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Literatura para niños - José Fernández PequeñoLiteratura para niños - José Fernández Pequeño


EL PRIMO MIGUEL


Ictericia es una palabra fea, larga y enroscada como culebra. Así son las enfermedades: cuando vienes a ver, ya te agarraron los reposos, los pinchazos en las nalgas, los remedios cada ocho horas y el puré de malanga que prepara la abuela y te embute la mamá. Pedro había estado enfermo otras veces. Pero esta ocasión iba a tener un final distinto. Cuando parecía que todo pasaba y ya daba sus paseos de tardecita por la acera y creía que estaba a punto de volver a la escuela, los mayores empezaron a ponerse raros: los abuelos cuchicheaban misteriosos, las tías se sentaban en la cama y le hablaban como si él tuviera dos años y no casi once, la mamá rebuscaba en los armarios y se atareaba probándole y arreglando ropa vieja. Fue Juan quien –una palabra por aquí, otra por allá– aclaró el secreto. Pedro iba a dar un viaje. ¿Un viaje? Por fin la mamá le explicó: el médico aconsejaba dos semanas en un lugar sano y habían decidido llevarle para la finca del primo Miguel.
–Pero si yo no conozco a ese primo Miguel –protestó Pedro. Y enseguida la pregunta–. ¿Y me voy a quedar solo en ese lugar?
Su mamá se miró las uñas, le pasó la mano por el pelo y, en fin, hizo todas las cosas que hacía siempre antes de darle una mala noticia.
–Bueno –dijo– solo no, con el primo Miguel y la prima Luisa. Y a la prima Luisa sí la conoces bien. Yo tengo que regresar porque...
Y detrás las explicaciones que dan los mayores para que uno sepa que ellos no tienen tiempo para juegos. Al final: “Ya verás cómo te vas a divertir”.
Cuando la guagüita hocicuda y desvencijada dejó la carretera y se metió por el camino de tierra, Pedro tuvo que tragar duro porque aquel tremendo nudo que tenía en la garganta no le dejaba respirar. Entre los tumbos, el chirriar de la guagüita, la voz de su mamá que no paró de hablarle un minuto y aquel paisaje de árboles y más árboles que iba apareciendo a medida que amanecía, Pedro añoró sus días de enfermo: las sábanas limpias y tibias, los juegos de parchís en la cama, los traslados hasta el televisor para ver las aventuras, los mimos de todos a la hora de las medicinas y, por supuesto, las visitas de Sady algunas tardes que ahora aparecían con un brillo distinto a todo lo que había vivido. Cuando su mamá le dijo “Nos bajamos aquí”, ya Pedro estaba seguro de que atrás, perdidos para siempre, quedaban sus mejores días.
De lejos, la casa del primo Miguel era un palmar; de cerca, después de quince minutos caminando por un trillo, era una casita en forma de ele, con techo de guano y zinc, jardín en el ángulo y pozo en el frente. A Pedro le pareció un disparate aquella casa en la que se entraba por detrás y, cuando puso un pie dentro de la cocina, se sentía condenado a un castigo desconocido pero terrible.
Los recibió la prima Luisa. Y después de los besos y abrazos:
–Ah, pero está muy flaquito este vejigo. Seguro que en el pueblo no le dan bastante comida.
Enseguida les coló café; amargo para la mamá y claro para Pedro.
–Ese café es bárbaro con pan ⎯dijo.–dijo.
A Pedro le hubiera sido difícil tragar con aquella bola que no se le bajaba de la garganta. Esta no era la prima Luisa que él había visto en la ciudad tantas veces, siempre vestida de blanco, conversando de lo más tranquila con los abuelos, la mamá y las tías. Ésta brincaba de un lado para el otro como si fuera una pelota: bajita, gorda y de color marrón. Parecía mentira que pudiera ir y venir y mover las manos y hablar y reírse sin parar un segundo. Además, ¡aquella prima Luisa era de su tamaño!
