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A las tres y diez de la madrugada abro los ojos. Un nombre me da brincos dentro de la cabeza: María B, así le dicen a María Belisa, una compañera de trabajo. Pero el nombre que hacía gimnasia en mi cabeza no estaba asociado a ella, sino a la historia de un amigo que vivió dos meses aterrorizado por la noticia (falsa, eso es lo mejor, ¿o lo peor?) de que padecía Sida. ¿Qué se siente cuando uno está condenado a muerte? ¿Qué necesita? ¿Cómo ve su vida? ¿Qué ocurriría si en ese trance se encuentra con una mujer que conoció antes, una mujer especial precisamente porque le fue inaccesible y porque es completamente distinta a las demás mujeres que añoró en su vida? Me levanto y comienzo a escribir. Lo más terrible son las primeras tres oraciones. Ya está. Ahora recuerdo la charla sobre el oficio de narrar que me han pedido para presentar mi libro Tres, eran tres en el Gran Teatro del Cibao…


LOS INTESTINOS DEL NARRADOR

Cuando Marcela de Mirabal me solicitó que hablara esta noche en la tertulia sobre el oficio del narrador, experimenté sentimientos encontrados. Por una parte, me alegré pues, luego de trabajar durante años en los relatos que forman el libro Tres, eran tres, me ahorraba venir a (mal) explicarlos frente a quienes están llamados a recibirlos en su íntima comprensión, hacerlos suyos y darles sentido, tras una lectura que al menos debe aspirar a ser personal y lo más separada posible de la perspectiva del autor. Por la otra, hablar del oficio de narrar comporta temibles riesgos, y solo lo haré luego de confesar que, como escritor y hasta el día de hoy, me ha servido de muy poco escuchar a otros escritores explicar cómo escriben. Así pues, están advertidos: nada les garantiza que lo apuntado por mí esta noche aquí pueda servirles de algo.
Por lo general los escritores tendemos a cubrir nuestro oficio con una capa esotérica que, mucho me temo, es una reacción frente al cada vez menos favorable aprecio con que la sociedad nos observa. García Márquez decía ponerse un mono de mecánico para escribir; antes aún, Ernest Hemingway afirmaba escribir de pie y a mano; otros degustan bebidas raras y más o menos espirituosas o escuchan música a volúmenes diversos; etc. Antes sentía un poco de envidia frente a esos rituales extraños porque yo siempre he escrito cuando puedo y donde puedo, con una muy terrena y común disposición... hasta que me percaté de que en su enorme mayoría dichos rituales eran inventos de gente que son famosos precisamente por mentir bien. En mi vida he escrito en los horarios más disímiles y en los lugares más impropios: desde la cocina de mi casa, hasta una terminal de ómnibus cubana, que les garantizo es la más eficiente publicidad del infierno sobre la tierra.
Narrar es un oficio y, como tal, suele exigir toda la pasión del creador y toda la voluntad del estratega. Al contrario de otros géneros literarios, la narración se planifica (a veces inconscientemente) durante mucho tiempo, y se ejecuta siguiendo un programa de trabajo que puede estar más o menos claro, pero que existe siempre. Al menos en mi caso, hay mucho de impulso cuando escribo la primera versión de un relato, y mucho de cálculo cuando lo completo y corrijo, operación esta última que suele tomarme años y que ejecuto con una paciencia y una puntillosidad casi obsesiva. Sigo diciendo que no tengo por qué agregar a mi natural falta de talento los errores que provoca la premura. Además, el ejercicio de trabajar durante meses en ese primer planteo narrativo, engordándolo desde dentro, viéndolo crecer y transformarse con la aparición de situaciones, conflictos y personajes que ni me imaginé al principio, produce un placer que únicamente encuentra comparación con experiencias cuya mención no sería adecuada en un espacio público como este.
En el libro de relatos que nos ocupa hoy, “A.M.” y “Andamios” fueron escritos de un tirón, estallaron luego de una maduración que corrió por debajo de la piel y cuya duración no alcanzo a medir. “A.M.” fue resultado de mi arduo y contradictorio proceso de adaptación al medio dominicano, de mi carrera como emigrado, con toda la repercusión de desarraigo y sentido de la sobrevivencia que ese proceso suele tener. “Andamios” brotó por el rechazo, casi diría por el asco que me produjo la historia real de alguien que explotó los sentimientos de una chica dominicana para salir de Cuba. Pero tómese en cuenta que la primera versión de “A.M.” tenía apenas tres cuartillas y la que ganó en el Concurso de Casa de Teatro 2001 alcanza las veintitrés. La idea de “Tres, eran tres”, el relato que da título al libro, nació sin embargo en 1997, cuando escuché una conferencia de la historiadora Olga Portuondo sobre la Virgen de la Caridad del Cobre, Patrona de Cuba, y me propuse reinventar el mito de su mítica aparición a los tres pescadores en la Bahía de Nipe. No lo escribí hasta 2002. El primer estímulo de “La espera” es todavía más antiguo: llegó con la historia del ladrón que estuvo a punto de matar a Madrina en su casa de Palma Soriano, años antes de que naciera yo, y que escuché en las reuniones familiares desde que era niño. Luego de un primer intento a finales de los años ochenta, vine a escribirlo en 2003.
Como cualquier otro trabajador, tengo días en los que un volcán me empuja hacia el teclado de la computadora, y otros días en que me obligo a mirar hacia la pantalla y trabajar sobre las palabras, casi a disgusto. Aclarado esto, voy a responder tres simples preguntas.

1. ¿Por qué narro?

Por la rotunda necesidad de contar algo. A pesar de lo mucho que ha evolucionado la narrativa escrita hasta el día de hoy, en su esencia sigue latiendo la misma humana necesidad de contar que conoció la especie en sus ya distantes albores. El artilugio de Scherezade no ha perdido un gramo de efectividad y atracción. Solo que, al menos en mi caso, esa necesidad de contar apunta hacia mí mismo. Mientras escribo, jamás pienso en un posible lector y menos todavía en la figura del crítico. Escribo porque es la única forma que tengo de equilibrar mi interioridad con la exterioridad en la que me inserto, a través de la invención de un mundo que solo comenzó a existir después de que, como Dios, las yemas de mis dedos dieron la orden definitiva: Fiax Lux. Narrar es para mí la más aguda y enriquecedora forma de conocer al ser humano. Lo verdaderamente curioso es que, cuando me despierto en la madrugada convencido de que tengo la historia del siglo dando carreras por mis nervios, mientras voy engordando desde dentro una historia que pronto ya ni se parece a la idea inicial, cuando reviso durante años un discurso en que las palabras se van uniendo hasta hacerse inseparables, no tengo conciencia de estar queriendo decir alguna verdad. Escribo porque me divierte, porque me hace sentir auténtico.
Ahora, bien sé que el resultado de esa operación va más allá de su autor. La narración de una historia, como cualquier aprehensión artística, tiene un profundo carácter de síntesis. Hay en su discurso motivos, caracteres, emociones, conflictos, reacciones que en la vida real se encuentran diseminados, perdidos en la gesticulación y la inercia del vivir. La narrativa los encarna y los hace visibles con la rotunda convicción que tiene lo contado. Así, se trata de una operación que genera dos líneas resultantes: una hacia el autor, mediante la cual se autoafirma y explora instintivamente cuanto le rodea; y otra hacia el lector, quien puede observar ribetes de la vida y la condición humana que normalmente están ocultos. Como afirmaba Bajtin, la literatura no trabaja con formulaciones teóricas cerradas, lo hace en el laboratorio de la vida… por eso suele ver más lejos y antes que la ciencia.
Cuando escribí los relatos de Tres, eran tres solo buscaba reconocerme en lo que soy para reinventarme en la desolación del presente. Luego de emplear años trabajándolos, a veces escucho los comentarios de lectores y me pregunto: ¿cómo entró eso a la narración?, ¿y dónde estaba que yo no lo vi?

2. ¿Cómo narro?

