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Los intestinos del escritor

A las tres y diez de la madrugada abro los ojos. Un nombre me da brincos dentro de la cabeza: María B, así le dicen a María Belisa, una compañera de trabajo. Pero el nombre que hacía gimnasia en mi cabeza no estaba asociado a ella, sino a la historia de un amigo que vivió dos meses aterrorizado por la noticia (falsa, eso es lo mejor, ¿o lo peor?) de que padecía Sida. ¿Qué se siente cuando uno está condenado a muerte? ¿Qué necesita? ¿Cómo ve su vida? ¿Qué ocurriría si en ese trance se encuentra con una mujer que conoció antes, una mujer especial precisamente porque le fue inaccesible y porque es completamente distinta a las demás mujeres que añoró en su vida? Me levanto y comienzo a escribir. Lo más terrible son las primeras tres oraciones. Ya está. Ahora recuerdo la charla sobre el oficio de narrar que me han pedido para presentar mi libro Tres, eran tres en el Gran Teatro del Cibao…


LOS INTESTINOS DEL NARRADOR

Cuando Marcela de Mirabal me solicitó que hablara esta noche en la tertulia sobre el oficio del narrador, experimenté sentimientos encontrados. Por una parte, me alegré pues, luego de trabajar durante años en los relatos que forman el libro Tres, eran tres, me ahorraba venir a (mal) explicarlos frente a quienes están llamados a recibirlos en su íntima comprensión, hacerlos suyos y darles sentido, tras una lectura que al menos debe aspirar a ser personal y lo más separada posible de la perspectiva del autor. Por la otra, hablar del oficio de narrar comporta temibles riesgos, y solo lo haré luego de confesar que, como escritor y hasta el día de hoy, me ha servido de muy poco escuchar a otros escritores explicar cómo escriben. Así pues, están advertidos: nada les garantiza que lo apuntado por mí esta noche aquí pueda servirles de algo.
Por lo general los escritores tendemos a cubrir nuestro oficio con una capa esotérica que, mucho me temo, es una reacción frente al cada vez menos favorable aprecio con que la sociedad nos observa. García Márquez decía ponerse un mono de mecánico para escribir; antes aún, Ernest Hemingway afirmaba escribir de pie y a mano; otros degustan bebidas raras y más o menos espirituosas o escuchan música a volúmenes diversos; etc. Antes sentía un poco de envidia frente a esos rituales extraños porque yo siempre he escrito cuando puedo y donde puedo, con una muy terrena y común disposición... hasta que me percaté de que en su enorme mayoría dichos rituales eran inventos de gente que son famosos precisamente por mentir bien. En mi vida he escrito en los horarios más disímiles y en los lugares más impropios: desde la cocina de mi casa, hasta una terminal de ómnibus cubana, que les garantizo es la más eficiente publicidad del infierno sobre la tierra.
Narrar es un oficio y, como tal, suele exigir toda la pasión del creador y toda la voluntad del estratega. Al contrario de otros géneros literarios, la narración se planifica (a veces inconscientemente) durante mucho tiempo, y se ejecuta siguiendo un programa de trabajo que puede estar más o menos claro, pero que existe siempre. Al menos en mi caso, hay mucho de impulso cuando escribo la primera versión de un relato, y mucho de cálculo cuando lo completo y corrijo, operación esta última que suele tomarme años y que ejecuto con una paciencia y una puntillosidad casi obsesiva. Sigo diciendo que no tengo por qué agregar a mi natural falta de talento los errores que provoca la premura. Además, el ejercicio de trabajar durante meses en ese primer planteo narrativo, engordándolo desde dentro, viéndolo crecer y transformarse con la aparición de situaciones, conflictos y personajes que ni me imaginé al principio, produce un placer que únicamente encuentra comparación con experiencias cuya mención no sería adecuada en un espacio público como este.
En el libro de relatos que nos ocupa hoy, “A.M.” y “Andamios” fueron escritos de un tirón, estallaron luego de una maduración que corrió por debajo de la piel y cuya duración no alcanzo a medir. “A.M.” fue resultado de mi arduo y contradictorio proceso de adaptación al medio dominicano, de mi carrera como emigrado, con toda la repercusión de desarraigo y sentido de la sobrevivencia que ese proceso suele tener. “Andamios” brotó por el rechazo, casi diría por el asco que me produjo la historia real de alguien que explotó los sentimientos de una chica dominicana para salir de Cuba. Pero tómese en cuenta que la primera versión de “A.M.” tenía apenas tres cuartillas y la que ganó en el Concurso de Casa de Teatro 2001 alcanza las veintitrés. La idea de “Tres, eran tres”, el relato que da título al libro, nació sin embargo en 1997, cuando escuché una conferencia de la historiadora Olga Portuondo sobre la Virgen de la Caridad del Cobre, Patrona de Cuba, y me propuse reinventar el mito de su mítica aparición a los tres pescadores en la Bahía de Nipe. No lo escribí hasta 2002. El primer estímulo de “La espera” es todavía más antiguo: llegó con la historia del ladrón que estuvo a punto de matar a Madrina en su casa de Palma Soriano, años antes de que naciera yo, y que escuché en las reuniones familiares desde que era niño. Luego de un primer intento a finales de los años ochenta, vine a escribirlo en 2003.
Como cualquier otro trabajador, tengo días en los que un volcán me empuja hacia el teclado de la computadora, y otros días en que me obligo a mirar hacia la pantalla y trabajar sobre las palabras, casi a disgusto. Aclarado esto, voy a responder tres simples preguntas.