El primo Miguel resultó todo lo contrario. Para darle a Pedro una mano flaca y llena de chichones tuvo que doblarse muchísimo. Usaba una camisa de mangas largas y el pantalón iba amarrado con una soga de pita casi en la boca del estómago, de modo que los bajos le daban como una cuarta por encima de las botas viejas, puestas sin medias. Los brazos y la cara estaban muy quemados por el sol, y lo que más llamó la atención de Pedro fueron los dos ojos separados, que lo miraban fijo y sin sonrisa.
–Vaya –dijo– ya estuve comentando en la estancia que a partir de mañana tengo ayudante. Descanse hoy, camarada. ¿Qué le gustaría comer?
Pasaron el resto del día conversando –la mamá– y reconociendo –Pedro– los alrededores. Cuando se le destrabaron los pies, se asomó al pozo, recorrió la casa de ordeño, caminó entre las matas del jardín y conoció a Salicio, un perro amarillo y de apariencia aburrida –“Cuidado, dijo la prima Luisa, tiene malas pulgas y muerde sin ladrar”–. Todo aquello le parecía triste, solitario, demasiado callado y apestoso a excremento de vaca. Donde fuera, Pedro era perseguido por un sol hirviente, como nunca había supuesto que existiera.
Después hubo que bañarse con un cubo de agua salobre en un bañito de techo de guano, que Pedro sospechó repleto de chipojos, ranas y seguro que hasta alacranes. Y entonces vino lo peor: de pronto el sol se apagó y todo lo que pudiera verse o imaginarse hacia los cuatro puntos cardinales ennegreció. Sentado en el comedor, atolondrado por la peste a humo de las chismosas, inquieto por las sombras que bailaban con las llamas temblonas, Pedro escuchaba alelado el concierto de chillidos, crujidos, graznidos, silbidos, siseos, raspados y vaya usted a saber cuántos ruidos más, sin querer ni imaginarse qué animales espantosos se escondían detrás de semejante escándalo. Esa noche demoró mucho en dormirse, acurrucado contra su madre y atento a todos aquellos sonidos repletos de peligros que él sentía inminentes.
Despertó poquito a poco y tuvo conciencia de sí cuando cayó en cuenta de algunos sonidos y olores que no eran habituales. Entonces vio que su mamá no estaba en la cama. Tampoco la encontró en el resto de la casa. Se había ido temprano, en la primera guagua, informó la prima Luisa mientras le servía un jarro de café con leche caliente, bien dulce, y un plato de tostones acabados de hacer. A medio desayuno entró el primo Miguel.
–Vaya, se levanta tarde el camarada. Si me quedo esperando por usted no hubiéramos ordeñado ni atendido los puercos hoy. Mujer, dame café.
–Bueno, Miguel, el ayudante tiene que acostumbrarse ⎯entró–entró la prima Luisa con el café⎯.café–. Todavía anda con las costumbres del pueblo.
–Ummmmmm –saboreó el primo Miguel– ¿y usted no tiene lengua, camarada?
Pedro tragó:
–No se habla con la boca llena, según dicen los mayores.
–Los mayores no siempre tienen la razón –respondió el primo Miguel con los ojos fijos y serios.
–¡Miguel! –atajó la prima Luisa–. ¡Qué cosas le dices al muchacho, caramba!
–Bueno –se levantó el primo Miguel–, voy a cargar agua.
La prima Luisa se acercó a Pedro y lo peinó con las manos.
–No le hagas caso. Él dice a veces esos disparates.
Después del desayuno, Pedro dio varias vueltas alejándose y acercándose a la casa. Fue hasta las cochiqueras y los puercos le recibieron con gruñidos, levantaron las cabezas un momento y enseguida volvieron a lo suyo. Vio ir y venir las gallinas con sus pollitos, tranquilos mientras él no se acercara, porque entonces chillaban en desbandada y la gallina se engrifaba amenazante. Estuvo también en el corral de las ovejas, pero lo encontró vacío; después sabría que se sacaban temprano a pastar y no se recogían hasta bien entrada la tarde. Regresó a la casa y se acodó contra el alambre de púas, en la cerca que llevaba hasta la casa de ordeño. El campo era llano, hondo y verde-azuloso; podía ver una extensión enorme de pastos, cercas, animales y árboles, antes de que el horizonte fuera a estrellarse allá lejos contra el cielo. Así estaba, un poco mareado de tanto ver, cuando llegó el primo Miguel montado en un caballito flaco y con una lechera a cada lado. Detuvo el caballo frente a Pedro.