La narración es una voz, una perspectiva, una forma de decir. Historias interesantes sobran; personajes impactantes o representativos de algo los hay por millones. No pue-do sentarme a escribir hasta que la voz no empieza a contar dentro de mí y la narración fluye como si me la estuvieran dictando desde algún lugar incógnito de mí mismo. Eso es lo que algunos escritores llama el tono. He pasado años pensando en una historia, sin que jamás llegue la voz que ha de darle vida; he despertado en la madrugada escuchando cómo una voz (esa y ninguna otra) cuenta cierta historia en la que jamás había pensado. La voz que cuenta “A.M.” estalló una madrugada, destilando la historia de un cubano “quedado” en Santo Domingo que cree haber soñado antes lo que le sucede ahora, pero no recuerda cuándo lo soñó ni cómo termina el sueño. Fue relativamente fácil contar mezclando el sociolecto de la calle cubana, el caló de los aseres, y la norma culta. Sin embargo, encontrar la voz de Ana para narrar “La espera” resultó muy difícil, no solo por su acento concentradamente femenino de ama de casa, sino sobre todo porque la perspectiva de la madre que se niega a admitir la pérdida de su único hijo en el mar durante una salida ilegal necesitaba mucho equilibrio para no hundirse en el melodrama y la cursilería.
Fueron algunos de los narradores del boom quienes entre nosotros bebieron la multiperspectividad del punto de vista en las vanguardias y supieron jugar con ella: particularmente, José Donoso y Carlos Fuentes. Yo lo recibí como una herencia doble: en la creación, del novelista José Soler Puig, el más sabio experimentador del punto de vista que haya conocido; en la teoría, de Ricardo Repilado, quien me entregó la dimensión analítica de esa práctica. Alguna vez un espiritista cubano me confesó con aprehensión: “Yo tengo una voz que me habla en la cabeza”. Pude haberle contestado que yo tengo más de una. Y mucho más: cuando entro en posesión de esa voz, disfruto tanto narrar que me hago trampas, demoro la escritura para que el placer de contar continúe al día siguiente. Pero no le dije nada para no decepcionarlo; él que había venido a explicarme su diálogo con los espíritus y esperaba de mí una demostración científica de que no es-taba loco.
Cualquier lector experimentado sabe que lo contado por la ficción no es la “realidad”, solo constituye la pobre verdad de un narrador. Los relatos de Tres, eran tres de-penden en gran medida de esa superposición de perspectivas. Si “A.M.” es narrado por un solo personaje, este se duplica entre el que está seguro de ser, y el que llega desde un sueño que no conoce ni puede controlar. “La espera” resulta de las perspectivas combinadas de Ana, su marido Manuel y un narrador en tercera persona que se acerca o se aleja de lo narrado según le convenga. En “Tres, eran tres” la narración alterna entre los tres personajes protagónicos: un pescador, un profesor de física y un escultor atrapados en medio del mar y del conflicto político que los enfrenta. En “Andamios” la voz que cuenta pasa continuamente y sin aviso ni transición de la distancia de la tercera persona a la cercanía de la primera, y viceversa.
Al final, nada es verdad y nada es mentira. Lo único cierto es la perspectiva de cada lector.

3. ¿Para qué narro?

Ya esa pregunta la respondí antes: para equilibrar el mundo, mi mundo, a través de la ficción. Para extender a los demás una plataforma que, con algo de suerte y sensibilidad, les permita avanzar un milímetro en el reconocimiento de la geografía espiritual del ser humano. Pero ahora debo confesar algo. Cuando lo escrito pasa al libro y se aleja de mí, se hace ajeno, deja de pertenecerme, entonces puedo leer mis relatos como cualquier lector despreocupado. Y es ahí que descubro una verdad que hasta ese momento se ha hurtado entre las brumas del deseo y la creación. “A.M.” deja de ser el anecdotario del emigrante que busca insertarse en su nueva sociedad y se convierte en una prueba de que los hilos de la identidad suelen estar tejidos con materiales tan poderosos como difíciles de definir. “La espera” ya no es el recuento de una tragedia, el sacrificio del hijo único, sino la confirmación de que la fe, el coraje y la voluntad son invencibles, pueden incluso derrotar a la muerte. “Tres, eran tres” nos recuerda que la Virgen de la Caridad del Cobre sigue apareciendo todos los días en el mar tumultuoso de nuestros enfrentamientos para tendernos el único espacio real de diálogo y comprensión, la cultura. “Andamios” no es más un hombre que rememora su vida mientras cae y se transforma en una prueba de que el hombre solo es capaz de encontrarse si tiene la valentía de negarse a la mentira y la doble moral.
Pero, repito, esas son apreciaciones que se abren cuando el libro impreso impone una distancia entre los relatos y yo. Antes, solo son historias que exigen ser contadas. Ahora mismo, en el instante exacto en que les leo estas palabras, mientras madrugada a madrugada escribo un relato titulado “El ombligo de María B”, únicamente puedo atender a la historia del profesor de Sociología que a los cuarenta y dos años ha sido notificado de un tumor en la cabeza, va a la universidad donde imparte clases a pedir una licencia y, en el camino hacia el temido Doctor Zouain, se encuentra (o cree encontrarse) con una muchacha que fue su vecina hace diez años.


___

El ombligo de María B

Una mujer que atienda este clamor se necesita
Roque Dalton


El camino entre el decanato y el parqueo puede ser peligroso. Es difícil calcular la velocidad con que circula un chisme en una oficina, la especial astucia de estas mujeres sin cosa mejor que hacer para olerse los problemas ajenos, y nunca estaré seguro de qué perversidad esconde la sonrisita mansa y eficiente de Telma, o el cómo le va, profesor, que precisamente esta tarde entona la flaca boquitorcida que el doctor Mateo se buscó para asistente y a la que nunca le he caído ni regular. Qué mal gusto tienen los abogados para escoger a las mujeres, peor que el de los historiadores. Suena el celular. Bien decía tía Dignora: blasfema y Dios te castiga. Es Marita.
–¿Dónde estás? –la voz se escucha intermitente, cortada por un ruido insoportable, como si en el lugar desde donde me habla lloviera a ráfagas sobre un techo de zinc.
–En el decanato, te dije que venía para el decanato.
Salgo al pasillo para ahorrarle a Telma el esfuerzo de escuchar y que la flaca boquitorcida pueda ocuparse en serio de esos papeles que nadie debe haberle pedido.
–¿Fernando? No te oigo bien. Recuerda que la cita en la clínica es a las tres y quince.
Afuera hay un viento fuerte pero el mismo calor de todas las tardes. También Marita se niega a abandonar su papel de heroína de las causas perdidas.
–Sí, ya sé.
–¿Estarás bien? Si quieres, voy a buscarte…
–Estoy bien, estoy bien. Cierra, por favor, que casi no te oigo.
Atravesar la pequeña plazoleta no ofrece muchas dificultades. El viento queda atrapado entre los edificios y tiene que conformarse con batir las ramas bajas de los árboles. Produce un ambiente revoltoso, inestable, y los estudiantes pasan de prisa, apretando las laptops y los libros contra el pecho, concentrados en alcanzar algún alero protector. Los únicos que permanecen como si no hubiera mundo fuera de ellos son los marcianos, sentados en el suelo o de pie entre los bancos, formando grupos no mayores de tres o cuatro especimenes. Se les ve tan a gusto con la forma en que el viento revuelve sus mechones de pelo violeta y verde, felices de exhibir los aros que les cuelgan de las narices y orejas, realizados en la asexualidad progresiva de sus cuerpos estragados por la mariguana, que terminan identificándose con la estatua del fundador empecinado en seguir de pie al final de la plazoleta, ido del mundo, más que muerto en la bondad pastosa con que pretendieron eternizar su mirada de idiota.
