cercado por otra realidad a la que tiene que adaptarse para sobrevivir, al narrar desde una claridad que no es la de la explicación sino de la comprobación, Aníbal Sosa descubre que está partido en dos mitades. Uno por uno los hechos narrados se confrontan con una experiencia anterior, y aunque las cosas parecen significar por sí mismas, el mundo que estructura el relato es tan fluido y zigzagueante que al final, sea cual fuere la violencia de la provocación de lo contado, el propio personaje confiesa que habla desde el sueño. Es desde el sueño que ocurre lo narrado.
Cuando terminé de leer este cuento me plantee muchas interrogantes, porque la escritura de Fernández Pequeño no se caracteriza por construir esquemas míticos desde los cuales se despliega el relato, pero descubrí un procedimiento que, en cierto modo, legitima el recurso, y es el hecho de que todo cuanto se narra en esta historia no está en una relación de verdad, sino de uso. Aníbal Sosa pasa un furioso inventario de acontecimientos, de observaciones, de hechos, que son el secreto encerrado en la vida de los demás, pero que están allí por la necesidad de volver inteligible algo que se presenta como una multitud incongruente de hechos, y que él usa para integrarlos como la otra mitad de su experiencia vital, difusa e inatrapable.
Los otros cuentos de este libro, abordan temas que tienen que ver con la experiencia vivida en su propio país, y que podrían calificarse como recurrentes en la literatura cubana contemporánea. Tanto “La espera”, como “Tres, eran tres”, el cuento que da título al libro, tienen una temática angustiosa en la particular condición de la vida cubana: el intento por escapar de la situación política y social que se vive allí, y las miles de situaciones que se originan por lograrlo. Fernández Pequeño es un narrador nato, hasta el punto que quien le lee parece que le oye hablar. Y, además, explota con mucha galanura, los rasgos sociolectales del cubano, los refranes, las frases hechas, los retruécanos, el ritmo la jerga y la gracia del hablante promedio. Pero sus rasgos de estilo pueden ascender de lo coloquial popular a lo culto. Quienes lean estos dos cuentos podrán comprobar que la narración es sorprendentemente fluida, y que la escritura imita el habla.
“La espera” es una narración cuya estructura es el relato escénico. Cada personaje dice su parlamento, agota una visión del conflicto, y da los perfiles sicológicos del otro, y de paso se define a sí mismo, pero en acto, como en la técnica narrativa de William Faulkner. Casi todo el transcurso del cuento, saltando de un personaje a otro, es un solo desgarramiento por la desaparición de Jorge, el hijo de Ana, quien en un intento por salir de la isla parece que se perdió en la inmensidad del mar. Cada una de las apariciones de los personajes está evidentemente dramatizada, moldeada con una gran habilidad en el vocabulario enfático del miedo, que es, a fin de cuentas, la hipermetáfora de la narración. Es el miedo inasible, permanentemente diluido en la atmósfera que pinta el narrador, el que le otorga a este cuento el sopor y la mezcla ambigua del sacrificio y la espera. Ana oyendo en silencio Radio Martí, Manuel asomándose a la puerta atraído por los ruidos de la calle, Ana pasándole inventario a los objetos dejados por Jorge, y echando de menos algunos; Luisa señalándole a Ana que “a las palomas les pasa algo”, o Manuel reflexionando sobre el misterio de los robos de objetos, porque únicamente a los ladrones les interesan los del desaparecido Jorge. Todo se teje como si la naturaleza participatoria de la escena la constituyera, objetivamente, en un episodio de terror. Sin embargo, al final el cuento se cierra con muchas incógnitas, como si fuera imposible nombrar el gesto de la desgracia, o afirmar que Jorge, ciertamente, habría muerto en el mar.
Lo contrario de “Tres, eran tres”, cuyo tema es el mismo del escape de la isla, pero que por su vinculación con un sistema de creencias populares, se convierte en una curiosa muestra del mito del hallazgo de la Virgen. Yo no voy a hacer la historia para no matar la curiosidad, pero todo gira alrededor de un plan para escapar, que al final se transforma en una ironía de la historia. En los pueblos americanos siempre existe la leyenda de la aparición de una virgen, y esa tradición mitológica es común a un sistema de creencias cuya influencia popular ha sido siempre políticamente aprovechada. Esta aventura del escape va a dar pie a una refundación del mito, porque, aunque como las otras dos historias del libro, ésta se queda suspendida en muchas interrogantes, el imaginario popular la fue recuperando poco a poco como un segundo mito de la aparición de la Virgen de la Caridad del Cobre, que deja al primero como una ingenuidad que simplemente se mira. ¿En la nebulosa en la que queda la mente de Cuco, fue la Virgen en persona la que guió la barca? ¿Cómo es posible que, en una sociedad en la que se practica el ateísmo científico, la recuperación de esta historia, y su aprovechamiento comercial, incluso, se constituya en la refundación de un mito popular? ¿Por qué el mito juega a la analogía del sentido, y la trivialización de los hechos que ocurren en el barco es necesario para su propia duplicidad?
Yo creo que hay muchos ejemplos en la literatura hispanoamericana de modelos realistas de escritura, que se transforman en instancia mítica. El lenguaje del escritor no tiene como objetivo representar lo real, sino significarlo. Y una obra literaria solo puede juzgarse como significación, no como expresión. Este cuento es, sin embargo, un puente extraño y misterioso entre el realismo y el mito; porque bien como una coartada ideológica, o bien como una estrategia de sobrevivencia, uno como lector termina angustiado en la frontera misma de la razón, que, como al personaje Cuco, no le sirve para nada.
En muchos sentidos este libro que hoy ponemos en circulación es un libro de claves y síntomas, de pistas y motivos ciegos, de señales y códigos que se abren y se cierran. En cierta forma es, también, para iniciados. La motivación de los temas con los cuales trabaja José M. Fernández Pequeño es siempre fatal, y no por eso menos fragmentaria. Quienes se aventuren en su lectura se sobrecogerán por momentos, puesto que es la historia humana que contiene la que hace pasar lo real al estado de escritura. Pero valdrá la pena, porque, como decía al principio, se trata de simulacros de una vida, y esos simulacros son las imágenes, el relente existencial que ha quedado en la conciencia del escritor.