–Camarada, ¿usted podría recogerme la vaca aquella que está allá, camino de la estancia? Se llama Mariquita, ¿sabe?
En efecto, la vaca Mariquita pastaba no muy lejos. Pedro se le acercó por detrás y agarró la punta de la soga que, en el otro extremo, se anudaba al cuello del animal. Pero, cuando tiró de ella, vio que Mariquita la tenía pisada con una de sus patas traseras. Con cuidado, fue Pedro girando hacia su izquierda y halando la soga. Mariquita levantó la cabeza y miró con fijeza a Pedro, que sintió cómo un frío le subía por las piernas. Permaneció quieto un tiempo ⎯inmenso a su parecer⎯, hasta que la vaca agachó la cabeza y continuó pastando. Pedro, allí de pie, con el extremo de la soga en la mano, no supo qué hacer. En eso llegó el primo Miguel.
–¿Qué pasa, camarada?
–No puedo llevarla; la vaca tiene una pata encima de la soga.
–Pues muévala. Si espera por ella, amanecen ahí.
Pedro respiró hondo y dijo sin levantar la cabeza:
–¿Y si me faja?
–Oiga, camarada –le habló el primo Miguel mientras se acercaba a la vaca, que enseguida se apartó–, ¿usted cree que yo le habría mandado a buscar una vaca peligrosa?
Hicieron el regreso a la casa caminando tras la vaca, que andaba mansa y despaciosa. El pecho de Pedro era un ciclón y tenía que hacer un esfuerzo para que no se le salieran las lágrimas. Cuando llegaron junto a la cerca que conducía al corral, el primo Miguel se detuvo. Bajo el sol, con la vista amarrada a la tierra, Pedro tenía conciencia de que su cabeza apenas llegaba a las costillas del primo Miguel. Por eso la voz le cayó encima, como si viniera del cielo:
–¿Sabe una cosa? Los animales y los hombres nada más atacan a quienes les tienen miedo. Bueno, los hay también medio locos. Pero eso se resuelve agarrando un palo.
Pedro pensó: “Claro, con ese tamaño y con esas manos no digo yo”; pero en realidad preguntó:
–Miguel, ¿puedo bañarme fuera del baño?
El primo Miguel hizo silencio. Pedro se atrevió a levantar la cabeza y vio los mismos ojos separados, sin una pizca de sonrisa.
–Pudiera ser, aunque lo mejor sería darnos un chapuzón en el canal. ¿No le gustaría, camarada?
Esa noche Pedro no pudo dormir. No estaba acostumbrado a acostarse tan temprano. Extrañaba su cama. Y aunque había metido bien los bordes del mosquitero debajo del colchón, aquellos animales que sólo podía imaginar por sus ruidos le provocaban una inquietud del tamaño de la soledad. Así escuchó cuando el primo Miguel y la prima Luisa se levantaron y vio pasar varias veces la luz de una chismosa frente a la puerta de su cuarto. En la más completa oscuridad, a tientas, se puso la ropa, buscó algo para abrigarse del frío y se fue a la cocina donde la prima Luisa atendía el fogón de leña y el primo Miguel tomaba café de pie, con los hombros cubiertos por un saco de yute.
–¿Y tú qué haces levantado, muchacho? ⎯se–se asombró la prima Luisa.
–¿Qué pasa, camarada ⎯preguntó–preguntó el primo Miguel⎯,Miguel–, viene al ordeño?
Pedro dijo que sí con la cabeza porque la verdad no encontró otra cosa que decir.
–Pues no señor –se alborotó la prima Luisa mientras lagrimeaba por el humo de la leña–. Usted acaba de estar enfermo y ya fue un buen disparate eso de ir a bañarse al canal, así que...
–Está bueno ya, mujer. ¿Tú conoces a alguien que se haya enfermado por trabajar? Venga, camarada, tómese un poco de café claro, busque algo con qué abrigarse mejor y alcánceme en el corral que se nos hace tarde.
