Already a member?
Sign in
Ensayo
Entrevista de Pedro Antonio Valdez a JFP.
José Manuel Fernández Pequeño, ciudadano de origen cubano y radicado en Santo Domingo, ha publicado un libro, En el espíritu de las islas, que trata sobre la vida y obra de Max Henríquez Ureña. El autor ha aprovechado con acuciosidad las fuentes bibliográficas sobre Max que se conservan en Cuba y que incluyen archivos personales, así como otros materiales ubicados en República Dominicana y Estados Unidos. Tras leer el libro, nos asalta una triste impresión: los dominicanos conocemos muy poco de Max Henríquez Ureña, al punto de que nuestros estudiosos se han referido a él con una reprochable ligereza. He convenido hacer una serie de preguntas y comentarios a Fernández Pequeño sobre asuntos concernientes a su libro.
PEDRO ANTONIO VALDEZ. En varias entrevistas le han preguntado a usted acerca de qué lo motivó a realizar este estudio sobre Max. Aquí no será la excepción. Así que, para informar al respetable, ¿podría decirnos en qué se inspiró para hacer esta investigación?
FERNÁNDEZ PEQUEÑO. Le confieso que de momento me sentí como uno de esos exitosos compositores de música comercial a los que siempre les preguntan qué les inspiró tal o cual canción. ¿Se imagina la liviana superficialidad de ser famoso, solvente y despreocupado, en lugar de machacarse los dedos frente a la pantalla del computador en homenaje a la literatura; dedicarse a posar para los fanáticos, trasnochar y escribir tonaditas de “si te vas me muero” o “cómo voy a vivir sin ti”? Y luego, lo mejor, que hasta los presidentes te reciban. ¡Qué envidia! Pero nada, a lo nuestro. Mientras estudiaba Letras en la Universidad de Oriente escuché innumerables veces a ese extraordinario profesor que es Ricardo Repilado hablar de los Henríquez Ureña y en particular de Max. Repilado, descendiente de puertoplateños él mismo, había vivido de muchacho frente a los Henríquez en Santiago de Cuba y tenía muy vívidos recuerdos de tan notable familia. En 1983, cuando fundé junto a Joel James la revista Del Caribe, pedí al maestro que recogiera esas memorias, cosa que hizo en un texto que ha sido publicado numerosas veces desde aquella época, “Los Henríquez que yo conocí”. En ese año de 1983 la profesora Dioni Durán, que realizaba su doctorado en Alemania, me propuso hacer algo para conmemorar en Cuba el centenario de Pedro Henríquez Ureña. Así fue como celebramos en Santiago de Cuba un año después un coloquio sobre Pedro, Max y Camila al que asistieron intelectuales de todo el país. Mi intervención, claro, giró en torno al colosal trabajo de animación cultural que desplegó Max Henríquez Ureña en Santiago de Cuba desde 1904 hasta 1931. Luego continué desempolvando archivos e inquietando bibliotecas hasta que publiqué en 1989 un pequeño ensayo bajo el título de Periplo santiaguero de Max Henríquez Ureña. A finales de 1998, cuando ya había decidido asentarme en los lares dominicanos, Andrés L. Mateo habló de esos trabajos a Diógenes Céspedes y este último me solicitó cuatro artículos sobre el tema para su página cultural de El Siglo. La lectura de esos textos impulsó al historiador Orlando Inoa a proponerme ampliar aquel pequeño ensayo sobre Max, ahora con el aporte de la bibliografía dominicana. Acepté porque en ese momento los trabajos para instalarme en el país y traer a mi familia no me permitían escribir narrativa ni pensar en algún ensayo nuevo, así que bien podía dedicarme a abrir un poco las líneas de aquella búsqueda y llevar el ensayo hasta ciento y pico de páginas. La verdad, nunca me había preguntado qué inspiraba todos esos trabajos. Acorde con el aprecio que en Cuba se tiene por la labor de Max Henríquez Ureña, daba por sentado que su vocación intelectual y su obra merecían mucho más que eso. Después de reiniciadas las pesquisas y los estudios, acá en Santo Domingo, me fui “inspirando” de verdad, pasando de una meta a la otra, enamorándome de la tarea, en la misma medida que tomaba conciencia de que el intelectual Max Henríquez Ureña era prácticamente un desconocido para la masa lectora de su país. Y aquí estamos, cuatro años después y con un libro de cuatrocientas veinte páginas. Uff, sigo creyendo que el oficio de escribir cancioncitas melosas hubiera resultado mejor negocio.
PAV. De su estancia en Cuba, Max pasó una buena parte en Santiago. Allí realizó trabajos de transformación social y fue aceptado sin remilgos. Sin embargo, durante sus estancias en La Habana llegó a sufrir los prejuicios “citadinos” de los capitaleños. En cierta medida, puedo imaginarlo como un provinciano. Déjeme explicar lo de provinciano: desde la instauración de la República y hasta bien entrado el siglo XX, en nuestro país los ayuntamientos y las instituciones sociales, debido a la inestabilidad general del país y a la difícil comunicación con la capital, tenían a su cargo el manejo de la educación y el desarrollo urbano. Entonces se daba el caso de intelectuales que, al igual que Max en Santiago de Cuba, sumaban a sus preocupaciones conceptuales un trabajo de campo para elevar el nivel de vida de los municipios en que vivían. ¿Se daba en Cuba una situación semejante?
FP. Bueno, no creo que Max Henríquez Ureña fuera percibido como un provinciano, ni siquiera en La Habana, que es una ciudad orgullosa, con una larga tradición cosmopolita y una suerte de narcisismo justificado por su belleza, potente personalidad y riqueza de otro tiempo. La cultura, inteligencia, desenvoltura y capacidad de convocatoria que acompañaron al tercero de los Henríquez Ureña desde la adolescencia hacían imposible tal apreciación. Como si ya por entonces supiera lo que iba a ser su extenso vagar por muchísimos países, Max Henríquez Ureña se movía con la soltura de un ciudadano del mundo y, claro, la información que poseía sobre la actualidad cultural de las regiones más insólitas sustentaba con creces esa postura. Además, los Henríquez creían de veras en la patria común antillana y en la identidad cultural hispanoamericana, ese credo lo bebieron con sus primeras leches y sobre él sustentaban lo más hondo de su proyección intelectual. Al contrario, en las dos ocasiones que se intentó discriminar a Max Henríquez Ureña en La Habana, se debió a temor frente a sus capacidades y por la competencia que significaba; sin armas más honestas que oponerle, se echó mano entonces a la acusación de “extranjero”, algo que ocurre en todas partes y, lamentablemente, al parecer también en estos tiempos de supuesta globalización. Sin pretender ni de lejos compararme con Max, ¿cree usted que esas cosas no me han ocurrido acá, en Santo Domingo? Ahora, su pregunta tenía una segunda parte referida a la capital y la provincia en Cuba, ¿cómo era?