La salida a la calle interior sí es una vaina distinta. En el primer recodo escandalizan los jevitos, casi unánimemente varones aunque nunca falte alguna flaca bulímica, repelada y aspirante a creativa publicitaria que, cigarrillo en mano, se zambulle con expresión orgásmica en el perfume de la gasolina y la bravuconería. Songo le dio a Borondongo. Jeans, camisas de mangas recogidas, corte de cabello prestado de la última revista de moda, los jevitos se alinean a lo largo del muro que delimita el economato y ejecutan un guión automático, sin el más mínimo fallo de bujías. Borondongo le dio a Bernabé. Como si un timer implacable los activara, cada jevito reconoce el momento de levantarse, caminar en las cercanías de su vehículo y ponderar con gestos desmesurados el último aditamento traído desde Oklahoma para alimentar el poder de su motor, el combustible especial y ultrarrápido creado por un científico cuyo nombre japonés suena realmente inteligente, el vértigo y la adrenalina que les voltean los ojos. Bernabé le pegó a Muchilanga. Las clases no se sui-cidan, se descerebran. Como sus carros, los jevitos son brillantes, lujosos, sólidos, arrogantes, impecables en la confianza con que esparcen por el mundo tanta inútil vitalidad. Con razón ya no me acuerdo a quién le dio Muchilanga.
Pero el mayor riesgo sigue siendo la violencia del viento que barre la cancha de baloncesto y sacude las copas de los árboles, la forma imprevisible en que a cada paso con-fluyen o se repelen las líneas de estos edificios entre los que he caminado desprevenido durante diez años. ¿Eran así de inmensas y enérgicas las ramas de los árboles hace veinticinco minutos? ¿Cuándo se formó ese espacio tierno donde coinciden la entrada al par-queo, el final de los campos deportivos y el fondo del edificio viejo del colegio? De principio a fin, desde el biberón hasta la computadora, las cosas insisten en alertar sobre su fragilidad pero nosotros nos la pasamos mirando hacia el único sitio que no vale la pena, hacia nosotros mismos. ¿Existirá mañana el camino al calvario de esta tarde, la triste gloria de lo que supuse ser, la humillación de hacer antesala frente a la puerta del decano, un carajo que caga, mea y suda igual que yo, pero ante el que debo poner cara de sufrimiento para que me apruebe la maldita licencia médica?
Por suerte, el parqueo es un ámbito más acogedor, deja menos espacio para la sorpresa. El estremecimiento especial que produce una puerta al ser cerrada. El Nancy, si vas a la cafetería cómprame un Gatorade que grita de esquina a esquina una gordita ojerosa. El objeto verde y no bien identificado que el bedel recoge con rapidez del piso. El motor que tartamudea con duda casi humana antes de ponerse en marcha. Lo mejor es dispersarse en los detalles, cumplir el principio de no desear las cosas para que se cumplan. Nadie tendrá necesariamente que distraerme esta tarde. No aparecerá un estudiante disgustado por la nota del último parcial. La muchacha que alguna vez estuvo en mi aula y todavía le gusta sentir de vez en cuando el escozor de mi mirada sobre sus tetas habrá amanecido hoy con el biorritmo en baja y prefiere no saludar a ese profesor que se las da de muy simpático. El guachimán del rectorado se rompe la cabeza pensando de dónde va a sacar los cuartos para el dentista del hijo y no está de humor para andar provocando mi opinión acerca de los últimos cambios hechos por el presidente en el tren de gobierno. La chica de ajustados pantalones color naranja ha decidido echar los volantes publicitarios a la basura porque ya no puede más con el dolor en las piernas. No hay que ceder a la tentación de acusar al mundo por permanecer indiferente a la forma en que mi Mitsubishi blanco se acerca cada vez más, al gesto ridículamente altanero con que desactivo la alarma, a la mano semejante a mi mano que hala la manigueta…
–¿¡Señor Iturralde!?
La muchacha estrangula una cartera mamey debajo del brazo izquierdo y ofrece una sonrisa abrillantada por la sorpresa. Tengo una memoria a prueba de mandarriazos. Recuerdo la primera clase que di hace nueve años y siete meses en el tercer piso del edificio tres de esta universidad, la extraña forma en que los estudiantes se apiñaban hacia el ala derecha del aula, las oraciones en inglés que habían quedado escritas en la pizarra, seguramente de la clase anterior, love is more important than money, but less urgent. Recuerdo el olor a ratón mezclado con desodorante que se respiraba en la cabina donde hice mi primer programa de radio, en La Poderosa de Baní, hace más de quince años; aquel ambiente asqueroso y cálido que preñaba las palabras de significado, las hacía sonar redondas, perfectas como nunca antes o en ningún otro lugar. Recuerdo la resignación en los ojos siempre cansados de tía Dignora cuando me quitó el libro de las manos y se lamentó ante Dios, nuestro señor todopoderoso que está en los cielos, porque les había hecho el poco favor de mandarles un carajito malogrado, al que definitivamente no le iba a gustar el trabajo. Eso fue en la casa de los abuelos, en Salinas, tendría yo diez años como mucho, y estaba fascinado por la forma en que pronunciaba la letra te un pescador flaco que cantaba mientras ponía carnadas en un mazo de anzuelos seguramente más pequeño de lo que me pareció entonces. Recuerdo a la muchacha casi adolescente que bajaba o subía las escaleras desde o hacia el tercer piso, el saludo amable que era al mismo tiempo una declaración de límites, su jeans y su blusita comprados en la pulga aunque ejemplarmente limpios y planchados. Ahora debe estar en los treinta y pesa unas diez libras más, pero es la misma muchacha delgada, de modales atenuados que –y justo en este momento me doy cuenta– no recuerdo haber visto maquillada antes ni una sola vez.
–Vaya, hola. ¡Qué sorpresa!
–¿Se acuerda de mí?

Hasta aquí rindió la madrugada… ¿qué pasará a partir de este momento? ¿Adónde conducirá este encuentro? Eso es asunto de la próxima madrugada. ¿Te animas a echarme una manito?

Y entonces viene este amigo y me envía el emilio, así sin Novocaína, como si estuviese de frente a un dentista sádico; y yo le replico que tal y cual, que si esto y lo de más allá, y me excuso con la consabida del estilo, que si tú tienes otro y yo soy menos radical, más cuadrado, más pendejo y le reafirmo que: ¡caramba!, qué difícil me la pusiste flaco, o acaso no sabes cuánto me joden las madrugadas, lo mío es atacar la trama de mañana, pero no puedo evadirlo a pesar que saco el capote de Antonio Barrera en el festival de Aste Nagusia en el Bilbao de mi abuelo, enano con cojones que aguantó las bombas de la Legión Cóndor en Guernika con K Euskera, pues el carnal, el flaco, no mi abuelo, es muy ladino y me empuja hacia algo que a fin de cuentas en sano, es bueno para olvidar mis líos, mis embrollos y mis penas, y así, de repente, la Poderosa de Baní, me remite a la poderosa Radio Guarachita como eje obligado de todo carro público de marca Austin o Morris, cuando la avenida Independencia era de dos vías y el pasaje caro era de una peseta, según si pasabas la frontera de la Feria o te quedabas en el Read-Cabral, y a otra chica de las mismas, las de siempre, las que nunca faltan ni sobran, casi adolescente, teticas de perra sata con camada aún tibia, la costura de los vaqueros incrustados en la pata de camello separando el Mar Rojo cual exiliado del gremio de canteras Egipto S.A., y la blusita hippie comprada en otro pulguero, el de la calle Duarte con París, el original, lejos de la farmacia de Miguelito Miguel donde había que ir asfixiado a comprar el Ambenyl expectorante para el asma que me adosaban los lácteos sin saberlo, y tampoco me acuerdo haberla visto maquillada, aunque sí colorada después de pegarse de la botella de Faisca que comprábamos en el Dominicano y después nos subíamos al tercer piso del cine Leonor, a dar película no a verla, a