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Ensayo II

QUE NO SE DIGA, COMPADRE
Tantas veces fue necesario salir al camino Alfonso Reyes, Pedro Henríquez Ureña, Alejo Carpentier, Julio Cortázar, Jorge Luis Borges y cuántos más, entregarse a una andadura traumática que agranda la distancia y, por eso mismo, permite entender mejor: lo que somos, lo que nos hace definitivamente únicos y al propio tiempo fija marca de grupo, constituye una síntesis espiritual a través de la cual percibimos el mundo, un modo de ver que nos identifica y acompaña sin posibilidad de renuncia. El discurso de la identidad y el asombro de la creación genuina no están jamás fuera del ser humano y suelen nutrirse tanto de presencias como de ausencias... a veces más de las últimas que de las primeras. El resto lo dejamos al color local, al triste fetichismo de los paisajes. En fin, importa la cifra intangible que nadie puede arrancarnos: importa la mirada.
Al momento de mi llegada, en marzo de 1998, probablemente la República Dominicana fuera el país con mayor cantidad de papel periódico impreso por habitante en todo el universo caribeño. Esto, sumado a la escasez de revistas literarias, hace comprensible que abundara en los entonces numerosos suplementos culturales dominicanos un tipo de escritura breve, cercana al tono ensayístico, atenta a la voluntad expresiva del autor y a la circunstancia intelectual donde se emplazaba. Como escritor, siempre había querido tener un espacio así: continuo, personal, en el que cupieran lo mismo nimias inquietudes que grandes asuntos y, sobre todo, que se desentendiera de cualquier atadura más allá de la entrega, la ética y la honestidad que el oficio exige.

Ensayo II - José Fernández Pequeño Ensayo II - José Fernández Pequeño

Entre esa fecha y finales del año 2001 fui dando a conocer textos como los que a continuación se recopilan; primero, en un suplemento cultural que editaba la diseñadora Graciela Azcárate para el periódico Hoy y en Isla Abierta, que con tanta amabilidad puso a mi disposición el escritor José Enrique García; luego, en la sección cultural del desaparecido periódico El Siglo, a cargo del crítico literario Diógenes Céspedes. Cuando interrumpí la seguidilla, obligado a escatimar tiempo para otros proyectos literarios, no tenía idea de la cantidad de cuartillas que, sábado a sábado y como quien no quiere las cosas, había llegado a escribir. Lo supe al momento de armar este libro.
Así pues, se imponía una poda rigurosa. Comencé por excluir todos los artículos sobre cine y casi todos los dedicados a comentar libros, pues nada me interesa menos hoy que el ejercicio de la crítica, sea literaria, cinematográfica o de cualquier otro tipo. Me concentré entonces sobre aquellos textos esencialmente reflexivos y los fui incluyendo o desestimando en atención a dos razones: que mantuvieran vigencia de pensamiento y que me expresaran como escritor. Cuando hice un alto para examinar el resultado de la selección, experimenté una segunda sorpresa: el conjunto guardaba una coherencia de asunto que nunca me propuse conscientemente. Bien vistos, los textos que a continuación se recopilan son ante todo intentos por razonar desde la perspectiva cultural ciertas zonas de la comunicación humana, por recuperar y entender voces indispensables de una cultura
la del Caribe y una vida la mía a las que pertenezco desde el primer parpadeo de conciencia y hasta el último suspiro. Por eso, el escritor de estos ensayos prefirió siempre el tono amigo del escritor que conversa sobre lo humano y lo divino con el lector, al margen de cualquier exhibición erudita o prurito de cientificismo que, honestamente, no me interesan. Ya lo decía el maestro Virgilio Piñera: “La literatura es un chisme colosal”.
Así lo aprendí en el camino y así quiero dejarlo por escrito en este libro. La creatividad del recuerdo, la percepción cultural del pasado y el presente, esa médula viva de la identidad que es la memoria, cristalizan fundamentalmente a partir de voces que forman un paciente, diverso y complejísimo espacio espiritual donde el individuo encuentra modos de percibir y crear al mismo tiempo únicos y colectivos. Son voces que trae el viento. Voces que viajan a través de los medios. Voces que siguen alzándose desde la letra impresa. Voces que sentimos dentro y no recordamos cómo entraron así de hondo. Voces tan entrañables y cercanas que solo las percibimos cuando faltan.
Las ideas que recoge este libro son, por tanto, hijas del camino. Muchas viajaron conmigo desde la realidad cubana y todas han sido acunadas por la realidad dominicana, dos realidades
la cubana y la dominicana radicalmente distintas. Pero además, mientras luchaba con la ruptura que significa el alejamiento y la inestabilidad que complejiza la inserción es decir, mientras construía una patria hecha de añoranzas y lealtades, sin tiempo ni tranquilidad para otros proyectos, estos textos me mantuvieron en intercambio con la práctica literaria, ese infaltable núcleo organizador de mi vida. En fin, los artículos que siguen están marcados por el tránsito, ya no se sabe qué parte de ellos proviene de un lado y qué parte del otro. Tampoco creo que valga la pena averiguarlo.
El largo ensayo que ocupa la última parte de este libro —“Mirar torcido: hablar derecho”— fue publicado por partes y ensamblado en un cuerpo único para este proyecto editorial. Es resultado de una investigación sobre la dimensión cultural de los cuentos de relajo que inicié en la Casa del Caribe, allá en mi Santiago de Cuba, y que en 1997 el Concurso Memoria, patrocinado por la Oficina Regional de la UNESCO para el Caribe tuvo a bien premiar. Aquí aparece ampliado, equilibrado a través de las fuentes dominicanas y, como el resto de los textos que forman el libro, escrito en un tono que quiere ser suelto, despojado por completo de la parafernalia metodológica y especializada tan al uso en las investigaciones sobre la cultura. La presente versión es simple diálogo de escritor. Tiene la intención de comprender desprejuiciadamente una manifestación de la cultura popular oral hasta hoy menospreciada y que considero de primera importancia para la reflexión en torno al intercambio social en nuestros países.
Dos cosas, para terminar. Si bien juguetean a veces con lo ocasional, los textos que siguen fueron concebidos a partir de estímulos muy importantes para mí, escritos con la tensión enamorada de lo definitivo y ninguno se publicó mientras no sentí que me representaba como ser humano comprometido con la literatura. Mucho les agradezco lo que me divertí al escribirlos, en ese sabroso ejercicio que nace de problematizar cuanto nos rodea con la aspiración
por suerte insaciable de ver más hondo y más lejos. Ellos me mostraron múltiples caminos a la hora de escribir. Ellos me hicieron sentir vivo, dueño de una perspectiva que no importa adónde conduzca el camino me garantiza lugar en este planeta, lejos como siempre del intelectual que manipula su cautela para mayor beneficio y finge su pose solemne para una venta mejor.
Humildemente, esta mirada soy. Y a mucha honra.




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