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Bibliografía pasiva III

DE LA JAULA DE PAREDES DESCARNADAS
SÓLO LA IMAGINACIÓN NOS SALVA
Una mirada a Un tigre perfumado sobre mi huella, de José M. Fernández Pequeño


María Esther Castillo
Catedrática de la Facultad de Lenguas y Letras
Universidad Autónoma de Querétaro, México


O acaso porque, suspendidas en la mirada del cazador furtivo de sueños, las realidades no se desvanecen. Durante el sigiloso periplo isleño, José Fernández Pequeño tiende un puente de palabras que me permiten atisbar ternuras acalladas por la incomprensión y la traición de todos contra todos; incluso en alguna tregua de resplandecientes “tules vaporosos”, las “brujas” desentumen sus garras y agitan los brebajes para que emerjan los recuerdos amenazantes. Un tigre perfumado sobre mi huella es un rastro que parte de la memoria. ¿Llegaremos a saber adónde nos conduce?
De la nostalgia, la amargura y la crítica que ha producido el inacabado y esperanzado proceso revolucionario surgen los rasgos familiares, el eco persistente entre los escritores cubanos en diferentes generaciones. De poco sirve que de cuando en cuando se afirme: “incluí un final definitivo para este informe porque ya no quiero que me siga desaguando la nostalgia [Eliseo Alberto]. La nada cotidiana se atraviesa en la redacción de cada informe que responde a un “cuéntame tu vida”; la reflexión siempre convida a una trilla de reproches, de balances, de conexiones entre un desvelo presentido en “A. M.” y la perpetuidad vacía de “La espera”.
Los sentimientos se sedimentan, se agitan y se reencuentran a través de la tesitura grave de una sola voz que no se permite ni me permite tregua. La diáspora, el desarraigo y la nostalgia reacomodan sus imágenes dentro de la percepción o mirada interior del narrador que trata de definir la sintaxis de los fragmentos de sí mismo. Escapando de los significados, Manuel, Aníbal, José (el nombre es lo de menos), cada ser se repite y se mueve por impulso, cada día, y sin permiso del destino, al encuentro de lo que venga: lo anodino o lo excepcional. Los narradores registran balances de sentimientos, dolorosos los más, cuya analogía se expresa como el río con los ahogados, que “primero los hunde hasta el fondo para ocultar la vergüenza aunque en su día regresen solitos a la superficie”.
La experiencia de las injusticias va acompañada siempre de una conmoción moral, los personajes de Fernández Pequeño mantienen un código de dignidad para autoevaluarse, la repercusión de las afrentas morales sobre la integridad son de índole semejante. Cada herida (y sin duda la más profunda es la traición) perturba el aprecio propio. La conmoción subleva los sentimientos confusos, los deseos de reivindicar los “derechos” ante un desengaño amoroso o fraterno: ante un conflicto de lealtad, los actores colocan en la encrucijada el sentido de justicia, del deber y de lo absurdo y lo patético.
Es difícil poner al margen de las consecuencias del impacto político y social lo que al deseo fictivo pertenece; como afirmara Barthes, el texto, la escritura, también ofrecen un cuerpo de voces, fábulas y símbolos, cuyas claves de lectura apelan al propio cuerpo del lector [o lectora, en este caso], que espera al otro lado de la página. Y del otro lado de la página comprendemos que, para Fernández Pequeño, escribir es recuperar lo que la realidad le viene hurtando desde hace décadas. Las voces de los relatos que forman Un tigre perfumado sobre mi huella ponen en marcha un discurso de territorio compartido que no puede salir de su propio perímetro. La escritura de sus relatos reinician la nostalgia de sus signos y son los recuerdos los que guían: imágenes que tratan de regresar la cinta de un film no producido. Figuras que tratan de reproducir un objeto deseado en ese espacio imaginario que escenifica la escritura recurrente. Algunos lectores, como yo, tratamos de comprender aquello que habita en el texto hasta formar con nosotros un cuerpo que, por ahora, es parte de una abismal memoria cubana.

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Palabras de presentación para: La Mirada en el Camino.

Autor: José M. Fernández Pequeño.
Instituto Tecnológico de Santo Domingo (INTEC)
Santo Domingo, 2006.