comer pistachos teñidos de un fuschia maricón que dejaba los calzoncillos y las braguitas de algodón listas para botar antes de llegar a la casa, y los dedos fragantes a berenjena ahumada, a pesar de todo, a pesar de esto y aquello, a pesar de nada y a pesar la yuca en el peso ladrón del colmado y remitirme a los bolones y las bolas de piña, a los batazos sobre los pinos del solar de los Pellerano, a querer ser grande y luego pequeño, porque ser grande es mucha responsabilidad, y yo todo lo que quiero es meterme el pulgar en la boca y mamar, mamar de aquel pezón, regurguritar y convertirme en feto cabezón y olvidar de una vez por todas que la luz debe de hacerse, porque lo dijo otro barbudo sobre la verja del paraíso armenio, no en Sierra maestra, y grito, grito como un cabrón con ganas de ahorcar al más bonito, al primero que pase y mejor que sea un hijo de puta de esos que se roban el país con una sonrisa de poster y vuelven y vuelven palante y patrás o de lado como el cangrejo, a ver si por algo patriótico de una vez por todas me pegan un tiro y sale lafoto de mi cédula en las necrológicas y de paso meto a uno, por lo menos a uno de tantos malhechores en la cárcel aunque sea por tres días o un mes antes de que un picapleitos invoque el derecho a la legítima defensa. Pero no, a fin de cuentas respiro profundo, vuelvo a tierra y muy decente le pregunto: –¿Estás seguro que quieres que te eche una manito, flaco?Más de lo que ella puede suponer y yo mismo tenía conciencia. Su nariz sigue siendo algo tosca, sus labios gruesos y dibujados un poco confusamente, sus cejas muy pobladas, y la frente estrecha arranca sobre unos ojos de color indefinible y se pierde en un pelo grueso y mal recogido, que el tinte castaño ayuda a vulgarizar. No hay en todo el cuerpo visible un lunar, una mancha, alguna cicatriz que le dé particular acento individual. Nada ha cambiado en ella. Tampoco el brillo de una expresión que es confiada y suspicaz, suave y voluntariosa al mismo tiempo; una mirada que no permite detectar el punto justo donde desaparece la jabaíta ordinaria y comienza una belleza rústica, primaria, demasiado complicada como para que uno la pueda describir por sus detalles.Una tarde de sábado, mientras armábamos la mesa del dominó en el colmado, se la mostré a Pablo con esa seña cómplice del tigueraje y la malicia que es en este país proyectar los labios hacia la mujer que pasa. El viejo examinó la calle, primero a la izquierda, después a la derecha; caminó hasta el bordillo e hizo visera con la mano sobre la frente, como si debiera proteger sus ojos de la más hiriente desolación. Por fin, cuando ya no podía mantener un segundo más su teatro, se dignó descubrir la muchacha a punto de desaparecer en la esquina. Se viró hacia mí con sus ojos enrojecidos por el romo, achinados por los años y maliciosos por ambas cosas:–Pero venga acá, licenciado. ¡Ese pescaíto no sirve ni pa’ carná!–Vamos, Pablo. No me negarás que tiene un culo duro y salpicón…Pablo volcó las fichas del dominó sobre la mesa:–¿Sabe por qué le gusta, licenciado? Porque no le da bola. No es la caraja quien lo pone zarandico, sino lo seriecita que anda siempre, con su marido pa’ toas partes. Eso me pasó a mí en el cincuenta y tres o el cincuenta y cuatro con una negrita que limpiaba los pisos en el correo. ¿Ya le conté que yo era el que revisaba las cartas en el correo cuando la dictadura?Mil veces, cada sábado que bajé a jugar dominó en el colmado, siempre después de embaularse la tercera botella de clorito. Por suerte no estamos en la dictadura, Pablo debe haberse muerto con el hígado reventado hace rato y la muchacha aún me sonríe en el parqueo de la universidad. No ha hecho por acercarse y darme la mano, algo que le agradezco. Sonríe suave, un poco con recato y otro poco con una presentida –o no sé hasta qué punto imaginada– picardía.–Vaya, hacía mucho que no te veía. Y tu esposo, ¿cómo está?–¿Ignacio? Bien, en lo de siempre. Yo sí lo veo a usted casi todas las semanas en la televisión.–Ah, claro. ¿Y qué haces por aquí? ¿Todavía viven en el mismo lugar?–No, qué va. Nos mudamos del barrio como dos años después que usted se fue. A la que sí veo a cada rato allá en Baní es a doña Karla.No ha dicho la que era su esposa. Quedo suponiendo el comentario que también calla. Su voz diciendo con una punta de vergüenza ya no es la misma, o ahora anda con otro tipo de gente, o fue una suerte que no tuvieran hijos… Pero ella, la real en el parqueo, sigue sonriendo y mirándome a los ojos, como si estuviera inmunizada contra la perfidia del mundo o respirara un oxígeno más liviano y transparente que el resto de los mortales. –Me ofrecieron un trabajo en la capital, pero tengo hasta el lunes para entregar el certificado de un curso y la universidad no lo tendrá listo hasta el viernes de la semana próxima.No está pidiendo nada. Como para eliminar cualquier duda, hace un gesto de conformidad con los hombros:–Ya me han dicho dos veces que no, pero yo me llevo ese papel hoy aunque tenga que hablar con el rector.¿Qué se puede perder? Nadie me está esperando para decretar la igualdad de género en el mundo musulmán o para dar la orden de levantar nuevamente el muro de Berlín. Solo tengo que escoger entre subir al carro y entregarme en cuerpo y alma a los médicos o subir los tres pisos del rectorado, empujar la puerta de Estudios Continuados, recordarle a Jenny que Cleopatra habría sido emperatriz de toda la galaxia si hubiera enseñado la rabadilla de manera tan desaprensiva, hacer que entre a la oficina de su jefa y le diga que para el mes próximo estoy preparando un programa sobre la universidad y los nuevos retos sociales, por lo que me gustaría contar con su presencia y doctoral sabiduría frente a las cámaras. Fácil, ¿no? A fin de cuentas, todo es subir.–Por cierto, doctora Lantigua, una sobrina mía de Baní necesita una certificación…La doctora Lantigua tiene los buches tan grandes que hace mucho su barbilla pereció en el mar de la grasa y sus labios, finísimos de tan estirados, destilan un ácido cruel, letal. Dios sabe lo que está pasando en este mismo momento por su cerebro encharcado de colesterol, pero en compensación tampoco yo le digo que su oficina huele a dolor de cabeza y a mentol, ni que el mencionado mes próximo puede estar mucho más lejos de lo que ella se imagina… puede no existir incluso:–Mi productora la llamará para precisarle la fecha del programa y ver los detalles de su intervención, ¿le parece bien?La versión morena de Moby Dick recibe el papel que le entrega Jenny, lo firma, lo sella y me lo pasa:–Aquí tiene, profesor. Por cierto, su hermana debe de ser mucho mayor que usted o tuvo hijos cuando era todavía un bebé…Hago un amago de sonrisa. Peor sería que me tuviera lástima o que yo estuviera obligado a poner la cara de cumpleaños con que Jenny festeja el sarcasmo de su jefa.Ella me espera en la cafetería con un vaso de té frío delante. Intuyo una relación intensa entre el color reposado del té, sus ojos indefinibles y la satisfacción cálida, casi de niña grande, con que lee el papel en silencio, ajena al escándalo de los estudiantes que conversan a gritos, intocada por los ventiladores que desde el techo mezclan y esparcen los tibios olores a grasa y freidura.–No sé cómo agradecerle, la verdad. En los años que fuimos vecinos, siempre le comentaba a Ignacio que usted me parecía una gran persona. Haberlo encontrado hoy, des-pués de tanto tiempo, fue obra de Dios.Soy yo quien le agradece que su sentido del límite me ahorre lo mucho que lamentaron mi divorcio de Karla y lo mal que se sintieron con la infinidad de chismes que circularon por el barrio después que me fui. En cuanto a esta tarde, puede que el guión de Dios sea un poco más complicado de lo que ella supone.–¿Ya tienes dónde vivir en la capital?