PAV. Tiene que ver con las diferencias entre La Habana y Santiago de Cuba, que salen a colación en una parte del libro. ¿Podría decirnos si eso provocó sustanciales criterios diferenciales entre los intelectuales habaneros y provincianos de aquella época?
FP. Por supuesto que sí. Las tensiones entre La Habana y el oriente de Cuba han sido muy fuertes siempre. No debe olvidar, amigo mío, que Cuba es una isla larga y que hasta 1912, en que se inauguró el ferrocarril central, el viaje de un extremo al otro se hacía en barcos de cabotaje. Precisamente cuando Max Henríquez Ureña llega a Santiago de Cuba, en 1904, se está incubando en esa ciudad, Guantánamo y Manzanillo, todas del oriente cubano, el movimiento posmodernista, que se propuso rescatar la poesía nacional del marasmo reiterativo y la pobreza en que había caído tras la desaparición de Martí, Casal, la Avellaneda, etc. Como poeta y como crítico, Max vive la osadía con que Regino E. Boti, José Manuel Poveda y otros jóvenes desafiaron ruidosamente a los santones de la cultura y a los repartidores de prestigio literario desde las instituciones capitalinas, al frente de un movimiento que buscaba (y logró) actualizar la poesía nacional desde la provincia. Fue esa una de las contiendas poéticas más sonadas que hayan ocurrido en Cuba y fue Max Henríquez Ureña uno de los poquísimos críticos que alentó y apoyó el movimiento, lo que le valió no pocos ataques, como puede leerse en el capítulo segundo de mi libro. Esas diferencias capital-provincia (que en Cuba pueden ser ubicadas con mayor propiedad en oriente-occidente) han tenido una extraordinaria pertinencia a lo largo de nuestra historia y se mantienen con una fuerza tremenda hoy, a pesar de la movilidad social que ha significado el proceso revolucionario cubano a lo largo de cuatro décadas. Tan distintos fueron los formantes, las circunstancias y los modos en que cuajaron las peculiares fisonomías de esas regiones, que mantienen rasgos diferenciales muy claros, aun en una isla pequeña como Cuba. Pero ese es un tema largo y lleno de recovecos.
PAV. Usted nos recuerda que hace más o menos un siglo, un caribeño o un latinoamericano no solía ser visto como un extraño en cualquier parte de la región. Juan Bosch llegó a aclarar eso, y en una carta Francisco Henríquez y Carvajal se refiere a Federico García-Godoy en estos términos: «...se distinguió en las letras, escribió novelas y ensayos críticos, y figura como uno de los escritores dominicanos». Luego dejó de ser así. ¿No cree que aquel tipo de integración se debía al hecho de que los proyectos sociopolíticos que definían los contextos nacionales no estaban aún suficientemente solidificados?
FP. Puede ser, aunque no perdamos de vista que los proyectos sociopolíticos en cualquier contexto nacional están en un perpetuo estado de evolución y cambio. Si se solidifican en algún momento, eso significaría la muerte. Los que han cambiado (y muy drásticamente) son el contexto geopolítico y las líneas de pertenencia de nuestros países en todos los renglones de la vida social. Si un dominicano no era percibido como extraño en el suroriente cubano por la época en que Max llegó a Santiago de Cuba, se debía a los estrechísimos lazos de patria común que se habían forjado entre ambas regiones a lo largo de siglos. No olvide que el sistema de flotas monopolizó el comercio colonial en La Habana y ninguneó a los habitantes del oriente cubano, que se lanzaron a un frenético comercio de contrabando con la región antillana. Imagínese cuán fluido sería el intercambio en el caso de la Española que, a la cercanía geográfica, sumaba un sentido de cultura común a partir de componentes étnicos y actores sociales y a veces hasta circunstancias parecidas. Lo que acerca o aleja a los países, lo que crea esa sensibilidad de patria común son las metas compartidas, la necesidad de recorrer juntos los caminos del presente que acicatean a las personas de ambos lados. Lamentablemente, la región caribeña ha sido duramente balcanizada por el éxito de los procesos imperiales que estaban en redefinición a principios de aquel siglo XX, los mismos que hundieron a Max Henríquez Ureña en el más profundo conservadurismo durante la tercera década de esa centuria. Hoy las antiguas colonias francesas o inglesas del área siguen mirando hacia París o Londres, y Estados Unidos ha logrado desarticular por completo la comunidad de las Antillas de lengua española. El libre ir y venir de personas entre la República Dominicana y el oriente cubano sufrió serios controles durante la dictadura trujillista y quedó totalmente abolido luego del triunfo revolucionario de 1959 en Cuba. Es decir, casi los setenta años finales del siglo pasado. En su lugar, durante las últimas décadas de esa centuria se produjo una importante migración desde nuestros países hacia las metrópolis, lo que actúa (para bien o para mal) como un vínculo sólido y vivo, como una reorientación de aquel ir y venir a que me refería. Mire, salvo el Festival de la Cultura Caribeña de Santiago de Cuba, los más grandes y sostenidos festivales de la cultura del Caribe ocurren ahora mismo en ciudades de Inglaterra, Francia, Estados Unidos o Canadá. Observe usted el desvelo con que nuestros países luchan por alcanzar tratados comerciales o hacerse simpáticos frente a Estados Unidos y otras potencias, mientras les cuesta Dios y ayuda encontrar espacios comunes para concertarse con las naciones de su región. En fin, nuestros países se desconocen cada día más y aquel discurso antillanista se ha estancado en la retórica política de ocasión.
PAV. Federico García-Godoy, el intelectual antes mencionado, fundó uno de aquellos «centros de patriotas» que dieron una respuesta a la invasión yanqui de 1916. Fue la Sociedad Patria. Usted no la menciona, pero creo que se trató de un buen ejemplo de cómo los proyectos antimperialistas se organizaron fuera de la capital.