1. ¿Por qué narro?

Por la rotunda necesidad de contar algo. A pesar de lo mucho que ha evolucionado la narrativa escrita hasta el día de hoy, en su esencia sigue latiendo la misma humana necesidad de contar que conoció la especie en sus ya distantes albores. El artilugio de Scherezade no ha perdido un gramo de efectividad y atracción. Solo que, al menos en mi caso, esa necesidad de contar apunta hacia mí mismo. Mientras escribo, jamás pienso en un posible lector y menos todavía en la figura del crítico. Escribo porque es la única forma que tengo de equilibrar mi interioridad con la exterioridad en la que me inserto, a través de la invención de un mundo que solo comenzó a existir después de que, como Dios, las yemas de mis dedos dieron la orden definitiva: Fiax Lux. Narrar es para mí la más aguda y enriquecedora forma de conocer al ser humano. Lo verdaderamente curioso es que, cuando me despierto en la madrugada convencido de que tengo la historia del siglo dando carreras por mis nervios, mientras voy engordando desde dentro una historia que pronto ya ni se parece a la idea inicial, cuando reviso durante años un discurso en que las palabras se van uniendo hasta hacerse inseparables, no tengo conciencia de estar queriendo decir alguna verdad. Escribo porque me divierte, porque me hace sentir auténtico.
Ahora, bien sé que el resultado de esa operación va más allá de su autor. La narración de una historia, como cualquier aprehensión artística, tiene un profundo carácter de síntesis. Hay en su discurso motivos, caracteres, emociones, conflictos, reacciones que en la vida real se encuentran diseminados, perdidos en la gesticulación y la inercia del vivir. La narrativa los encarna y los hace visibles con la rotunda convicción que tiene lo contado. Así, se trata de una operación que genera dos líneas resultantes: una hacia el autor, mediante la cual se autoafirma y explora instintivamente cuanto le rodea; y otra hacia el lector, quien puede observar ribetes de la vida y la condición humana que normalmente están ocultos. Como afirmaba Bajtin, la literatura no trabaja con formulaciones teóricas cerradas, lo hace en el laboratorio de la vida… por eso suele ver más lejos y antes que la ciencia.
Cuando escribí los relatos de Tres, eran tres solo buscaba reconocerme en lo que soy para reinventarme en la desolación del presente. Luego de emplear años trabajándolos, a veces escucho los comentarios de lectores y me pregunto: ¿cómo entró eso a la narración?, ¿y dónde estaba que yo no lo vi?

2. ¿Cómo narro?