Por: Jorge Ulloa Hung

Desde los tiempos antiguos el ser humano ha escudriñado en las formas más elementales y supuestamente insignificantes que integran su cotidianeidad. En ese intento, que puede transitar desde la ingenua curiosidad hasta las ontologías más refinadas y metódicas asumidas en las visiones antropológicas o etnográficas, hemos recibido la recompensa del constante descubrir y redescubrir “quiénes somos” y “qué nos hace precisamente humanos”.
La mirada en el camino, de José Fernández Pequeño, puede inscribirse dentro de esos intentos escudriñadores, los que como una suerte de espejo tienen la capacidad de develarnos de manera abierta y con perspicacia, las cosas más simples, y a la vez las más profundas y ocultas tras las sombras de nuestra cotidianeidad
Escrita en un lenguaje abierto y criollo hasta la saciedad, en la perspectiva del aquí y el allá, entremezcla visiones de ambos espacios (República Dominicana y Cuba) y a través del hilo conductor de la cultura popular y la literatura nos lleva a discernir cuanto nos une, no sólo en la historia, sino en los resultados particulares de nuestras formaciones culturales como pueblos.
Apoderada de la cuerda general de la hibridación, y de las transformaciones y cambios culturales en la actualidad, La mirada en el camino es a su vez una llamada de atención a la digresión, a la transformación de nuestra vida cotidiana. A partir de esa visión, la obra hace suya una representación de identidad que privilegia dos perspectivas (la dominicana y la cubana) marcadas por la translocalidad y la transmisión de una visión intimista del autor.
Es en ese abordaje de la identidad, asumida como centro, donde la obra se bifurca en dos momentos o espacios. En el primero, el autor nos lleva de la mano desde lo cotidiano y desde sus experiencias en dos culturas caribeñas (la cubana y la dominicana). Mientras en el segundo nuestra guía es la literatura.
El reencuentro con lo cotidiano se asume como añoranza o casi como una rebelión ante un mundo que se transforma y desdibuja a partir de los medios y por los medios. En ese regodeo, el autor se nos revela como lo que es, y nos presenta sus inquietudes y nostalgias, a través de las cuales trasmite su percepción directa de la cultura caribeña como algo único y a la vez diverso.
Es en esa misma línea donde la obra nos trasmite la riqueza de una visión plural de la identidad y de la cultura, y a su vez en la que deja claro que ningún conglomerado que asuma la identidad sólo a partir de la igualdad de los sujetos puede ser integrador, sino excluyente y aniquilador de particularidades individuales o grupales.
El otro aspecto trascendente en este sentido son las valoraciones de una identidad no como herencia dada o definitiva, sino como proceso indetenible y dinámico, en rediseño ante circunstancias concretas de nuestro existir. En ese caso resulta interesante la visión particular al momento de evaluar las tradiciones orales, sus posibilidades y su capacidad de refuncionalización ante los cambios constantes de un presente cargado de tecnología.
En el segundo momento de la mirada, o en la segunda de las miradas, la obra se mueve de manera más intensa en la tónica del ensayo- testimonio. En ella hay una defensa de la literatura, de la ficción, hecha desde distintas vertientes, pero con énfasis en las aproximaciones teóricas y en la agudeza del análisis literario.
Los cambios profundos en la forma o en los canales de la comunicación, los cuales a su vez han implicado cambios profundos en las formas de pensamiento y en los modos de acercarse a la realidad que se trasmite, son quizás el rasero o el leit motiv que mueve todo el análisis de esta parte de la propuesta. En la misma se analiza cómo podría ser la literatura en el futuro a partir de los cambios que actualmente ocurren en las formas de comunicación humana, sobre todo a partir de la tendencia predominante a convertir artísticamente la palabra en imagen. A pesar de lo anterior, la obra no tiene el carácter de un tratado futurista de literatura o sobre literatura, tampoco es un intento de predicciones a la manera profética, como bien dice el autor, sino que trata dirigir una mirada en derredor para escudriñar y alertar sobre ciertas tendencias en desarrollo, no sólo en el mundo literario sino en la propia vida cotidiana.
Algo importante y trascendente es el matiz educativo de la obra, en tanto es una valoración de la incidencia de estos cambios en la educación a todos los niveles, la pérdida del sentido de la ética y la investigación, además de la despersonalización y la pérdida de la originalidad que esto puede generar.
El tema de la enseñanza pasa, obviamente, por la idea de cómo enseñar literatura en un mundo tan cargado de pragmatismo, en una sociedad donde el éxito se mide por raseros matemáticos, en un entorno donde la inmediatez y la efectividad comunicativa son el orden del día, marcado por un abismo impersonal y vulgarmente materialista en el que debe insertarse y en el que vive inmersa la propia descodificación artística. Ante esto, la obra recalca la importancia de enseñar a aprender, de enseñar las herramientas para acercarse al discurso literario y buscar lo que este puede dar y no otra cosa. Esta sería la forma, no sólo de salvar la literatura o la enseñanza de la literatura, sino toda la enseñanza.
Por último, podríamos decir que en la obra se mezcla la agudeza del observador, la ontología del crítico y la ficción del literato. Los ensayos que la componen, aunque independientes, muestran su unidad a partir de varias coordenadas comunes, la identidad y los reclamos de la memoria, entre otros.
En esencia La mirada en el camino contribuye a entender y a entendernos como seres del Caribe, en particular dominicanos y cubanos; es una obra que nos refleja y nos permite mirarnos al espejo de nosotros mismos a través de la literatura y el relato oral, que nos permite valorar y evaluar ese tesoro tan grande que es la memoria, una memoria que tiene la capacidad de volar y posarse en nuestra propia imagen para prefigurar lo que somos y seguiremos siendo: caribeños.




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