Sentado sobre la cerca del corral, vio Pedro venir el grupo de vacas y terneros entre la oscuridad y los gritos de los hombres a caballo de que los arreaban. Se respiraba un frío que parecía caer desde el cielo completamente estrellado y se sentía la tentación de estirar las manos para tocar la neblina que sudaba la tierra empapada de rocío. Pedro no sabía por qué, pero aquel olor a yerba mojada y plasta de vaca le encendía una jiribilla por dentro. Cuando vino a ver, ya los hombres habían separado los terneros y pasaban las primeras vacas al corral. A partir de ese momento, no hubo tiempo para prestar atención a cosa alguna que no fuera “Alcánceme esa soga ahí”, “Traiga la banqueta que está allá”, “Cuidado con las patas de ese animal”, “Otro cubo, busque otro cubo”, “Venga, camarada, agáchese y abra la boca”, y el primo Miguel disparaba el chorrito de leche desde la ubre de la vaca hasta la lengua de Pedro, una leche distinta, con un sabor espeso, fuerte y aromoso, que él paladeó.
Desayunaron todos en el portal de la casa, tirados sobre el piso de cemento pulido. Los hombres se pasaban cuentos de ordeños que había hecho o de vacas y toros con los que habían trabajado. Pedro los veía reírse y bromear. Tenían las pieles curtidas, los rasgos toscos, las voces fuertes y los acentos disparejos.
Pasó el resto de la mañana en la estancia, entre los plátanos y las matas de yuca, atravesando los campos de maíz, bordeando los arrozales anegados. Después del almuerzo fue con la prima Luisa a echarle comida a los puercos, bombeó agua para las vacas y recogió las ovejas con la ayuda de Silicio. Comieron cuando todavía la luz se apagaba en el cielo y, ya de noche, Pedro se quedó dormido en un taburete, mientras el primo Miguel buscaba alguna emisora en el radio de pilas.
Al día siguiente se levantó con el sol alto y encontró instrucciones del primo Miguel para que alistara los avíos y las carnadas pues irían de pesca esa tarde. Y fueron. Montados en el caballo llegaron al canal que, según el primo Miguel, venía de una presa enorme. Era una corriente bastante fuerte, conducida por dos muros de concreto.
–¿Y aquí se podrá pescar algo? –dudó Pedro.
–Oiga –ripostó el primo Miguel mientras amarraba el caballo–, aquí he sacado yo truchas de hasta seis libras. Mejor busque algún lugar donde haya sombra y pesque con cuidado, no sea que una trucha se lo vaya a llevar de un tirón.
Por fin se acomodaron debajo de unas maticas y tiraron los cordeles al agua. Al principio, Pedro mantuvo toda su atención sobre el flotador; cada movimiento del corcho le parecía un anuncio alarmante. “Es la corriente ⎯decía–decía el primo Miguel⎯,Miguel–, cuando el peje pica de verdad, uno lo siente aquí, en el pecho”. Luego, Pedro empezó a aburrirse, a mirar para otros lugares, a pensar en otras cosas. En una de esas, dijo:
–Yo creo que va a llover.
El primo Miguel miró hacia el cielo: para un lado, para el otro; después amarró el cordel a una matica y fue revisando entre los matorrales. Enseguida regresó.
–No -dijo–, las nubes se están poniendo del sur y esa agua nunca cae aquí. Además, las hormigas cargan hojas verdes y, si hacen eso, es que no va a llover.
Pedro lo vio acuclillarse otra vez y tomar el cordel. Estaba tan serio como siempre.
–Miguel –se atrevió Pedro–, no se ponga bravo, pero ¿molestaría mucho si ponemos mi cama en el cuarto de ustedes?
El primo Miguel le miró.
–¿Usted tiene miedo de noche?
Pedro cambió la vista hacia los flotadores.
–No me gusta la bulla de los bichos.
–Sentir miedo no es malo, camarada –el primo Miguel hizo una pausa–. Pero hay un miedo terrible, y es el que se tiene a lo que uno no conoce, el miedo que se tiene con los ojos cerrados. Mire, esta noche decidimos el asunto. A ver, ¿qué palo es ese?
Pedro se encogió de hombros.