La narración es una voz, una perspectiva, una forma de decir. Historias interesantes sobran; personajes impactantes o representativos de algo los hay por millones. No pue-do sentarme a escribir hasta que la voz no empieza a contar dentro de mí y la narración fluye como si me la estuvieran dictando desde algún lugar incógnito de mí mismo. Eso es lo que algunos escritores llama el tono. He pasado años pensando en una historia, sin que jamás llegue la voz que ha de darle vida; he despertado en la madrugada escuchando cómo una voz (esa y ninguna otra) cuenta cierta historia en la que jamás había pensado. La voz que cuenta “A.M.” estalló una madrugada, destilando la historia de un cubano “quedado” en Santo Domingo que cree haber soñado antes lo que le sucede ahora, pero no recuerda cuándo lo soñó ni cómo termina el sueño. Fue relativamente fácil contar mezclando el sociolecto de la calle cubana, el caló de los aseres, y la norma culta. Sin embargo, encontrar la voz de Ana para narrar “La espera” resultó muy difícil, no solo por su acento concentradamente femenino de ama de casa, sino sobre todo porque la perspectiva de la madre que se niega a admitir la pérdida de su único hijo en el mar durante una salida ilegal necesitaba mucho equilibrio para no hundirse en el melodrama y la cursilería.
Fueron algunos de los narradores del boom quienes entre nosotros bebieron la multiperspectividad del punto de vista en las vanguardias y supieron jugar con ella: particularmente, José Donoso y Carlos Fuentes. Yo lo recibí como una herencia doble: en la creación, del novelista José Soler Puig, el más sabio experimentador del punto de vista que haya conocido; en la teoría, de Ricardo Repilado, quien me entregó la dimensión analítica de esa práctica. Alguna vez un espiritista cubano me confesó con aprehensión: “Yo tengo una voz que me habla en la cabeza”. Pude haberle contestado que yo tengo más de una. Y mucho más: cuando entro en posesión de esa voz, disfruto tanto narrar que me hago trampas, demoro la escritura para que el placer de contar continúe al día siguiente. Pero no le dije nada para no decepcionarlo; él que había venido a explicarme su diálogo con los espíritus y esperaba de mí una demostración científica de que no es-taba loco.
Cualquier lector experimentado sabe que lo contado por la ficción no es la “realidad”, solo constituye la pobre verdad de un narrador. Los relatos de Tres, eran tres de-penden en gran medida de esa superposición de perspectivas. Si “A.M.” es narrado por un solo personaje, este se duplica entre el que está seguro de ser, y el que llega desde un sueño que no conoce ni puede controlar. “La espera” resulta de las perspectivas combinadas de Ana, su marido Manuel y un narrador en tercera persona que se acerca o se aleja de lo narrado según le convenga. En “Tres, eran tres” la narración alterna entre los tres personajes protagónicos: un pescador, un profesor de física y un escultor atrapados en medio del mar y del conflicto político que los enfrenta. En “Andamios” la voz que cuenta pasa continuamente y sin aviso ni transición de la distancia de la tercera persona a la cercanía de la primera, y viceversa.
Al final, nada es verdad y nada es mentira. Lo único cierto es la perspectiva de cada lector.

3. ¿Para qué narro?

Ya esa pregunta la respondí antes: para equilibrar el mundo, mi mundo, a través de la ficción. Para extender a los demás una plataforma que, con algo de suerte y sensibilidad, les permita avanzar un milímetro en el reconocimiento de la geografía espiritual del ser humano. Pero ahora debo confesar algo. Cuando lo escrito pasa al libro y se aleja de mí, se hace ajeno, deja de pertenecerme, entonces puedo leer mis relatos como cualquier lector despreocupado. Y es ahí que descubro una verdad que hasta ese momento se ha hurtado entre las brumas del deseo y la creación. “A.M.” deja de ser el anecdotario del emigrante que busca insertarse en su nueva sociedad y se convierte en una prueba de que los hilos de la identidad suelen estar tejidos con materiales tan poderosos como difíciles de definir. “La espera” ya no es el recuento de una tragedia, el sacrificio del hijo único, sino la confirmación de que la fe, el coraje y la voluntad son invencibles, pueden incluso derrotar a la muerte. “Tres, eran tres” nos recuerda que la Virgen de la Caridad del Cobre sigue apareciendo todos los días en el mar tumultuoso de nuestros enfrentamientos para tendernos el único espacio real de diálogo y comprensión, la cultura. “Andamios” no es más un hombre que rememora su vida mientras cae y se transforma en una prueba de que el hombre solo es capaz de encontrarse si tiene la valentía de negarse a la mentira y la doble moral.
Pero, repito, esas son apreciaciones que se abren cuando el libro impreso impone una distancia entre los relatos y yo. Antes, solo son historias que exigen ser contadas. Ahora mismo, en el instante exacto en que les leo estas palabras, mientras madrugada a madrugada escribo un relato titulado “El ombligo de María B”, únicamente puedo atender a la historia del profesor de Sociología que a los cuarenta y dos años ha sido notificado de un tumor en la cabeza, va a la universidad donde imparte clases a pedir una licencia y, en el camino hacia el temido Doctor Zouain, se encuentra (o cree encontrarse) con una muchacha que fue su vecina hace diez años.


