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Caminos que se cruzan, patria de la literatura
Hace algo más de una semana, el Grupo Editorial Norma presentó en Santo Domingo mi libro de relatos Tres, eran tres. Después de nueve años trabajando en la República Dominicana, me sorprendió que todas las entrevistas realizadas a raíz de ese hecho insistieran en pedir explicaciones acerca de la forma en que algún relato del libro lograba recrear detalles de la vida dominicana, o se extrañaban de cómo, a pesar de la distancia, el componente cubano seguía latiendo de modo tan perceptible en las narraciones. Todavía no acabo de entender la razón de esa perspectiva que busca poner límites a un mundo cada vez más abierto, trazar fronteras donde no hay sino caminos diversos que se cruzan.
Tratemos de mirar hacia el fondo. Se oye decir constantemente que dominicanos y cubanos somos iguales, o al menos muy parecidos. Eso es incierto. Luego que se traspasa la ligereza de cierta visión folclórica y el tercer trago de ron aclara definitivamente las entendederas, comienzan a aparecer entre ambos tipos caribeños distancias que se vinieron incubando al menos desde el siglo XVI –para circunscribirnos a un período de tiempo que podemos alcanzar con la mirada de la historia escrita–, y que en los siglos XVIII, XIX y XX cobraron acelerada hondura. Hijos de sucesos históricos diferentes, cubanos y dominicanos han desarrollado identidades diversas y bien distanciadas. Lo que sí compartimos sin dudas es el mismo mecanismo de apropiación de la cultura, la fiereza caníbal con que deglutimos lo que nos llega desde afuera, para devolverlo convertido en algo diferente, radicalmente resemantizado, y capaz de operar bajo otros principios: los de la cultura paródica, juguetona y gozosa del caribeño. Si dominicanos y cubanos hemos trazado una larga y provechosa historia de intercambios y coincidencias no es porque somos iguales, sino todo lo contrario: somos tan diferentes que el contacto, cuando ocurre, tiene todas las potencialidades para traducirse en riqueza humana.
Los hijos de ambas islas somos conciudadanos de una cultura intensa, que es mejor cuanto más se nutre de lo disímil y lo disparejo. Por eso, cuando políticas obtusas y nacidas del dogma han pretendido “protegernos” de lo ajeno o extraño, nuestra cultura se ha escindido en dos cauces: uno visible y de relumbrón, bueno para el consumo del legislador adusto; y otro subsumido, paródico y simulador, que dice pero no dice, y transcurre en el libre flujo de la palabra que salta y se oculta, en la nueva oralidad tecnológicamente mediada que es el pan y el agua de nuestros días. Por eso no entiendo que alguien pueda asombrarse de que un cubano acreciente su condición cultural de cubano a través de la cultura dominicana vivida día a día, en el conflictivo transcurrir de una existencia que –como la de todos nuestros pueblos del Caribe– es la hazaña de la precariedad y el invento. Como mismo me parece increíble que no se vea lo obvio: nada puede hacer más fácil la incorporación de lo cultural dominicano que la matriz de la identidad cultural cubana asumida como la asumo, sin complejos ni recortes. Al menos para mí –y así lo escribo en uno de los ensayos que forman La mirada en el camino–, la única identidad que nos puede salvar del dogma y el igualitarismo es la identidad de los distintos.
La mirada en el camino es un libro de ensayos breves que resumen asuntos vividos y posibilidades soñadas, solo que ambos se han mezclado y ya no puedo distinguir qué aportes provienen de los primeros y cuáles de las segundas. Es un libro que se fue escribiendo durante años, sábado a sábado, sin plan previo, siguiendo una ruta interior que me llevaba a reflexionar sobre la cultura allí donde generalmente no va a buscarse: en las anécdotas de velorio, en las narraciones de la pelota, en los cuentos de relajo, en los piropos callejeros y, por supuesto, en la literatura. No estoy seguro de si es un libro que piensa la cultura desde la comunicación o interroga a la comunicación desde la cultura, como tampoco estoy muy seguro de que comunicación y cultura no sean en el fondo lo mismo. Lo que sí puedo advertir es que echa mano, con malicia y premeditación, a cuanto recurso pueda servirle para lograr su propósito: el ensayo, el amago de investigación, el testimonio y, lo confieso, la ficción. Nada es tan sabroso como inventarse un argumento e insertarlo en el discurso de modo tal que el lector nunca sepa qué fue lo vivido, qué lo investigado y qué lo inventado.