–Estoy durmiendo donde una prima que vive en San Cristóbal. Tengo palabreado un apartamento, pero no he podido firmar el contrato de alquiler porque necesito un garante solidario. De eso quiero ocuparme…De cualquier forma, tiene razón: hoy Dios está particularmente atento. Suena el celular. Es Marita:–Fernando, ¿qué haces?–En la universidad, ya te dije.–¡Pero son las tres! El doctor Zouain llegó y en cualquier momento va a preguntarme por ti.–Qué quieres que haga, todavía no he visto al decano.–No te oigo bien. ¿Qué pasó con el decano?–Nada, después te explico.Y cierro. Ella busca algo en la agenda de su celular, probablemente la mejor forma que encontró de no parecer atenta a mi llamada. Su barbilla gacha apunta hacia el botón superior de la blusa, suelto, el nacimiento de la trocha que se interrumpe allí donde la piel es más clara, en el arranque de unos senos que siguen siendo pequeños, indudablemente a salvo todavía de la depredación de los hijos y de la forma en que Pablo dejaba la ficha en el aire, se quedaba viéndome al otro lado de la mesa con cara de desastre para que yo –y nadie más que yo– supiera por su expresión que ella acababa de entrar al colmado. Alexander no demoraba en quejarse:–Si se van a hacer señas, mejor jugamos con las fichas descubiertas.Pablo agrandaba los ojos, un ejercicio bastante arduo si tomamos en cuenta las arrugas de los años y la cantidad de romo que para esa hora del día circulaba por su organismo:–Mira, baracutey, aunque vayas a las estrellas en una caja de zapatos y traigas a San Pedro agarrado por la barba, dentro de dos jugadas te voy a trancar la mano con tres tantos. Y sabes por qué no te doy zapatero… porque acá el licenciado está tan ido del mundo que mira las tetas de una chiva y sale corriendo a decir que vio una novilla.Eso era pedirle demasiado al cerebro de Alexander, que desde hacía mucho había zozobrado en las marejadas difusas del alcohol:–¿Una chiva? ¿Cuál chiva?–¿No te enteraste del chisme, baracutey? Acá el licenciado tiene una chiva en su edificio –Pablo sacaba una lengua enorme, puntiaguda y blancuzca, un artefacto grosero y repugnante–. Se llama María B.–Te puedo servir de garante… si quieres.Parpadea, se echa hacia atrás, hace girar el vaso mediado de té con los dedos largos y simples de mujer acostumbrada al afán de la casa. Sus uñas no están pintadas. No son ni muy cortas ni muy largas. –¿No será abusar demasiado? Usted debe tener cantidad de cosas que hacer –me mira con ojos intermitentes, de no pero sí, de quiero aunque me da vergüenza, y no puedo menos que agradecerle la complicidad del juego.–Guárdame el secreto: ando huyendo porque no me gusta lo que tengo que hacer esta tarde. Vaya, te propongo un trato: tú me llevas y yo voy contigo. Es un trato justo y equili-brado, ¿no? –se ríe y me río.–Gracias de nuevo. Pero antes déjeme avisarle al abogado que vamos para allá y darle su nombre. Es cerca.Maneja igual que es. De manera un poco tosca, respondiendo a impulsos entre caprichosos e instintivos, al punto de que por momentos no resulta fácil determinar si ella gobierna al vehículo o es al revés. Pero esa entrega la hace simple y eficiente. Se anticipa con agilidad a las reacciones antojadizas de los carros públicos y a la arrogancia de los autos de lujo, impone su presencia en medio del caos de la Máximo Gómez aplicando la lógica casi infantil de dejarse llevar por el desorden. De mi parte, no soy lo que se dice un buen copiloto; no estoy acostumbrado a que me manejen, y menos una mujer, así que me pongo preguntón adrede, para contener los pies y no repetir las operaciones que ella ejecuta:–¿Qué trabajo te ofrecieron?–Es una empresa que tiene añales construyendo módulos de cocina –contesta sin voltear el rostro para mirarme… por fortuna–. Ahora están montando una división nueva, quieren meterse en el negocio del diseño de interiores.–Si no recuerdo mal, allá trabajabas en algo de ventas, ¿o no?–Vendía… bueno, vendo libros escolares.Con un doble corte, primero a la izquierda y luego a la derecha, evita la concretera que gira pesadamente entre los conchos arremolinados frente al supermercado Nacional. Es increíble que pueda hacer esas operaciones con las dos manos sobre el timón.–Soy de Salcedo. Mi papá tenía un puesto de vender pollos al carbón en el parque y desde niños mis hermanos y yo lo ayudábamos. Tenía diecinueve años cuando me mudé con Ignacio para Baní y terminé el bachillerato, más o menos por la fecha en que usted llegó al edificio. Después, de a poco, he ido estudiando diseño de interiores acá en la capital, a distancia –da dos bocinazos breves para advertir su presencia a una guagua–. No crea, ha sido duro… ya se imagina, el trabajo, los viajes, la familia…–¿Cómo supieron de ti en la empresa?–Me llamó el diseñador jefe, que fue mi profesor en un curso de la universidad.Hace silencio. El perfil, donde destacan la nariz y los labios, el pelo y los hombros levemente inclinados hacia delante, forma un signo empecinado. Los senos no, esos apenas se proyectan. Reconozcamos que ahí Pablo tenía razón.–¿Pagan bien?–No pagan mal. Pero es más que el salario. Quiero trabajar en lo que me gusta. Allá, en el pueblo, no hay vida. Además, no tengo hijos, así que…–Y por eso decidiste venir a probar sola, no importa lo que pase.Ahora sí desatiende la vía, me mira un instante brevísimo.–¿Se nota mucho? –hace silencio; tanto tiempo, que empiezo a temer no esté interesada en continuar con el tema–. Ignacio no quiere mudarse. El trabajo, sus padres, que son bien mayores… Bueno, ¿para qué lo voy a aburrir?Antes de doblar hacia la Santiago, ya voy desengarrotado. Detrás de la poquedad con que aferra ambas manos al timón hay una fuerza que se impone suavemente, una intuición acostumbrada a permitir que los procesos se cumplan. ¿Es la misma muchachita neutra que bajaba y subía las escaleras del edificio con la mirada huidiza y sin más palabras que un hola, cómo está? A lo mejor sí, solo que necesitaba verla fuera de su ambiente para darme cuenta. A lo mejor por aquella época las broncas con Karla no me dejaban ojos para otra cosa que no fuéramos yo y mi infierno. A lo mejor esta tarde por fin he alcanzado el don de ver las cosas importantes, como si Dios hubiera decidido ejercitar su crueldad y mostrarme lo que pude haber sido cuando ya no queda tiempo para más nada.En efecto, la oficina está cerca y el trámite es rutinario. Agregar mi nombre y número de cédula al contrato, imprimir, firmar, pagar los depósitos y recoger las llaves. Todo con la turbia eficiencia de los abogados, ese silencio hosco y suficiente que se complace en hacer sentir indefensa al resto de la humanidad. Tan parecidos a los médicos. Por suerte en la oficina solo estamos ella, yo y una asistente de saco negro, completamente inodora e insípida, que no pronuncia dos palabras sin invocar el nombre omnipotente del Doctor o referir algún dato de mis estados financieros, para que tengamos una idea exacta de lo perspicaz que es la ley. Quizás no ha aprendido todavía que todos los poderes terminan en la frontera de la muerte, que mi firma en ese contrato es ahora mismo un pésimo negocio para ellos porque no puedo ser garante nada, ni siquiera de estar vivo pasado mañana.A la salida, nos detenemos junto al carro, un Ford Optima rojo. A nuestro alrededor, Gazcue penetra en Ciudad Nueva, o Ciudad Nueva abraza a Gazcue, quién sabe.–No sé cómo decirle lo agradecida que estoy. Usted es una persona ocupada y le he hecho perder tanto tiempo... ¿Lo devuelvo a la universidad?–Me gusta esta zona –abarco el entorno con la mirada–. Los árboles, las calles que se interrumpen en cualquier lugar y vuelven a empezar más adelante otra vez, la gente sentada en los colmados como si estar ahí conversando fuera el objetivo supremo de la humanidad, las quebraduras en las aceras hechas como a propósito, para agregar un toque ternu-a... A mí me pasa lo contrario que a ti, me fui del pueblo porque no tenía otra salida.