FP. Federico García-Godoy es un ejemplo, entre muchos, de aquel intercambio domínico-cubano al que nos referíamos antes. Mi acercamiento en el libro al formidable movimiento nacionalista que se puso en marcha luego de 1916 para lograr la desocupación de la República Dominicana tenía el objetivo de situar la actuación de los Henríquez Ureña en su seno, precisar la resonancia histórica y cultural de los resultados que arrojó aquella jornada y, principalmente, esclarecer la enorme influencia que todo ello iba a echar sobre la evolución ideológica y la vida en general de Max Henríquez Ureña. Para él esos acontecimientos significaron un parteaguas, dividieron su vida en dos. Sin tomar en cuenta esto, es muy difícil estudiar su actuación posterior y, por supuesto, su respuesta al llamado de Trujillo en 1931. Como los Henríquez Ureña se desenvolvieron todo el tiempo dentro de la Comisión Nacionalista Dominicana en el extranjero, no hago precisiones en torno al movimiento que se desarrolló con acentuada potencia dentro del país. En cuanto a la índole provinciana de proyectos semejantes, no sería nada raro ni exclusivo de la República Dominicana. A lo largo de su historia, los verdaderos procesos revolucionarios en Cuba han transitado desde oriente hacia occidente. Incluso hoy parece demostrado con toda pertinencia que la nacionalidad cubana fraguó en los llanos de la antigua provincia oriental. Ahora, volviendo a la jornada nacionalista dominicana, hay mucha documentación sobre ella: libros de memorias, correspondencia, papeles en diversos archivos, aproximaciones históricas, incluso obras narrativas, y así. Sin embargo, siento que falta el estudio definitivo del movimiento que dentro del país se opuso a la intervención, un movimiento diverso, armado de auténtico empuje pero también lleno de contradicciones y desuniones de todo tipo. Es decir, no fue un movimiento tan “puro” ni tan “simple” como a veces se ha querido ver. Sería deseable una investigación parecida a la que realizó Bruce Calder en los archivos norteamericanos, pero que esta vez se concentrara sin prejuicios y con firme criterio intelectual en aquel impactante movimiento antimperialista.
PAV. Por cierto, deme un chance para mostrar al respetable esta frase actual de Regino E. Boti, contenida en una carta a Max y que usted cita en el libro: «...los verdaderos extranjeros, los que ni son latinoamericanos ni quieren a esta tierra, gozan de las simpatías de unos y de las lisonjas otros». Es increíble que casi un siglo después ese criterio se mantenga inmutable, aplicable a la gente que en nuestros países dirigen las multinacionales, por ejemplo...
FP. Ojalá y fuera sólo a quienes dirigen multinacionales. Somos países pobres, pequeños y zarandeados por una adversa historia imperial de depredación y bandidaje, una historia que vive ahora mismo un período de impunidad y virulencia terribles. No creo que el poeta de inteligencia brillante que fue Regino E. Boti llegara a suponer la profundidad profética que tenía su frase. Cada día se ve más entre nosotros esa actitud que se embelesa con sumisión absoluta frente a los brillos que guiñan desde los medios domesticados por la riqueza y el poderío, mientras desprecian a sus semejantes porque ellos les recuerdan esa parte despreciable de sí mismos que tratan de disfrazar. No lo dude, vivimos el triunfo de todas las superficialidades, del pragmatismo más envilecedor, la cómoda dictadura de los objetos, un mundo donde hablar de dignidad, ética y soberanía resulta casi obsoleto. ¿Qué hacer? No sé, tras el agotamiento de los grandes proyectos colectivos que antes ilusionaron nuestros sueños, siento que por ahora sólo nos queda escribir todo lo bien y todo lo honestamente que podamos. Escribir sobre el ser humano en sus infinitas dimensiones, que para eso nacimos escritores.
PAV. Como secretario de su padre, Francisco Henríquez y Carvajal, Max se inmiscuyó en la reacción dominicana contra la ocupación yanqui de 1916. Me interesa la opinión que Max, en consonancia con la mayoría de los políticos e intelectuales de aquella época, tenía sobre el movimiento armado de los gavilleros. Él explicaba que los gavilleros eran gente inculta y carente de organización general, que sólo por la presión de los invasores hacían operaciones enajenadas y criminales. Resulta curioso que el impulso de los gavilleros respondiera precisamente a esa emotividad sicológica, natural, que en la concepción de Federico García-Godoy da consistencia al patriotismo; sin embargo, los intelectuales menospreciaban esa experiencia guerrillera y se aferraban a respuestas diplomáticas que en muchos casos beneficiaban la acción interventora. Creo que se trata de un primer momento importante en que el pensamiento intelectual avanzó contra las ambiciones democráticas del dominicano común...
FP. Max concibe explícitamente a los gavilleros en Los Estados Unidos y la República Dominicana (1918) como una respuesta justificada por los métodos brutales que empleaban los yanquis, lo que ya era al menos concederles una razón. La avanzada intelectual del nacionalismo dominicano (y me refiero sobre todo a la que se movió en el ala conservadora de la Comisión Nacionalista en el extranjero, capitaneada por Francisco Henríquez y Carvajal) no estaba lista para aceptar los alzamientos campesinos del este como parte de su lucha por varias razones. Primera, toda su actividad partió del convencimiento de que la lucha armada contra la ocupación era un suicidio y por eso se aferraron a un enfrentamiento civil y legalista; de esa posición a ver los alzamientos como entorpecedores de las gestiones diplomáticas cerca del gobierno norteño, va sólo un paso. Segunda, creían que el caudillismo dominicano había abierto las puertas al interventor y que la gestión nacionalista debía de perseguir no sólo la desocupación con la mayor honra posible para el país, sino también el ordenamiento de sus estructuras económicas, sociales, jurídicas, etc., de modo que el caudillismo no encontrara espacio y el flagelo del desorden y de las guerras civiles terminara; y, para ellos, los alzamientos campesinos eran instintivas y desorganizadas expresiones de ese caudillismo dominicano que debía de ser erradicado. Tercera, muchos de estos hombres eran arielistas en su versión dominicana, que fue una de las más virulentas en el continente y que se acopló de maravillas con un elitismo liberal de mucho arraigo; según ellos, si solución había al conflicto domínico-norteamericano, estaba por mandato natural en manos de la elite culta y capaz del país. Así pues, eran hombres que no estaban listos para entender las “ambiciones democráticas” como usted las concibe. Ahora, también es muy importante no idealizar el gavillerismo y su capacidad de oposición, tomando como referencia experiencias bélicas posteriores, como la de Vietnam, o de luchas guerrilleras exitosas, como la de Cuba a fines de los cincuenta. Un investigador atinado como Bruce Calder llega a decir que al gavillerismo sólo le faltó la aparición de su Fidel Castro para constituirse en un exitoso acontecimiento guerrillero, lo que me parece excesivo y descontextualizado, como mínimo.