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El ombligo de María B

Una mujer que atienda este clamor se necesita
Roque Dalton


El camino entre el decanato y el parqueo puede ser peligroso. Es difícil calcular la velocidad con que circula un chisme en una oficina, la especial astucia de estas mujeres sin cosa mejor que hacer para olerse los problemas ajenos, y nunca estaré seguro de qué perversidad esconde la sonrisita mansa y eficiente de Telma, o el cómo le va, profesor, que precisamente esta tarde entona la flaca boquitorcida que el doctor Mateo se buscó para asistente y a la que nunca le he caído ni regular. Qué mal gusto tienen los abogados para escoger a las mujeres, peor que el de los historiadores. Suena el celular. Bien decía tía Dignora: blasfema y Dios te castiga. Es Marita.
–¿Dónde estás? –la voz se escucha intermitente, cortada por un ruido insoportable, como si en el lugar desde donde me habla lloviera a ráfagas sobre un techo de zinc.
–En el decanato, te dije que venía para el decanato.
Salgo al pasillo para ahorrarle a Telma el esfuerzo de escuchar y que la flaca boquitorcida pueda ocuparse en serio de esos papeles que nadie debe haberle pedido.
–¿Fernando? No te oigo bien. Recuerda que la cita en la clínica es a las tres y quince.
Afuera hay un viento fuerte pero el mismo calor de todas las tardes. También Marita se niega a abandonar su papel de heroína de las causas perdidas.
–Sí, ya sé.
–¿Estarás bien? Si quieres, voy a buscarte…
–Estoy bien, estoy bien. Cierra, por favor, que casi no te oigo.
Atravesar la pequeña plazoleta no ofrece muchas dificultades. El viento queda atrapado entre los edificios y tiene que conformarse con batir las ramas bajas de los árboles. Produce un ambiente revoltoso, inestable, y los estudiantes pasan de prisa, apretando las laptops y los libros contra el pecho, concentrados en alcanzar algún alero protector. Los únicos que permanecen como si no hubiera mundo fuera de ellos son los marcianos, sentados en el suelo o de pie entre los bancos, formando grupos no mayores de tres o cuatro especimenes. Se les ve tan a gusto con la forma en que el viento revuelve sus mechones de pelo violeta y verde, felices de exhibir los aros que les cuelgan de las narices y orejas, realizados en la asexualidad progresiva de sus cuerpos estragados por la mariguana, que terminan identificándose con la estatua del fundador empecinado en seguir de pie al final de la plazoleta, ido del mundo, más que muerto en la bondad pastosa con que pretendieron eternizar su mirada de idiota.
La salida a la calle interior sí es una vaina distinta. En el primer recodo escandalizan los jevitos, casi unánimemente varones aunque nunca falte alguna flaca bulímica, repelada y aspirante a creativa publicitaria que, cigarrillo en mano, se zambulle con expresión orgásmica en el perfume de la gasolina y la bravuconería. Songo le dio a Borondongo. Jeans, camisas de mangas recogidas, corte de cabello prestado de la última revista de moda, los jevitos se alinean a lo largo del muro que delimita el economato y ejecutan un guión automático, sin el más mínimo fallo de bujías. Borondongo le dio a Bernabé. Como si un timer implacable los activara, cada jevito reconoce el momento de levantarse, caminar en las cercanías de su vehículo y ponderar con gestos desmesurados el último aditamento traído desde Oklahoma para alimentar el poder de su motor, el combustible especial y ultrarrápido creado por un científico cuyo nombre japonés suena realmente inteligente, el vértigo y la adrenalina que les voltean los ojos. Bernabé le pegó a Muchilanga. Las clases no se sui-cidan, se descerebran. Como sus carros, los jevitos son brillantes, lujosos, sólidos, arrogantes, impecables en la confianza con que esparcen por el mundo tanta inútil vitalidad. Con razón ya no me acuerdo a quién le dio Muchilanga.