–Entonces a usted sí que le va a gustar mi apartamento, ¿quiere verlo? Podemos ir de un pronto…El mar está pesado, el azul es casi gris y se mueve perezoso, a disgusto. Hasta los alcatraces han decidido no merodear y se echa de menos su planeo torpe, la espera por el momento en que se lanzarán contra la barrera de agua en busca de la presa. El malecón, por el contrario, comienza a poblarse de caminadores. Y el tráfico, ni se diga.–Por la forma en que manejas, parece que hubieras vivido siempre en la capital.Se ríe. Calladamente, se diría que con cuidado para no cometer un exceso. Como todo lo suyo, tan celoso los límites.–Pues no sé, yo hago lo que siento –me doy cuenta de que los silencios son parte de su ritmo interior, espacios de pensamiento que se permite–. A ver, usted dice a cada rato en su programa que la sociedad funciona igual que el cuerpo de una persona, ¿es así? Supongo que se refiere a que todas las partes están conectadas y por eso es fácil para las personas como usted suponer lo que la gente hará antes de que lo haga, ¿voy bien?Me río con menos convicción de la debida, pendiente de un BMW que cabecea nervioso entre los vehículos, empujando para fabricarse un espacio. En otro momento la cita me habría hecho sentir vanidoso. Hoy no.–Más o menos así –respondo, preocupado por la forma en que el BMW hace gruñir su motor, molesto, detrás de nosotros.–Pues con el tránsito pasa lo mismo. Algo le dice a una lo que un chofer va a hacer antes de que lo haga porque… porque es como si todos fuéramos partes de la misma cosa. ¿A que no entendió? –sonríe, esta vez con un toque de infantil fastidio–. Mire, lo que quiero decir es que se maneja según es el tránsito, no según como a uno le gustaría que fuera… Tampoco es eso. Excúseme, usted debe recordar que no soy de muchas palabras.Más allá de ella, entre el gris del cielo y el gris del mar, un avión guiña las luces. No es muy grande y vuela bajo, en dirección contraria a nuestro avance. Ante la inminencia del aterrizaje, cincuenta o sesenta personas se apresuran en este momento a juntar el equipaje de mano y barajar planes, alegres y sorprendidos de ser otra vez dueños de un destino que quizás no les parezca tan terrible después de haber estado por horas suspendidos en la incertidumbre del vuelo, en la nada de una cabina aséptica y atemporal; obligados a aceptar por fuerza la compañía –y el destino compartido– de un montón de extraños que ahora volverán a ser eso, extraños, lejanos habitantes de una pesadilla.El avión y la neblina plomiza de su distancia se borran de un susto tras la barrera de árboles, y yo regreso sin opciones a la muchacha de perfil callado, atenta a la vía, que ma-niobra para detenerse frente al semáforo de la avenida Lincoln. Si el vehículo no se mueve, es más difícil seguirla mirando en silencio, así que volteo la cabeza a tiempo para ver la sombra renegrida del hombre que se abalanza sobre el carro y pega un Listín Diario contra el cristal de la ventanilla. Estoy a punto de admitir que del hombre solo puedo memorizar los dos dientes frontales, enormes y montados, pero la mirada ajena del niño me interpela. Al contrario de la violencia con que lo impone la mano del hombre, nada hay agresivo en los ojos morenos y desnudos del niño que usa como pretexto para ignorarme una expresión entre absorta y resignada. Está sentado sobre algo que en la foto no se precisa, no tiene camisa y sostiene con ambas manos un cartón que, si antes le fue muy útil para protegerse de la lluvia, ahora luce endeble bajo el peso del titular que tarde o temprano acabará por aplastarlo, presidente pide a ciudadanía conciencia y confianza en el futuro.–Futuro, qué palabra azarosa, qué animal huidizo –dice el muchacho, menos distante cuanto más insiste en no verme.–El futuro es una promesa para ser incumplida –busco palabras que me congracien con su manera de hablar–, un animal que queremos amaestrar con ciencia, pero nunca llegamos a entender la forma en que nos va entreteniendo con fianza de sueños.–¿Y el pasado entonces?–El pasado es una sucesión de pérdidas que se supone conducen a alguna parte o sirven para construir algo... hasta que se te acaba el tiempo y quedan en lo que son: intentos fallidos y dispersos, sin sentido.–Pero el pasado al menos existe. Todo el mundo tiene un pasado. Por ejemplo, hubo una guerra fría y alguien la ganó, ¿cierto?Sé que quiere desafiarme y no voy a permitirlo; al final es un niño solo, triste y distraído en la portada de un periódico.–Hubo una guerra fría, cierto, pero no hay seguridad de que alguien la haya ganado. Sí sabemos que hubo perdedores. Tú y yo, por ejemplo.A estas alturas no puede faltar la voz de tía Dignora. La voz y sus ojos cansados.–Siempre en lo mismo, llevándole la contraria a los demás. Deja quieto al pobre carajito.–Te equivocas, tía. Él y yo nos parecemos mucho; los dos estamos desahuciados.Ni así el muchacho se conmueve y me mira. Continúa navegando en la inmovilidad de su pose distraída, indiferente a los bocinazos que se impacientan porque el semáforo cambió a verde, más hermético ahora que el vehículo está en movimiento y trato de retenerlo contra los muros grises y fugaces de Metaldom, obligarlo a un gesto, una palabra de aquiescencia u odio. Volteo la cara hacia ella, que conduce ensimismada. Sé que me sabe pendiente pero evita mirarme, sonreírse, hacer una mueca mínima, como si quisiera parecerse al niño de la portada. Ella habló de sentir y yo, ¿de qué hablo yo?–En la próxima entrada dobla en u, por favor –le indico. Ella quita el pie del acelerador y se recuesta al asiento. Deja que pase una patana vacía y vertiginosa para incorporarse a la senda contraria–. Entra en el primer parqueo a la derecha –le señalo con el dedo.Caminamos en medio de las figuras negras, hinchadas, casi en totalidad grotescas. No me gustan. Nunca me ha gustado la grandilocuencia de los monumentos, y menos la de este, que se me hace ostentoso. Ella está embelesada mirando los brazos de mármol que llevan un cuerpo de mármol en andas.–¿Sabes qué es este lugar, verdad? –le pregunto con un tono detestable de guía de museo.–Sí, aquí mataron al Dictador. Vine cuando estaba en sexto grado y ese viaje fue divertido porque paseamos por la capital y después nos llevaron al acuario –hace silencio, me mira intrigada–. De grande he pasado por aquí cantidad de veces, pero ahora veo que recordaba el lugar de otra manera, no sé… más impresionante, eso.Espero que termine de leer la placa de bronce incrustada en la pared de la que brotan rostros del espanto.–Esto es lo que la gente piensa, lo que se atreve a decir –le muestro el conjunto con un movimiento de brazos, tratando de sonar menos profesoral–. Ahora ven.La ayudo a saltar el banco de concreto, a caminar sobre la hierba crecida, rumbo al mar. Antes de llegar al farallón, la desvío hacia la izquierda, hacia el brocal de piedras.–No es un pozo, aunque lo parece –le explico sin soltar su codo–. Es una cueva que empieza allá abajo, en el mar, y brota aquí arriba. Asómate, no tengas miedo.Se inclina agarrada de mi brazo. Mira el hueco irregular, las rocas salientes que no permiten ver fondo.–Eso es lo que la gente siente.Se ve que pasa trabajo para reprimir los deseos de reír.–¡Huácala, huele feo! –y deja que la risa se extienda. Una risa sin sonido, hecha para ser disfrutada adentro.–Son las vísceras, los pellejos, las cabezas de chivo que la gente tira allá dentro… Mira, esas tripas las deben haber tirado esta mañana.Ella vuelve a mirar hacia abajo, ahora seria.–Y qué es, ¿no tienen dónde botar la basura?–No, son ofrendas, regalos para que a cambio el Dictador los ayude en la cura de una enfermedad incurable, o les quite de encima el castigo de la impotencia, o ponga el número ganador de la loto en sus manos… Este es el lugar de los desesperados. Allí –señalo hacia el monumento– van los políticos, los embajadores cada 16 de mayo. A los que tiran las ofrendas aquí adentro nos les interesa si el Dictador fue bueno o malo, si mató a tres o a tres mil. Para ellos, importa la vida, del instinto que exige sobrevivir como sea.Se queda mirando hacia el mar, su pesado movimiento.