PAV. De hecho, en la segunda década del siglo XX, algunos dominicanos tenían la impresión de que moralmente el pueblo dominicano había descendido en el orden patriótico, considerando la fuerte reacción que había tenido durante la anexión a España. ¿No sería Max un ejemplo de esa supuesta desmoralización patriótica?
FP. Usted sabe tan bien como yo que en los pueblos jóvenes (como ocurre con cualquier adolescente común) cobra fuerza con frecuencia una pesimista mirada autocompasiva y autoincrinatoria, de desconfianza hacia la propia configuración y sus posibilidades de realización óptima. Frente a la cruzada nacionalista, me parece injusto hablar de “desmoralización patriótica”. Mire, no me gustan esas comparaciones cómodas, que nos sirven un juicio rápido y lapidario. Ahora, si algunos (o muchos) en la inmediatez de aquel momento pudieron pensar así, nosotros tenemos la ventaja de una perspectiva más distanciada y al menos debemos reconocer que las circunstancias y los actores eran muy diferentes en la anexión española del XIX y en la ocupación norteamericana de 1916. Hoy es nuestra obligación buscar en qué acertaron y en qué se equivocaron aquellos hombres. Y ciertamente podemos tildarlos de elitistas, podemos reprocharles que no creyeran en las mayorías pobres del país (sobre todo las campesinas), podemos reconocer que buena parte del nacionalismo más radical se aferró a la ingenua idea de que los Estados Unidos iban a salir del país porque ese era un reclamo justo, que se irían tal y como habían llegado y que todo volvería a ser como en 1916. Ahora, honestamente, frente al denuedo y la entrega con que largaron su campaña contra la ocupación, frente a la manera en que muchos de ellos sacrificaron su salud, sus familias y sus propios recursos, me parece impropio hablar de “desmoralización patriótica”. Los nacionalistas dominicanos constituyeron un movimiento que no tuvo parangón en ninguno de los varios países intervenidos durante esos años por el imperio norteamericano, entonces en expansión. Las contradicciones del movimiento lo llevaron en 1922 a una derrota que sería vital para la historia dominicana del siglo XX, pues permitió el regreso del poder a manos de los viejos caudillos y empujó a la inmensa mayoría de los nacionalistas a seguir la opción Trujillo a partir de 1930. Y ahí quizás sí podría hablarse de una “desmoralización patriótica”.
PAV. Mirando los hechos desde una perspectiva actual, parecería que Max se sumó a una actitud exasperante, en extremo pasiva, un exceso de diplomacia, al punto de que en sus negociaciones parecían muy preocupados por no importunar al invasor. ¿Cuál es su impresión?
FP. Pacífica sí, pasiva no. Mire, en serio, me gustaría que la sociedad dominicana contara hoy con muchos intelectuales del prestigio, la cultura, el empeño antiimperialista y la capacidad de entrega de aquellos “pasivos”.
PAV. Ahora voy a necesitar unas explicaciones suyas. Al final del capítulo III, usted dice lo siguiente: «Aún hoy, rasgos muy notables del estilo de mando y liderazgo que impusieron los norteamericanos por aquellos años perviven con toda claridad y poder de determinación en la política doméstica» de nuestro país. ¿Podría usted citar esos rasgos?
FP. Usted quiere echarme a lo hondo, mi amigo. Pero veamos, al momento de la intervención ya la República Dominicana había vivido mucho en términos de luchas intestinas, agresiones extrañas y dictaduras. Dudo, eso sí, que ninguna dictadura anterior fuera tan brutal como la implantada por los Estados Unidos a partir de noviembre de 1916. De un lado, los interventores crearon los mecanismos físicos e instrumentales para controlar todo el país, cosa imposible hasta ese momento. Por otra parte, aún aquellas obras realizadas por ellos que podemos considerar “beneficiosas” (en la salubridad, por ejemplo), constituyeron una violenta agresión pues resultaron impuestas con el altanero gesto del dominador, sin tomar en consideración los hábitos, las tradiciones y la cultura del pueblo dominicano. Cuando un imperio invade no sólo busca imponer su poderío en armas y riquezas, también necesita degradar al invadido, hacerlo sentir inferior. Ahora mismo, ¿usted cree que el saqueo de los fondos históricos y la pasividad con que las tropas de ocupación permitieron el vandalismo en Irak tras la huida de Hussein fueron casuales? Por supuesto que no, son maneras de denigrar al pueblo iraquí invadido. Volviendo a la República Dominicana, es un lugar común decir que la intervención norteña de 1916 a 1924 prefigura lo que será la dictadura de Trujillo, y es cierto. Observe ahora la organización política actual del país: la preeminencia absoluta y centralizada del Estado, la imposición del personalismo antes que el convencimiento de los programas, el individuo que sustituye a las instituciones o las minimiza, el funcionario de ordeno, mando y aquí el macho soy yo, la creencia de que el buen o mal gobierno se evalúa por la construcción de obras monumentales... ¿A qué se parece todo eso?
PAV. Federico García-Godoy -y perdone usted la perfumería municipal- consideraba que la mezcla racial era un problema básico que impedía el desarrollo de la nación. Más o menos por la misma época, refiriéndose al caso de Cuba, Max dice lo contrario y añade que el problema cubano es de claridad de alma y altura de espíritu. La idea de García-Godoy, por supuesto, aquí ha sido tanto malinterpretada como combatida. En el caso de Max, ¿nos podría explicar qué relación tuvieron esos criterios con la discusión sobre la contextura moral de los cubanos?