–Pues júpiter. Si mira la forma de las hojas, lo reconocerá siempre. Y aquel de allá arriba... ¿tampoco sabe? Anacahuita, se saca por las vainas que echa. Seguro que aquel de la izquierda sí lo conoce... ¿no? Ese es anón. Vea, cada palo, como cada bicho, tiene sus formas y sus maneras. Hay que saber las formas y las maneras de cada palo antes de tratar con él; también hay que saber las formas y las maneras de cada bicho y entonces tenerle miedo al que haga falta...
Y así siguió el primo Miguel: “Ceiba, esa es una ceiba, mire qué tronco”, después que recogieron los avíos y se montaron en el caballo sin haber visto ni una trucha de media onza; y “Mango, vaya, el mango sí lo distingue todo el mundo, igual que aquel, anoncillo”; y cuando ya iban por el camino, de regreso a la casa, “Ese es un cedro, ojo porque es un árbol muy precioso, como el ácana, el roble...”; y todavía debajo del aguacero que les empapó durante más de quince minutos. Fue ahí que Pedro le interrumpió:
–¿Así que no iba a llover hoy?
Al trote breve del caballo, Pedro se arrepintió de la pregunta. La espalda del primo Miguel se torció y los ojos separados acribillaran a Pedro desde arriba. Después el primo Miguel volvió a enderezarse.
–Ah caramba, ¿y no le dije ya que los mayores no siempre tienen la razón?
Esa noche, después de la comida, el primo Miguel llevó a Pedro hasta el portal y allí estuvieron sentados en sendos taburetes, sacudiéndose los mosquitos en medio de la oscuridad y con los oídos bien atentos.
–Oiga... oiga ese silbido sordo... a ver... ahí está otra vez. ¿Lo oyó? Pues ese es un chipojo, y sepa que los chipojos no atacan a nadie, camarada. Pero vea, ese croar que no para usted debe de conocerlo. Correcto, es una rana, y las ranas son frías cuando uno las toca pero tampoco hacen daño. El chirrido insoportable usted sabe también que son los grillos. Y los grillos son almas de Dios. Deje ver qué más... ¿Eso? Bueno, eso pudo ser un jubo, un majacito cobarde que cuando lo ve a uno sale corriendo... digo, arrastrándose; ese tiene más miedo que usted, camarada. Uuuuuh, qué ruido tan misterioso. ¿Sabe lo que es? Una lechuza. Y las lechuzas cargan con la fama de traer mala suerte pero nunca se ha sabido hayan hecho mal a ningún cristiano.
En eso estuvieron hasta que la prima Luisa se asomó por la ventana de su cuarto y les dijo:
–¿Ya acabaron de contar los bichos del monte? Pues vean si se acuestan porque mañana hay que tirarse temprano.
En el cuarto del primo Miguel y la prima Luisa, Pedro volvió a demorar muchísimo en dormirse; allí no se oían los ruidos del monte, sólo los ronquidos del primo Miguel, que estremecían las paredes.
Cada vez los días fueron pasando más y más rápido para Pedro. Las cosas que al principio le resultaban extrañas, pronto se hicieron familiares. No sólo competía con el primo Miguel a identificar los palos y los animales del monte, sino que llegó a conocer y a tratar las vacas, los toros y las ovejas por sus nombres y costumbres. El primo Miguel le enseñaba artimañas de la tierra o la crianza de los animales y Pedro le hablaba de la escuela, del cine, la televisión y otras cosas de la ciudad. La prima Luisa le dejaba a veces ⎯y–y no sin refunfuños⎯refunfuños– andar en la cocina y hasta freír los plátanos en el fogón, y Pedro a cambio le contaba historias que había leído, poniendo la voz como en las novelas que la prima Luisa oía todas las tardes en el radio de pilas. De noche estaban atentos a la pelota, conversaban o sintonizaban emisoras de Colombia, Venezuela o cualquier otro país, siempre que hablaran en español.