Aunque casi no se refiere a ese tema, La mirada en el camino es también el testimonio interior y sincero de mi proceso de adaptación a la vida dominicana, un proceso tan agónico y conflictivo como el de cualquiera que pretende sumarse sin remilgos a un grupo diferente al suyo, y lo hace con el mismo gesto de quemar las naves que nos regaló hace siglos Hernán Cortés. En Santo Domingo encontré los espacios editoriales que me impulsaron a escribir esos ensayos breves, nacidos de inquietudes que se habían incubado en la aventura de la creación de las Noches Culturales de la Calle Heredia, del Festival de las Artes Escénicas de Origen Caribeño, de la Casa del Caribe y en el trabajo de promoción literaria que al paso de los años me fue dibujando una ciudad que vive con la magia del mito –Santiago de Cuba–, y unos compañeros que la muerte, de pura envidia, recién comienza a robarme. Lo digo en el prólogo del libro. Siempre quise tener un espacio editorial así: continuo, personal, bueno para hablar de lo grande y de lo pequeño con una sola condición: la de ser leal a uno mismo. Santo Domingo me ofreció ese espacio.
Pero también me dio otro público lector y una situación de comunicación diferente, que permitía tomar distancia de los remilgos intelectuales, de la pesadez metodológica que se hace pasar por ciencia, de la frase sobrada y arrogante tan frecuente en el especialista, para quien el asombro es una experiencia intolerable. Un público al que se le podía hablar desde la escritura con las armas extraordinarias de la oralidad: es decir, la complicidad de un contacto que paladea sin vergüenza la frase ingeniosa, que comparte el guiño de la ironía y agradece el chisporreteo de la ficción cuando este llega en el momento oportuno.
Hace pocos días una estudiante me detuvo a la salida de la Universidad APEC, en plena Máximo Gómez, y me dijo que había leído La mirada en el camino. Como corresponde en esos casos, le pregunté qué le había parecido, esperando cualquier frase convencional como respuesta. Ella hizo un gesto de duda:
–No sé, profesor –dijo con un poco de pena en la mirada–, quisiera leerlo otra vez. La verdad es que no pude agarrar mucho lo que dice porque, mientras lo leía, tenía la impresión de que lo estaba escuchando hablar a usted, y eso me entretenía.
Para mí, como autor, eso es La mirada en el camino: mi encuentro con una voz personal, con una forma de decir que nace de lo que soy y que solo podía madurar definitivamente lejos de mi cultura de origen: esa voz es también, y por encima de cualquier otra cosa, la patria.
El concepto de patria siempre me ha sido difícil: es a veces demasiado amplio y a veces demasiado estrecho, con lo cual se presta también demasiado a las manipulaciones. Confieso que en estos nueve años de distancias, nunca me he sorprendido pensando con nostalgia en la calle Enramadas o en el patio de la Casa del Caribe, ni siquiera en mi casa de Bayamo. Ese no es el tamaño de mi patria. En mi caso la patria está más cerca de la pertenencia, de una historia vivida y a veces olvidada, pero latente en algún lugar del tiempo. Días antes de viajar a este evento, un correo electrónico de Ariel James me recordó que en 1983 yo había editado su poemario La ciudad y su escudo, con dibujos especialmente hechos para esa ocasión por la extraordinaria Julia Valdez y diseño del inolvidable Guarionex Ferrer. Perdido en la brega de la subsistencia, yo había olvidado los afanes que hace un cuarto de siglo lograron imprimir cinco mil ejemplares de aquel pequeño libro usando clichés de metal, el linotipo gutenberiano y las prensas renqueantes de la imprenta de la Dirección Provincial de Cultura. Hoy me parece casi un milagro. De esos milagros vividos se alimenta mi patria.
La patria es el trago de ron que Joel James ya no me ofrecerá en el salón de protocolo de la Casa del Caribe, la discusión que dejé pendiente con Jorge Luis Hernández y para la que todos los días preparo mejores argumentos porque estoy seguro de que se la voy a ganar alguna vez. La patria es Juan Salvador Guevara y el río Bayamo, León Estrada y los cafés del Parque del Ajedrez, Odette Alonso y las bebentinas de La Jutía Conga. Ese cúmulo inquieto y provocador de personas y sucesos que me bullen dentro y ahí se abrazan de la forma más natural con la ruta soleada del malecón de Santo Domingo, los yaniqueques de la avenida Lincoln, la maravilla rumbosa que son los colmados dominicanos. Todo eso y más cabe en mi patria. Tanto y tan anchas son sus coordenadas, que solo pueden ser atrapadas por la literatura. La literatura es, pues, la patria: la necesidad de mantener siempre la mirada atenta al horizonte sorprendente que va ofreciendo el camino.
Palabras leídas en la presentación de La mirada en el camino,
Festival Internacional de la Cultura del Caribe, Santiago de Cuba, julio 4 de 2007