FP. Si bien el tercer hijo de Salomé compartía el criterio hispanocentrista tan en boga entre los dominicanos de entonces a la hora de concebir la cultura hispanoamericana, tomó distancia de perspectivas que consideraban nuestra mayor virtud cultural (la mezcla racial diversa) como el más grave problema, del cual provenían (según ellos) nuestras lacras y, sobre todo, la imposibilidad de avanzar hasta los niveles alcanzados por otras regiones y razas. En lugar de ese determinismo étnico, para Max las claves de nuestra vida nacional violenta y cuajada de irregularidades estaban en las circunstancias históricas específicas de cada país y región, así como en la deficiente educación de nuestros pueblos, que no permitía ensayar más fructíferos mecanismos de organización política. Mejor que lo diga Max con sus palabras: “La endemia de las luchas civiles no es causa, sino efecto de las condiciones especiales en que cada país se desenvuelve. Si algunas repúblicas hispano-americanas marchan con lentitud en el camino de la civilización, a muchas causas, de muy diversa índole, hay que atribuirlo; y el virus revolucionario, en vez de ser la fuente de ese mal, es tan sólo una de sus resultantes”. En consonancia con esta forma de pensar, la extraordinaria actividad de promotor cultural y de maestro que desplegó Max en Cuba entre 1904 y 1931 buscaba la creación de un entorno más sano y apropiado al desarrollo de las potencialidades del pueblo cubano. Cuando se suma a la política cubana con el Partido Nacionalista, en 1922, su mirada está puesta en dos puntos que consideraba cruciales: el combate a la corrupción que campeaba en el país y la necesidad de evitar el peligro norteamericano, tanto a través de su poderío militar como de su penetración económica. Ambos eran requerimientos cardinales en el movimiento renovador, potente y heterogéneo, que en Cuba recorrió la década del veinte y terminó por estallar en la revolución antimachadista de 1933. Con respecto al asunto racial, debe tomarse en cuenta que el intelectual dominicano se desempeñaba en un país donde, si bien la esclavitud fue una institución muy poderosa y duradera, también la investigación y el reconocimiento del componente cultural africano comenzó muy temprano en el siglo XX. Ya en la segunda década de esa centuria, Fernando Ortiz iniciaba los estudios antropológicos que luego lo harían famoso, durante los años veinte se dieron notables muestras de obras firmadas por escritores y músicos “cultos” que tematizaban explícitamente elementos que provenían de las culturas africanas y en 1923 cuajó la primera organización nacional de intelectuales empeñados en recoger y estudiar el corpus folclórico cubano. La amplitud de miras de Max Henríquez Ureña le permitió trabajar con Fernando Ortiz tanto en la Institución Hispano Cubana de Cultura como en la Sociedad Cubana de Folklore.
PAV. Resulta interesante cómo en el capítulo V, donde trata la relación de Max con el gobierno trujillista, se maneja usted sin apasionamientos maniqueos. Hace lo posible por presentar a Max como un hombre fiel a una forma de pensar. Perdóneme la fantasía, pero creo que si Max estuviera vivo, lo abrazaría emocionado por ese punto de vista en particular...
FP. Ya que no puedo darle las gracias por el abrazo a ese Max imaginario, se las doy a usted. Esas son de las pocas ventajas que tenemos los profesionales de la ficción. La relación de Max con el gobierno de Trujillo es un asunto espinoso, al que se ha aludido casi siempre hurtando el criterio a través de generalidades, con la saña de un despiadado maniqueísmo o haciéndole el poco favor de echarle un manto de silencio. Yo soy un intelectual, no un político, y eso determinó tanto los objetivos de mi aproximación como las maneras en que se realizó. La política práctica entraña una perspectiva de coyuntura y por eso se mueve entre lo bueno o lo malo, la condena o el homenaje, la sumisión o el rechazo, la alabanza o la condena. Todo o nada. La valoración intelectual, por su parte, posee una perspectiva menos inmediata en tanto se hace desde el supuesto manejo de claves culturales, históricas y sociológicas que ayudan a explicar el hecho bajo examen y busca una respuesta cuyo valor como conocimiento sea extensible al presente e incluso al futuro. La reflexión intelectual quiere entender, esa es su finalidad. Usted puede preguntarme: ¿entender qué en este caso? Aparte de lo que significó su alianza con Trujillo para la vida y la obra de Max Henríquez Ureña y la necesidad de mirar sin prejuicios este asunto para reinstalar a Max en el debate intelectual, me interesaba estudiar las siempre complejas relaciones entre el intelectual y el poder, a través de un caso específico sumamente interesante. No tanto para conocer la intríngulis de esa relación en los años treinta, como para ayudarme a comprenderla ahora, en mi presente y el suyo. Pero no me extiendo más en estas consideraciones porque supongo que sus próximas preguntas se mantendrán en este terreno.
PAV. Precisamente hablando de la forma de pensar de Max, él valoraba grandemente la visión cultural española en la conformación antillana. Resulta que Trujillo acuerda concebir mayormente la identidad dominicana a partir de la herencia hispánica. ¿Habrá sido ese otro punto de simpatía de Max con el proyecto trujillista?
FP. Y no sólo ese punto. Mire, Rafael Leonidas Trujillo usufructuó a partir de 1930 los modos y las condiciones nacionales consolidadas en el país bajo la ocupación norteamericana, de la que él mismo era un resultado; pero a la vez construyó su figura de garante de la soberanía dominicana contra el telón de fondo de la herida que había significado esa ocupación, todavía fresca. Concomitantemente, basó su lanzamiento en la superación del caudillismo tradicional y su intención de organizar el país sobre bases modernas. Si la inmensa mayoría de los grandes intelectuales nacionalistas apoyaron (o al menos consintieron) a Trujillo fue porque éste no sólo los convocó, sino porque además incluyó en su programa ideológico algunos de los puntos de vista esenciales que sustentaba esa intelectualidad en torno a la nación, la cultura, la historia y el futuro de la República Dominicana. Ese fue el caso de Max Henríquez Ureña, quien era una figura muy interesante para el naciente dictador, tanto por su prestigio internacional como porque no había tenido ningún tipo de compromiso anterior con la política partidista dominicana. Además del elemento señalado por usted sobre la pretendida hispanidad cultural dominicana, posturas como el antihaitianismo, la necesidad de ordenar y disciplinar el país para hacerlo progresar, la pertinencia de un estado fuerte, etc., eran criterios ampliamente compartidos por muchos de los que formaban la elite intelectual dominicana que apoyó a Trujillo.