Mira Angélica, contar cuentos tiene esto de bueno: si a uno le da la gana, se mete dentro de la gente y les ve los pensamientos, lo que sienten, y hasta sabe más de ellos que ellos mismos. Observa, por ejemplo. Pedro no se daba cuenta de esos cambios que nosotros estamos viendo porque le estaban pasando a él y porque echaba de menos a la ciudad. Por las tardes, a veces se acostaba a leer en el cemento frío del portal y, aunque tenía los ojos sobre las líneas de letras, su pensamiento pasaba y repasaba los recuerdos de su casa, la escuela, los muchachos del barrio y Sady, tal y como la había visto la última tarde que habían jugado parchís en su cama de enfermo.
Una tarde –ya bien tarde– que venían de tirarle a las guineas en los arrozales con la escopeta calibre 12, el primo Miguel detuvo el caballo antes de llegar al establo y le dijo:
–Apéese, camarada, que le quiero enseñar una cosa.
Se bajaron ambos, dejaron el caballo suelto y el primo Miguel llevó a Pedro detrás del establo, a un terreno bastante grande y sin sembrar, que Pedro conocía bien porque había estado por allí un par de días vigilando un nido de cernícalos.
–Fíjese –dijo el primo Miguel⎯,Miguel–, esto que le voy a decir queda entre nosotros. Es un plan que tengo pensado desde hace tiempo y que se me ocurrió oyendo en el radio una noticia de Japón –hizo una pausa y extendió el brazo derecho–. ¿Usted ve que este pedazo es un poco más bajo que el resto de la finca, no? Pues estoy pensando hacer una laguna ahí.
El primo Miguel lo miró como quien explora el efecto que había causado la noticia. Pedro, la verdad, no sabía qué decir.
–Una laguna propia donde criar peces, como quien cría vacas, ovejas, gallinas. ¿Te quieres comer una biajaca? Vienes, la pescas, y ya está. Pero oiga, camarada, ¿usted se imagina lo linda que se vería una laguna aquí, llena de agua y con los peces nadando y el cará?
Pedro iba a preguntar “¿Y usted cree que eso se pueda hacer?”, pero no se atrevió. Además, debía de ser fabuloso fabricar su propia laguna y criar sus propios peces.
Durante dos días no hablaron del asunto. Luego, una noche que la prima Luisa se había acostado más temprano que de costumbre por un dolor de cabeza, Pedro preguntó:
–¿Y cómo piensa usted traer tanta agua para la laguna?
Y todos los días a partir de entonces, hicieran lo que hicieran, ambos pensaban en la laguna y por la noche, en cuanto la prima Luisa les daba un chance, discutían qué sistema usar para renovar el agua, cuáles serían las mejores especies de peces y cómo las fomentarían, qué vegetación iba a predominar en el fondo y en la superficie, si sería posible hacer un área de baño en la laguna... y así un sinfín de cosas más en las que no siempre estaban de acuerdo, pero que iban construyendo entre los dos una laguna de verdad.
En ese y otros trajines andaba Pedro cuando llegó su mamá, que venía a buscarlo. Esa noche durmió mal, lo que achacó a que su mamá se movió mucho en la cama. Al otro día, cuando ni pensaba salir el sol, desayunaron y cogieron los paquetes. En la puerta de la cocina, la prima Luisa se despidió con muchísimos abrazos y hasta dos lagrimitas. El primo Miguel se había ido antes del ordeño, así que Pedro y su mamá cogieron el trillo. Iban callados, la mamá tratando de no mojarse los pies con el rocío de la hierba y Pedro sintiendo que el nudo comenzaba otra vez a crecerle en la garganta. Ya atravesaban el palmar y...
–Oiga, camarada, ¿no se va a despedir de los amigos?
Era el primo Miguel, que venía por un costado, secándose las manos en el pantalón amarrado con una soga por encima de la barriga. Llegó hasta donde estaban ellos, le dio un beso a la mamá y se puso de rodillas ante Pedro.
–Deme un abrazo, camarada.
Pedro sintió las brazos que lo apretaban fuerte. Aprovechando que las cabezas estaban juntas, le dijo bajito: “Voy a esperar que me llames para ayudarte a hacer la laguna”. El primo Miguel se separó diciendo que sí con la cabeza. Entonces Pedro lo besó en la mejilla izquierda porque, aunque le habían dicho muchas veces que nunca debía besar a los varones, qué caramba, ahora sabía que los mayores no siempre tienen la razón.