–¿Ese ruido que se oye es el mar?–Sí, es el mar golpeando la boca donde nace la cueva.–¿Y nunca sube hasta acá arriba?–No sé, aunque sería bueno que pasara alguna vez. A lo mejor así se junta lo que la gente siente con lo que la gente piensa.Regresamos al auto callados, bajo las miradas indefinidas de tres mecánicos que comen metiendo las manos en un termo. Están sentados en la base del monumento, indiferentes a cuanto no sea su hambre, a las personas que les rodean y sus problemas, a los vehículos que pasan veloces por la autopista, a lo que pueda ocurrir dentro de cinco minutos, no importa si es la guerra atómica o una lluvia de piedras infinitas como la que descalabró a los dinosaurios. Cuando ya estamos próximos al vehículo, ella da la vuelta y sigue caminando de espaldas, mirándome. Tiene la expresión liviana y sabia de antes, rescatada del silencio que la ocultó durante el trayecto hasta aquí.–Por eso me gusta ver su programa, usted…Suena el celular. Identidad oculta, informa la pantalla del aparato. Esto se pone malo. Ya recuerdo a quién le dio Muchilanga en la canción: a nadie, todos le pegaban, le echaban burundanga, le hinchaban los pies; era un pendejo aguanta golpes Muchilanga.–¿Señor Iturralde?–El mismo, dígame.–Le habla el doctor Zouain. Hace más de una hora que le esperamos en la clínica.–Excuse, doctor, pero no he podido resolver un problema muy importante en la universidad.Debe estar hablando desde la oficina porque en las pausas el silencio es tan completo que se escucha su respiración y un zumbido que podría ser del aire acondicionado. Aunque con los doctores nunca se sabe qué truco se traen entre manos.–Señor Iturralde, dígame qué parte de la siguiente información no ha entendido bien. Usted tiene un tumor pequeño creciendo en el lomus yugular. Perdóneme la comparación, pero es como si sembraran una ceiba en un tarro. Hay que empezar el tratamiento y tomar decisiones lo más rápido posible. Mire, en sus condiciones, usted no debería ni siquiera de conducir…–Doctor Zouain, le prometo que en cuanto termine voy para allá, y entonces me descuartiza si quiere. Pero no puedo salir corriendo y dejarlo todo en el aire, en principio porque usted sabe cuánto cuesta el tratamiento, y…–Señor Iturralde, usted es un hombre inteligente…Corto la comunicación y apago el celular. Cuando abro la puerta del auto, ella está sentada frente al timón y tiene el vehículo en marcha. –Dígame si va para la universidad o lo llevo a otro lugar...–¿Y dónde se perdió lo de enseñarme el apartamento?El apartamento está algo más allá de los moteles que se arraciman en el kilómetro doce de la autopista. A pesar de la callecita desolada, reventada de baches y sin aceras que dobla hacia el mar, el edificio ofrece muy buena estampa, está recién pintado de un amarillo quemado y no tiene ascensor. Subimos los cuatro pisos, ella delante y yo detrás, fascinado con la frontera donde su espalda se levanta en un pronunciamiento agresivo hacia las nalgas. Ahí sí que Pablo se equivocó. Sigue siendo un culo firme, tallado con precisión, por suerte no demasiado grande. Un culo como Dios manda, habría dicho mi hermano Marino. Un hato de asquerosos es lo que son ustedes, habría contestado mi hermana Marita. Lo que habría dicho la tía Dignora es mejor no recordarlo.Cuando abre la puerta, nos recibe el triste desvalimiento que es cualquier apartamento vacío. Camino un poco desorientado, buscando norte entre el sucio, el olor a pintura y las huellas que han dejado por todas partes quienes acometieron las labores de remozamiento. Ella sigue recto hacia el comedor. Yo doblo errático hacia lo que, a punto de entrar me doy cuenta, son las habitaciones. Cuando regreso sobre mis pasos, está parada en medio de la sala, esperándome.–¿Qué le parece? –me pregunta expectante, con la preocupación de quien necesita urgentemente validar su inversión.–Se ve bien –le digo, sin otra cosa mejor que añadir.No luce muy convencida.–A ver, venga, mírelo bien.Y me conduce por cada espacio del apartamento, dibujando un presente que está por llegar, esta es mi habitación, aquí pienso poner una mesa de dibujo, este pasillo lleva unas macetas colgadas, en este lugar van unos estantes para los libros, aquí, en el balcón, ¿se imagina dos mecedoras de mimbre puestas así, mirando para el mar? Respira hondo, con la fuerza que dan los proyectos, los deseos que se lanzan como sondas hacia el horizonte por venir…–Lo veo serio. Sea sincero, ¿qué no le gusta del apartamento?–No, para nada –trato de sonreír–. Es un poco lejos, pero teniendo vehículo…La cara se le alegra. En un impulso, me toma del brazo y me lleva hasta el futuro comedor.–Dígame, ¿qué tiene de bueno y qué tiene de malo el lugar?–No sé, es amplio pero no demasiado grande, está en buenas condiciones, hay tranquilidad…Se ríe, otra vez sin sonido. Toma distancia de mí, metro y medio, quizás dos:–¿Sabía que el interior de una vivienda también se parece al cuerpo de una persona? Si usted quiere saber cuándo un lugar sirve para vivir, lo primero que tiene que hacer es encontrarle el ombligo –busca en torno suyo, hasta que se decide por un vaso plástico aplastado y lo recoge del piso. Camina hacia el vano que da paso del comedor a la sala, coloca el vaso en el centro, justo debajo del arquitrabe–. Aquí está el ombligo de este apartamento. Vea. Hacia la izquierda, las habitaciones y un baño; hacia la derecha, la cocina, el cuarto de servicio y otro baño; atrás, la sala y el pasillo de entrada; delante, el comedor y el balcón. Por muchas vueltas que una dé, siempre tiene que pasar por este lugar. ¿Qué me dice? –por primera vez en la tarde descubro verdadera y limpia picardía en sus ojos. Estoy cansado, la cabeza me pesa un poco.–Qué cosa. Después de veinte años cocinándome los sesos y buscando explicaciones, acabas de descubrir por qué vivimos en un país jodido. Le falta equilibrio, nadie sabe dónde carajo ponerle el ombligo…–Usted me está relajando…Examino con detenimiento la sala. Los techos, las molduras, las paredes, los rodapiés, las losas del piso, el olor de la pintura reciente, el eco susceptible que repite hasta nuestras respiraciones; todos están reclamando un tiempo, una voluntad de vida que les dé sentido, que los conduzca hacia alguna parte. Camino hasta la puerta del balcón, pego la frente en el cristal tibio y fijo los ojos en el horizonte engañoso del mar, no para ver nada, solo buscando dilatar la mirada, descansar por un momento del insomnio que nos obliga sin piedad a percibir como única prueba de que estamos vivos. Mis ojos golpean el brillo del mar, regresan a mirarme desde el otro lado del cristal. No alcanzo a determinar su propósito, pero siento el peso de esa mirada, la forma en que no me encuentra. Hago un esfuerzo para recuperar mi cara, para hacer brotar las líneas que he visto durante cuarenta y dos años en la rutina de los espejos, y por fin aparezco con un ojo más grande que el otro, lo que me da una ridícula expresión de tristeza que nunca me había conocido; como tampoco me había dado cuenta hasta ahora de que tengo las comisuras de los labios haladas hacia arriba, las puntas de las cejas haladas hacia abajo, y guardo un cómico parecido con los falsos chinos que salen en los programas de la televisión. Para acabar de fastidiarla, me falta la nariz y…–¿Le pasa algo? ¿No se siente bien? –ella es otros ojos que me observan reflejados en este lado del cristal. De nada valdría decirle que me jode muchísimo sentir las manos recrecidas, un peso en las rodillas, el zumbido que adormece los pensamientos, porque a fin de cuentas…–Si no te es molestia, quisiera regresar. Tengo cosas pendientes.Al llegar a la autopista, una