PAV. En nuestro país prima la idea de Max como figura respetable. ¿Cómo explicarnos entonces su apoyo al trujillismo? De la forma en que usted presenta esa relación, está claro que se trata de un acercamiento con raíz en convicciones intelectivas, no por mero oportunismo. Porque vivimos en una nación en que muchos intelectuales acostumbran vender su cerebro a cambio de vituallas.
FP. Es difícil leer en el alma de los hombres, más aún si se trata de hombres relevantes por su inteligencia y sabiduría. El apoyo que Max Henríquez Ureña prestó a Trujillo estuvo regido por su sentido de lo conveniente. El intelectual estaba convencido de que el militar era lo que convenía a la República Dominicana de aquel momento. Vio en él al hombre capaz de organizar al país y llamar a sus hijos más relevantes para trabajar por su engrandecimiento, al individuo de carácter que no permitiría desórdenes y mucho menos otro ultraje como el de 1916. Tal perspectiva se asentaba sobre dos pilares básicos. Primero, una evolución ideológica que había llevado a Max desde posiciones incluso cercanas a la izquierda en las primeras décadas del siglo, hasta un conservadurismo pesimista, alimentado por las decepciones históricas y el temor a la impunidad imperial con que Estados Unidos regenteaba el área. Segundo, una lectura de la historia dominicana que lo condujo a la creencia de que su país no estaba listo para experimentos democráticos y, por tanto, precisaba de una mano fuerte que impusiera el orden, fomentara el desarrollo económico, elevara el nivel cultural de la población y comenzara a labrar un lugar al país dentro del concierto de las naciones americanas. No puede olvidar que, aparte de un intelectual brillante, Max Henríquez Ureña era un hombre de carácter práctico y grandes capacidades para evaluar contextos, para instrumentar y dirigir proyectos. ¿Hubo además de esto el prurito vanidoso de los nombramientos y los honores? ¿Terminó el escritor dejándose ganar por la estabilidad económica y un posicionamiento privilegiado, que lo llevó a numerosos países e instituciones internacionales? No lo dudo. La función del intelectual que empeña su talento para vestir con ropaje ideológico las decisiones del poder es muy antigua y, al parecer, longeva; tanto, que parece irse extendiendo como una epidemia a medida que avanzamos en el tiempo y llegamos a un presente donde, en tanto la oferta ha crecido desmesuradamente, el producto se encuentra muy depreciado.
PAV. Me interesa conocer hasta qué punto Max Henríquez Ureña, ese desconocido en su país natal, es conocido en Cuba. En algunos momentos, usted menciona algunos cubanos -al menos a Fernández Retamar y a Zenaida Gutiérrez-Vega- que al parecer no están empapados del todo en la obra del dominicano. ¿Los libros de Max son conocidos en Cuba de forma más o menos general o especialmente en los círculos intelectuales?
FP. Roberto Fernández Retamar es un intelectual brillante, que no sólo conoce la obra de Max, sino que también lo trató personalmente. El enfoque que emplea para su inteligente estudio sobre el modernismo hispanoamericano y el noventaiocho español peca quizás de excesiva ortodoxia marxista, que lo lleva a explicar las similitudes entre esas generaciones literarias situadas a ambos lados del Atlántico exclusivamente a partir del subdesarrollo común, dada la depauperación económica de la España que ingresó en el siglo XX. Su reflexión se encuentra situada, pues, en el extremo opuesto a la que Max realizara por los años veinte de ese mismo siglo y donde se privilegiaban fundamentalmente los contactos, las influencias, los intercambios literarios, etc. Zenaida Gutiérrez-Vega, por su parte, vive fuera de Cuba y su acercamiento al dominicano es un subproducto de sus investigaciones en los archivos del notable ensayista e investigador literario cubano José María Chacón y Calvo. Una cosa es cierta: Max Henríquez Ureña goza de mucho prestigio y aprecio en Cuba, su nombre está vinculado a sucesos importantes del devenir literario cubano en diversos momentos del siglo XX. Ahora, si bien su Panorama histórico de la literatura cubana es libro de consulta obligada a cualquier nivel, ese aprecio tiene su centro de intensidad en el sector intelectual y sobre todo en el universo académico vinculado a las humanidades que, como usted sabe, resulta muy fuerte en la mayor de las Antillas. Claro que subsisten los recuerdos, las memorias de quienes lo conocieron y testimonian su actividad como promotor y profesor entre 1904 y 1930, o luego, cuando regresó a La Habana en los años cincuenta. Pero lo importante es que su obra principal participa del debate intelectual cubano y, por tanto, vive. Esa vitalidad tiene muchas aristas no explotadas aún. Sería, por ejemplo, muy interesante publicar el polémico intercambio epistolar sostenido entre Max y Juan Marinello en torno a la pertenencia o no de José Martí al modernismo y que hoy se conserva en el archivo de Marinello, en La Habana.
PAV. “En el espíritu de las islas” lleva cerca de dos meses en el mercado. Sin embargo, al menos en su etapa inicial, en el ambiente intelectual no se ha generado alguna reacción crítica de relativa envergadura. Teniendo en cuenta que su libro nos recuerda una deuda intelectual y que a su vez toma posición para fijar la carrera política y literaria de Max, ¿no echa de menos esa reacción
crítica?
FP. Mire, yo escribo para hacerme preguntas y lanzarlas al aire. Para mí el disfrute está en la aventura de escudriñar, reflexionar y hacer literatura, no en los resultados sociales que ese acto provoque. Desde esa perspectiva, lo que pase con el libro después de impreso, es secundario porque ya me encuentra ocupado en otro proyecto. En el espíritu de las islas no se escribió para demostrar que Max era escasamente conocido en su país de origen, sino por una combinación de causas que incluso ahora mismo no alcanzo a discernir en su totalidad, pero entre las que se encuentran el reto intelectual que significaba hacerlo y la seguridad de que en el trayecto encontraría numerosas claves para entender el tiempo del dominicano y el mío propio. No echo de menos la reacción a la que usted se refiere por tres razones. Primero, porque los únicos libros de este tipo que provocan estallidos apenas aparecen son aquellos que utilizan mecanismos para impactar, ofender o escandalizar, y eso no me interesa. Segundo, porque varios y muy apreciables intelectuales dominicanos se me han acercado para debatir en torno o a partir del libro desde el momento mismo en que éste salió al mercado, y en nuestro medio esa es la única crítica literaria en la que de verdad creo. Y tercero, porque cualquier libro que busque insertarse con honestidad en el debate y la reflexión intelectual tiene un efecto más bien mediato, vinculado al diálogo literario y académico. Sí me inquieta que hasta el momento el intercambio en torno al libro ha estado aplastantemente referidos a los aspectos políticos o históricos y no literarios, cosa extraña porque estamos hablando de un escritor prestigioso. Tal hecho pudiera echar alguna luz sobre la textura del sector intelectual dominicano actual, ¿no cree?