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Aproximación al tigre perfumado de Fernández Pequeño
Ena R. Columbié


Desde el comienzo de la civilización, en el antiguo Egipto, el hombre se dedicó a la narración. Hasta nuestros días han llegado hermosas obras escritas por autores que no precisaron de la utilización de la famosa regla de la narrativa breve (semejante a la de la vida) de: nace, crece, se desarrolla y muere para escribir esas obras perdurables En mi criterio, más que la utilización de esa regla, si se quiere escribir con buenos resultados, crear una buena obra, y sobre todo un cuento trascendente, el escritor debe saber pensar. Tal vez cuando lean esto se asombren, por el hecho de que todos los seres humanos pensamos, y es cierto, pero no todos sabemos hacerlo en pos de la creación. Tomemos por ejemplo a un escritor de novelas, éste va a desarrollar el tema y la dramaturgia paso por paso, creando una secuencia en el tiempo y el papel; digamos que es como ganar un juego de pelota, entrada por entrada, hasta que cae la última, que incluso puede ser en entradas extras, sin embargo, el escritor de cuentos parece recibir el tema como un flash de una cámara fotográfica, entonces lo atrapa y lo va desarrollando en la mente, lo arma, generalmente antes de soltarlo al papel de un solo golpe; es como ganar el juego por un jonrón con las bases llenas.

Para organizar, armar, visualizar una historia que sea atrayente para el lector, esta debe estar clara y precisa en la mente del escritor, no quiero con esto excluir del grupo de buenos pensadores, a algunos cuentistas perturbados que han entregado grandes obras a la historia de la literatura, nada de esto, hablo de saber dirigir los pensamientos hacia el ejercicio constante que provoca la obsesión de poder atrapar todo un mundo en un breve espacio. Sólo cuando se aprende a pensar, se puede hacer malabares con aquellos elementos necesarios, incluido el talento, y ponerlos en función de la creación.

Eso es lo que sucede en José Manuel Fernández Pequeño, a este escritor-pensador que se da el gusto de jugar con la palabra dicha o escrita según el caso, lo conozco bien porque tutoreó mi tesis para graduarme en la universidad y aunque no le interesa escribir sobre el tema que nos ocupó en aquel momento, les puedo asegurar que es uno de los mayores conocedores del renovador de la lírica cubana Regino E. Boti. También tiene un conocimiento profundo sobre la figura y la obra de Max Henríquez Ureña, al cual le ha dedicado dos libros: Periplo santiaguero de Max Henríquez Ureña (1989) y En el espíritu de las islas: los tiempos posibles de Max Henríquez Ureña (2003). Y es que Fernández Pequeño se apasiona con la investigación; otros títulos corroboran lo que digo. Y ahora este crítico y ensayista sagaz nos agasaja con un grupo de cuentos que ve la luz gracias a la Editorial Plaza Mayor que dirige la señora Patricia Gutiérrez y que con su Colección Cultura Cubana crea un puente de opiniones para entregar al lector obras de escritores residentes dentro y fuera de la Isla, con el objetivo de lograr por lo menos en su espacio literario, el pluralismo del que tanto hablamos y que luego se censura en ambas orillas.

Un tigre perfumado sobre mi huella es una colección de cuentos que el autor realizó en Cuba “El libro que acabo de publicar contiene doce cuentos amargos, muy amargos, que escribí en Cuba entre 1989 y 1998”, exceptuando el titulado “A.M.”, escrito en Santo Domingo, donde residen actualmente Fernández Pequeño y su familia, y que incluyó en el libro “para equilibrar”; sin embargo, a criterio personal, el libro hubiera ganado en coherencia y justamente equilibrio, si hubiera prescindido del mismo.