caravana de vehículos la obliga a detenerse. Durante un tiempo imposible de calcular, que parece repetirse como una cinta sin fin, pasan vehículos cargados de voces que gritan, de torsos y brazos que convulsionan a través de las ventanillas de los autos, de cuerpos que bailan un merengue hiriente sobre las camionetas, de manos que agitan banderas y pancartas, Tolete presidente, lo quiere la gente, y yo que nunca pertenecí a un partido, que jamás formé un grupo superior a la cantidad de personas que caben en torno a una mesa de dominó, donde Pablo amenaza con reventar una ficha, me mira con sus ojos enrojecidos y brillantes, ¡No se me achicopale, licenciado!, la mano levantada, el lomo turbio de la ficha que sostiene en alto apuntan hacia una decisiva jugada que debe ser muy obvia para todos, menos para mí, que he perdido el hilo de las pertenencias en el vaivén del juego y me pregunto si doblarme en el seis o meter el tres porque, hasta donde recuerdo, la ficha fuerte de Pablo era el uno y todos los uno están sobre la mesa, Vota por Tolete, el candidato que se siente, y yo que nunca profesé una doctrina o una causa, salvo la del matrimonio con Karla, que no pudo salir peor porque el cariño me hizo ciego, no me dejó ver que en Karla la voluntad venía hacia mí, mientras los deseos marchaban hacia otra parte, y de ese trance debí aprender que la mejor fórmula es buscar la ficha que pase al contrario, usar la máxima de que cuanto daña al enemigo es beneficioso para tus aliados, Vamos licenciado, una sola jugada, no se me achicopale, Pablo tiene razón, a estas alturas debe haber una jugada ganadora, esa y ninguna otra, la misma que yo no atino a encontrar, y evito ver los ojos de Pablo, distraigo el momento con los que pasan golpeando ollas y calderos sobre la cama de un camión, ¡Tolete es consciente, comida caliente!, y yo que nunca fui incondicional de algo o de alguien, que preferí mantenerme a distancia para juzgar con El último vehículo ha pasado hace un ratico y la música ya no se escucha, pero ella sigue detenida. Debe estar dando tiempo para que se aleje el escándalo y se dispersen los curiosos que salieron a los bordes de la autopista para hacer gárgaras con el desenfreno. Por fin se incorpora a la avenida. Sé que está consciente de mi atención, de la forma en que la estoy observando, y si fuera ella, me sentiría incómodo, diría cualquier simpleza con tal de romper el momento, de interponer algunas palabras entre ella y esta mirada:–Quiero darle las gracias –por primera vez en la tarde su voz es distante–. Ha sido muy solidario y…Extiendo la mano, aferro el timón y hago fuerza para hundirlo hacia la derecha. Ella opone una primera resistencia instintiva, pero luego me deja hacer y el vehículo gira obediente, atraviesa el portón carnavalesco del motel cuyo nombre no he tenido tiempo de leer. Cuando acciono el botón y la puerta del garaje baja, nos golpea con violencia el olor a Mistolín, la indefensión de saber que nos aventuramos en una habitación ajena, acechante; la fragmentación de estar viviendo un momento que no sabemos, unas acciones que nunca planificamos; la luz amarillenta del techo, el flacheo del televisor donde un negro se soba la verga descomunal, mientras enfila amenazante hacia la beldad delicada y puta que lo mira desde la cama y sonríe relamiéndose los finos labios de damisela; las manos aferrando las caderas, las nalgas de intenso color oro bajo el oro de la luz; el doble y simultáneo impulso de atraer y empujar, un crujido que se capta, no se escucha; el gemido, su espalda que sube hasta recostarse contra mi pecho, mi mano que sigue obediente el pasadizo donde la humedad es un asombro; el encuentro rítmico con su entrepierna que absorbe y prende fuego a la realidad, por un instante equilibrada entre lo cierto y lo soñado, entre el pálpito y la nada.–Lo ha hecho con la desesperación del que se va a morir mañana.Está sentada en la cama con las piernas cruzadas. La piel de su espalda mantiene ese tono de oro pero el canal de sus nalgas resulta menos retador en esa posición. No voy a responderle la ridiculez de que todos nos podemos morir mañana. Menos todavía voy a contarle la decepción de saber que este momento será mucho mejor cuando tenga que inventarme el olor a sexo que todavía se respira en el ambiente, el rocío fogoso de su respiración, la mirada mansa de su placer. Por ahora, un sopor plomizo me convence de permanecer tirado en la cama.–¿Es muy grave? ¿Qué dicen los médicos? Digo, si se puede saber…Lee Harvey Oswalt era un ser pequeño y benigno que tuvo la pésima ocurrencia de ponerse en el lugar inadecuado. El Che Guevara era un soñador pequeño y benigno hasta que llegó al lugar inadecuado. Un tumor pequeño y benigno no es gran cosa, salvo que esté en el lugar inadecuado. Pero eso tampoco se lo voy a decir, ¿para qué?–¿Qué pensabas de mí cuando éramos vecinos, allá en Baní? –le pregunto.Se ladea y puedo ver su seno pequeño, la punta del papel de baño que se ha puesto entre las piernas, a modo de almohadilla sanitaria.–Me daba miedo.–¿Miedo?–Miedo. Era demasiado inteligente y andaba siempre demasiado atento.–Vaya, peligroso… –en este punto debería de reírme, pero no tengo deseos.Tampoco la expresión de ella lo permite. Su seriedad tiene algo triste.–¿Alguna vez ha sentido que no cabe en el lugar donde está?No sé quién es el que responde. No suelo ser así de cruel.–Todo el tiempo. Desde que nací en una familia donde todos hacen maravillas con sus manos y a mí casi ni me sirven para sujetar los libros, hasta que la semana pasada maté un mosquito y tuve la terrible sensación de que ya había matado ese mismo mosquito el día anterior, o el otro.Obviamente, no le ha hecho la gracia. Se pone de perfil, observa a las dos mujeres, una morena y otra rubia, que se besan furibundas en el televisor. ¿Por qué siempre serán una morena y otra rubia?–En mi familia la moral no se discute. Me casé virgen porque otra cosa no podía ser, por aquello de que nadie compra la vaca si ya se está tomando la leche –alisa las cejas espesas con ambos dedos índices–. Yo vivía en Constanza, Ignacio es de Baní… hágase una idea de las veces que podríamos vernos. Siempre pensé que estaba tan apurado para casarse por eso, y para mi padre aquello era una bendición de Dios. La primera noche de luna de miel, bien, gracias. Y la quinta, y la número veinte... igual, o peor. Yo estaba decepcionada y no tenía a quién preguntarle si aquello era el sexo. Tanto miedo, tantas sensaciones oscuras… ¿para eso? Y hubiera creído que sí, de no ser por las miradas suyas…–Vamos, ¿me vas a decir que los otros hombres no te miraban en la calle?–Claro, y me decían muchísimas cochinadas. Pero usted no era cualquier hombre. Todo el mundo lo tomaba en cuenta por inteligente, serio, importante. Su mirada me daba miedo, decía que sí había algo, otra cosa.Hace silencio. Me gustaría que se pusiera de pie. Verla caminar desnuda hacia el baños. Pero ella se voltea hacia la mesita que está junto a la cama, saca un bolígrafo de la cartera mamey, escribe algo.–Este es el número del celular –dice y me extiende la servilleta sin mirarme a los ojos–, por si le parece…El contacto con el papel suave y poroso tiene algo triste, produce el cosquilleo inconfundible de las despedidas, me obliga a…–Profesor, dice el doctor Mateo que ya puede pasar –Telma está frente a mí, tiene una pequeña libreta en la mano izquierda y un bolígrafo en la derecha, como si esperara por algo que yo debería dictarle.Me pongo de pie demasiado rápido, solo para darme cuenta de lo entumido que estoy, incluso un poco mareado. Hago una pausa. Tengo que concentrarme en la conversación que me espera, avanzar hacia la puerta verde del despacho. Pero antes me apresuro a meter la servilleta en el bolsillo interior del saco. ¿Qué va a pensar el decano si me ve entrar con una servilleta de motel escrita en la mano?
Fragmento...