PAV. Tras observarlo a usted pasar el bisturí sobre la obra de Max, nos queda su opinión de que no se trató de un superdotado en las lides literarias. Uso el adjetivo “superdotado” porque en nuestro medio, los escritores que gozan de reconocimiento histórico suelen ser vistos como “superdotados”, muchas veces sin entrar en grandes consideraciones...
FP. Desde el punto de vista literario, una división entre superdotados e infradotados no conduce a parte alguna. Su existencia sólo podría ser fruto de una perspectiva malsana, que entiende la actividad literaria como una carrera de caballos, en la que se deben asignar lugares y canonizar a los campeones. Esto igualaría, por ejemplo, a Pedro Henríquez Ureña con Sammy Sosa o Amalia Vega dentro de la percepción social y obnubilaría la reflexión crítica sobre su obra en favor de las adhesiones intuitivas y las reverencias ante un supuesto carácter representacional como símbolo. Hay quienes creen (y me lo han expresado) que una perspectiva parecida a esa ha hecho que la figura de Pedro opaque un tanto a la de Max en el país natal de ambos. Si es así, contituiría un grave error de recepción. La importancia de Pedro, que todos reconocemos, no clausura la amplitud y diversidad del intercambio intelectual. Siguiendo esa forma de pensar, bien podríamos suponer entonces que el conocimiento de Cien años de soledad (considerada por muchos la mejor novela hispanomericana del siglo XX) nos releva de leer cualquier otra obra de ese género producida en el subcontinente durante el siglo. Nada, la literatura es diálogo, debate, y en ese proceso todos los autores y todas las obras tienen algo que decir. ¿Qué zona de la actividad literaria desplegada por Max Henríquez Ureña está viva y nos sirve aún? Esa es la pregunta. Las respuestas pueden ser tantas como los lectores posibles. Lo que hago en el libro es repasar esa obra de modo general, hacerla visible para que otros se acerquen, la examinen y extraigan de ella lo que entiendan pertinente.
PAV. Usted no parece interesado en sacralizar la figura de Max; incluso no echa mano al estilo altisonante que muchos utilizan al tratar personajes como él..
FP. Vivir fuera de mi país me ha servido para visualizar mejor ese malévolo tejido de símbolos con que el poder (sería mejor decir los poderes) social te atrapa. Glorias intelectuales, deportivas, héroes incólumes, discursos históricos idealizados, reinas de belleza, símbolos patrios, objetos de museo, orgullos nacionales... todos cristalizados en su representación de la pureza, el honor, el triunfo, etc., etc., etc. ¡Vamos, amigo mío! Nada está exceptuado de pasar el sedazo implacable del criterio y todos tenemos derecho a la opinión; en el fondo, ese es el único pedazo de libertad individual que nos han dejado. El que quiera adorar santos, que vaya a la iglesia. En cuanto al estilo altisonante, mejor lo dejamos para los políticos en busca de votos o para los lambones (guatacas, dirían los cubanos) en la carrea tras los puestos, las botellas o los homenajes. La creación literaria es una aventura del lenguaje vivo, al mismo tiempo compartido y furiosamente personal. Escribo como soy. Y punto.
PAV. Desde el punto de vista literario, En el espíritu de las islas está escrito de forma agradable. Aunque se nota el fardo de informaciones que posee el autor, en ningún momento el libro se vuelve pesado ni excesivamente informativo. En la introducción, usted trata de aclarar ciertas diferencias en la estrategia escritural de cada capítulo; pero me parece que, en general, no se notan grandes cambios estilísticos entre ellos. ¿Usted llegó de forma casual a esta estrategia discursiva o fue el resultado de una reflexión previa?
FP. Yo comencé mi carrera de escritor dentro de la crítica literaria, por aquellos tiempos en que se hablaba muy enfáticamente de la crítica científica. Quería encontrar (¡oh noble juventud!) la esencia de la literatura, es decir, el alma inasible que haría o no a un texto literatura. Un día me decepcioné. Si usted se fija bien, la mayor parte de los críticos profesionales le pueden desarrollar un puntilloso método de análisis, pueden descomponer el texto literario hasta llegar a la relación entre el adjetivo y el sustantivo, pueden traer a colación todas las citas del mundo, pero a uno termina por quedarle la impresión de que no tienen la más mínima idea de qué es la literatura viva, esa cuya función esencial consiste en expresar al ser humano. Por eso advierto en el prólogo del libro que su realización ha sido concebida como trabajo de escritor, no de crítico o de investigador. La decisión de acometer la obra en esa forma nació con los cuatro artículos que me solicitó Diógenes Céspedes en 1998 para El Siglo. En esos artículos (muy breves, por supuesto) quedaron estructurados los cuatro primeros capítulos del libro actual e incluso definidos sus títulos, aun cuando en ese momento todavía Orlando Inoa no me había propuesto escribir el libro y, por tanto, éste no existía ni siquiera en mi intención. Mire, en el fondo la reflexión fue muy sencilla: si yo había disfrutado tanto haciendo el trabajo, ¿por qué no iba a intentar que quien leyera el libro sufriera lo menos posible? Por eso todo el desarrollo del texto está montado sobre un esquema narrativo y por eso usted no encontrará en él una sola de esas citas pedantes que los autores a veces emplean para que los demás vean lo cultos y enterados que son.
PAV. El país del que Max sale a principio del siglo XX, tenía ciertas limitaciones en el orden de la educación y el conocimiento. Usted estudió aquella época, y también, por su cercanía con nuestro país, ha tenido la oportunidad de ver cómo son aquellas cosas justo un siglo después. ¿Qué le parece, en general, el espacio de discusión cultural en la República Dominicana de hoy?