Pero el mayor riesgo sigue siendo la violencia del viento que barre la cancha de baloncesto y sacude las copas de los árboles, la forma imprevisible en que a cada paso con-fluyen o se repelen las líneas de estos edificios entre los que he caminado desprevenido durante diez años. ¿Eran así de inmensas y enérgicas las ramas de los árboles hace veinticinco minutos? ¿Cuándo se formó ese espacio tierno donde coinciden la entrada al par-queo, el final de los campos deportivos y el fondo del edificio viejo del colegio? De principio a fin, desde el biberón hasta la computadora, las cosas insisten en alertar sobre su fragilidad pero nosotros nos la pasamos mirando hacia el único sitio que no vale la pena, hacia nosotros mismos. ¿Existirá mañana el camino al calvario de esta tarde, la triste gloria de lo que supuse ser, la humillación de hacer antesala frente a la puerta del decano, un carajo que caga, mea y suda igual que yo, pero ante el que debo poner cara de sufrimiento para que me apruebe la maldita licencia médica?
Por suerte, el parqueo es un ámbito más acogedor, deja menos espacio para la sorpresa. El estremecimiento especial que produce una puerta al ser cerrada. El Nancy, si vas a la cafetería cómprame un Gatorade que grita de esquina a esquina una gordita ojerosa. El objeto verde y no bien identificado que el bedel recoge con rapidez del piso. El motor que tartamudea con duda casi humana antes de ponerse en marcha. Lo mejor es dispersarse en los detalles, cumplir el principio de no desear las cosas para que se cumplan. Nadie tendrá necesariamente que distraerme esta tarde. No aparecerá un estudiante disgustado por la nota del último parcial. La muchacha que alguna vez estuvo en mi aula y todavía le gusta sentir de vez en cuando el escozor de mi mirada sobre sus tetas habrá amanecido hoy con el biorritmo en baja y prefiere no saludar a ese profesor que se las da de muy simpático. El guachimán del rectorado se rompe la cabeza pensando de dónde va a sacar los cuartos para el dentista del hijo y no está de humor para andar provocando mi opinión acerca de los últimos cambios hechos por el presidente en el tren de gobierno. La chica de ajustados pantalones color naranja ha decidido echar los volantes publicitarios a la basura porque ya no puede más con el dolor en las piernas. No hay que ceder a la tentación de acusar al mundo por permanecer indiferente a la forma en que mi Mitsubishi blanco se acerca cada vez más, al gesto ridículamente altanero con que desactivo la alarma, a la mano semejante a mi mano que hala la manigueta…
–¿¡Señor Iturralde!?
La muchacha estrangula una cartera mamey debajo del brazo izquierdo y ofrece una sonrisa abrillantada por la sorpresa. Tengo una memoria a prueba de mandarriazos. Recuerdo la primera clase que di hace nueve años y siete meses en el tercer piso del edificio tres de esta universidad, la extraña forma en que los estudiantes se apiñaban hacia el ala derecha del aula, las oraciones en inglés que habían quedado escritas en la pizarra, seguramente de la clase anterior, love is more important than money, but less urgent. Recuerdo el olor a ratón mezclado con desodorante que se respiraba en la cabina donde hice mi primer programa de radio, en La Poderosa de Baní, hace más de quince años; aquel ambiente asqueroso y cálido que preñaba las palabras de significado, las hacía sonar redondas, perfectas como nunca antes o en ningún otro lugar. Recuerdo la resignación en los ojos siempre cansados de tía Dignora cuando me quitó el libro de las manos y se lamentó ante Dios, nuestro señor todopoderoso que está en los cielos, porque les había hecho el poco favor de mandarles un carajito malogrado, al que definitivamente no le iba a gustar el trabajo. Eso fue en la casa de los abuelos, en Salinas, tendría yo diez años como mucho, y estaba fascinado por la forma en que pronunciaba la letra te un pescador flaco que cantaba mientras ponía carnadas en un mazo de anzuelos seguramente más pequeño de lo que me pareció entonces. Recuerdo a la muchacha casi adolescente que bajaba o subía las escaleras desde o hacia el tercer piso, el saludo amable que era al mismo tiempo una declaración de límites, su jeans y su blusita comprados en la pulga aunque ejemplarmente limpios y planchados. Ahora debe estar en los treinta y pesa unas diez libras más, pero es la misma muchacha delgada, de modales atenuados que –y justo en este momento me doy cuenta– no recuerdo haber visto maquillada antes ni una sola vez.
–Vaya, hola. ¡Qué sorpresa!
–¿Se acuerda de mí?



Fragmento...


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