Hace unos días, en un intercambio de correos electrónicos, Pequeño (que siempre será mi tutor), me corrigió dos errores que por desconocimiento tuve en uno de mis artículos. Lo tranquilicé asegurándole que nunca me equivocaría sobre él diciendo que es poeta, a lo que respondió efusivamente que podía decir cualquier cosa de él menos que era poeta. ¿A qué se debe esa reacción frente a la poesía? ¿Machismo cubano acaso? No, nada más lejos de la realidad; ya les dije que lo conozco bien y este hombre es tierno y dulce hasta el sonrojo, tremendo padre y esposo, como mismo es hijo y sigue siendo amigo. Es tal vez (digo yo) miedo a revelar sus más profundos secretos de sensibilidad; si no, evalúe usted y dígame si el fragmento de este breve, bellísimo y desgarrador cuento no camina en la cuerda de la poesía:

La envidia teje una promesa de esperas, exige un salto mortal que siga la curva agresiva del anzuelo. Más o menos en ese momento siempre me pregunto adónde se llegaría navegando sobre la continuidad supuesta del río, qué ocurriría si tuviera la audacia de subir al bote y traspasar los límites nunca reconocidos de la poza.

(“Miradas”)

Desgarradores son también los otros cuentos del libro, que nos dejan al terminarlos de leer una inquietud elevada, provocada por los finales suspendidos. Pepe nos lleva de la mano a conocer el engaño, el hastío, la desesperación, la angustia, la tristeza, la duda... no hay en el libro espacio para la risa, sólo cuando observamos en algún personaje una característica individual muy marcada del autor o encontramos una referencia popular a lo cubano (“¡le ronca el mango!”), nos permitimos una sonrisa leve, que desaparece instantáneamente borrada por la premura a la reflexión. Para los que vivimos en el exilio, sobre todo los de la parte oriental de Cuba, el libro nos estruja en la nostalgia. Ahí está Santiago (centro de la vida del guajiro oriental) vivo, palpable; por nuestros ojos pasan los hoteles Imperial, Bayamo y Casa Granda, El Parque Céspedes y la Loma de San Juan, La Plaza de Marte y El Bulevar, la funeraria de Calvario, que ha servido de cobijo nocturno para unos cuantos más que su personaje, entre los que me incluyo. También volvemos a caminar por Garzón y Ferreiro, tomamos café en la pequeña cafetería de Enramadas y San Félix y tropezamos con la suciedad de las calles, la mendicidad y los malos ambientes que hicieron expresar al poeta Pablo de la Torriente Brau su célebre frase “Santiago, bella y sucia como una gitana de feria”.

El libro está escrito sobre un estilo intenso, con un ritmo interno que provoca que saquemos a flote nuestros sentimientos mejor guardados. Los cuentos mantienen una tensión precisa, concentrada, hasta el mismo momento en que el autor decide soltarla, como si al desprenderse de ella evitara llegar a un final aún más lacerante que las historias mismas. Hay de todo en este libro: cuento testimonio, cuento lírico, narrativa poética, parábola; todo escrito con mucha pasión pero sobre todo muy, pero muy bien pensados...

Ahora les dejo con un cuento magistral, que imagino surtirá el mismo efecto de asombro y gusto con que me dejó a mí:

“Breve recuento de la felicidad”

Sucede a veces. Cuando me olvido y no estoy alerta. Entro al mundo y soy compacto, todo yo un dedo que sabe las consistencias. No brazos. No piernas. No cabeza. No sentidos. Un tacto embelesado y diestro. Paso a la corriente que me ensancha, al andar fríos los pisos, palpar las tiernas paredes, respirar los techos húmedos. Los objetos codician mi forma, la tocan desde lejos, me envuelven dedo en su funda. Ahí me lanzo a eternizar lo único. Salgo y entro para repetirme intenso. Salgo y entro. Salgo-entro desafiándome en el riesgo. Salgo y entro. Salgoentro siendo por lo que siento. salgoentrosalgoentrosalgoentrosalgoentrosalgoentro adiós cautela. Fuera o dentro, estoy tan dentro que soy las cosas y todo junto un dedo, el movimiento que va a saltar y tragarse el tiempo. Sobre ese deleite niego el equilibrio, lo enfurezco, y su resuello es tan violento que me derriba. Vomito en convulsiones lo que el impulso grabó feliz. Era un tesoro y me deja exhausto, solo, condenado a las distancias que se rehabilitan. Vencido yo: aquí pies, aquí manos, aquí cabeza, aquí sentidos. Vuelvo a la mirada de las horas. A los buenos días. A no esperarlo para que ocurra de nuevo.

Publicado en: www.diarionoticubainternacional.com




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