FP. Siendo extranjero, yo debía de cantarle maravillas para así no buscarme problemas. Pero sería deshonesto. El espacio de debate cultural en el país me parece estrecho, raquítico, y sobre todo muy maleado por un nefasto pragmatismo que aplasta cualquier ponderación de los valores estrictamente culturales. De una parte, las humanidades van desapareciendo del medio académico por no rentables y, lo poco que queda de ellas, es asimilado por la publicidad, el mercadeo, etc. De la otra, el discurso de la política convertida en negocio resulta ensordecedor y ha terminado por atraer y desnaturalizar gran parte del diálogo cultural y a sus portadores. A resultas de todo esto, el sector intelectual en el país se manifesta desunido, descentrado y mayormente desviado hacia claves de interacción que no son las estrictamente intelectuales. Sin espacios culturales fuertes resulta imposible que el debate se enriquezca, mientras el mangoneo político, por una parte, y la casa de cristal, por la otra, se tragan la interacción social. El asunto empeora: ¿cuántos suplementos culturales han desaparecido de la prensa dominicana en los últimos dos años para ser sustituidos por las páginas de la farándula y el entretenimiento? Dígamelo usted.
PAV. Varios, en verdad. Entonces, ¿qué opinión le despierta la articulación del ambiente literario dominicano?
FP. Los escritores dominicanos que viven, trabajan y escriben en el país son verdaderos héroes. No es fácil correr de un lugar a otro para atender cuatro o cinco puestos de trabajo con los que subsistir y, al mismo tiempo, estudiar, leer, crear proyectos y sacar tiempo para una labor tan concentrada y exigente como la literatura. Hace poco un intelectual dominicano de verdadero rango, miembro de la Academia de la Lengua, me mostraba las agendas en las que hace literatura mientras finge estar pendiente de las aburridas reuniones burocráticas que debe sufrir. Antes de ayer me escribía la poeta cubana Odette Alonso y preguntaba si las más de cuarenta “universidades” dominicanas ofrecían becas para escritores, como es habitual en tantos países. No pude sino reír. Las autoridades culturales dominicanas y las instituciones privadas deberían tomar conciencia de que cada día se hace más difícil enfrentar trabajos literarios de largo aliento en el país por falta de estímulo y condiciones materiales adecuadas. Que, o hacen algo, o en el futuro la literatura y la investigación dominicana más serias se habrán desplazado hacia el extranjero, donde algunas universidades y otras instituciones sí ofrecen el financiamiento y la estabilidad necesarios para acometer esos proyectos con la serenidad y la paz de espíritu que es menester, lo que estaría repitiendo de otra manera la historia de los Henríquez Ureña. ¿Sabe usted cómo se hizo durante cuatro años el trabajo de búsqueda para En el espíritu de las islas? Exprimiendo una horita por aquí y otra por allá para irme a recorrer bibliotecas, regateándole algún tiempo a las actividades con que me gano la vida para meterme en los archivos, aprovechando las horas de clase en que mis alumnos examinan para fichar información, usando la disposición de algunas personas que se ofrecieron para ayudar y a las que agradezco infinitamente por su dedicación. Una mañana, mientras abusaba de la bondad de Campito en el Archivo General de la Nación, llegó un conocido investigador dominicano radicado en los Estados Unidos; portaba un cheque de la universidad donde trabaja por una barbaridad de miles de dólares con el fin de recavar en el país toda la información acerca del asunto había elegido para su investigación. No pudimos hablar mucho, él tenía todo su tiempo, pero yo debía volver a la oficina desde la que ya me habían reclamado tres veces. Claro que los verdaderos escritores e investigadores en el país no dejarán (no dejaremos) de escribir pero sus (nuestros) resultados serán siempre tocados por la falta de condiciones y de promoción, tendremos siempre la sospecha de que el trabajo pudo ser mejor o, al menos, más meditado. En fin, respondo a su pregunta: el ambiente literario en el país es tartamudeante, carente de cátedras fuertes, de instituciones fuertes, de editoriales fuertes, de publicaciones fuertes... es un ambiente dominado por el lenguaje altisonante de la política y del figureo, donde el esfuerzo denodado de unos pocos resulta ensombrecido por las puestas en escena del pragmatismo y el poder del dinero. Ojalá en el futuro de la literatura dominicana predomine la tosudez de quienes desde no hace mucho se han lanzado a proyectos tan quijotescos como las revistas Xinesquema o Caudal, pero no sé... no sé...
PAV. Su libro recalca nuestra deuda con la obra de Max. En este país hay al menos dos proyectos editoriales que han mostrado interés en publicar autores importantes de nuestro pasado. Me refiero a Ediciones Librería La Trinitaria y a Editorial Manatí. ¿Le interesaría a usted, a través de espacios como esos, recuperar las publicaciones de Max?
FP. Hace dos años presenté un proyecto a la Biblioteca Nacional cuya finalidad era reunir y editar una selección de la obra de Max Henríquez Ureña. Su realización permitiría además crear un fondo donde se depositaran todos los libros del intelectual dominicano, unos físicamente y otros fotocopiados. Tanto el anterior incumbente de esa institución, Andrés L. Mateo, como el actual, Diógenes Céspedes, están muy interesados en impulsar tal proyecto, pero se requiere de financiamiento pues estamos hablando de una búsqueda compleja, que incluiría varios países y obligaría a revisar muchas colecciones de publicaciones periódicas. Nada, si usted oye hablar de que esas instituciones u otras están interesadas en darle curso al proyecto, páseles mi teléfono por favor.
PAV. No puedo finalizar esta entrevista sin una pregunta. Usted es cubano y reside en República Dominicana; montado en la figura de Max, ha andado por la historia de Santo Domingo, Cuba y Puerto Rico, además de otras islas del Caribe. ¿Cómo definiría el antillanismo?
FP. El antillanismo fue resultado de un sentido de pertenencia común, de origen común, de circunstancias comunes y de destino común. Enfrentar ese destino juntos era en otro tiempo una necesidad de vida, una forma de protección, de autorreconocimiento, y permitió a los abuelos escribir algunas de las páginas históricas e intelectuales más hermosas de nuestras fisonomías identitarias. Hoy es un ideal agonizante, al que echamos de menos como si nos hubieran arrancado un pedazo. Un poco por condiciones externas, mucho por nuestra desidia, estamos renunciando a ese tejido material y espiritual que antes nos protegió y dio sentido. Así lo veo.
–––
Latest page update: made by jfp
, Jan 28 2008, 12:20 PM EST
(about this update
About This Update
Edited by jfp
8409 words added
view changes
- complete history)
Edited by jfp
8409 words added
view changes
- complete history)
Keyword tags: None
More Info: links to this page