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Narrativa

Un tigre perfumado sobre mi huella
Editorial Plaza mayor (2004)
José M. Fernández Pequeño
Páginas: 138
ISBN: 1-56328-264-X0
Precio: $ 12.95
Formato: 14 x 20.5 cm.
Sinopsis: Estos cuentos son un pequeño rosario de hábitos, rigores y temores, pero no hay duda de que marcan una vida. Espejos enfrentados, el lector se golpea contra ellos la cabeza. ¿El arco tendido que va de uno a otro cuento no es acaso como un túnel donde el silencioso sufrimiento del hombre es una lenta penumbra que no duele? Al final de ese túnel un tigre perfumado nos espera. Toda la gama de garras y rayas sorpresivas: el desengaño, el adulterio, el miedo, la abulia perpetua, la derrota. Y aún más: en la atmósfera de estas narraciones hay siempre algo que reclama una huida. Personajes y lectores quedan suspendidos de la espera deseante, del advenimiento teatral del fin. Y nunca sucede.
(Andrés L. Mateo).
Valoraciones
En Un tigre perfumado sobre mi huella se observa un sensibilismo extremo custodiado por un repudio a la razón.
Sus personajes sin historia son seres que solo viven el presente inmediato de su realidad; no tienen un futuro por el que luchar, ni un pasado que valga la pena recordar; nacen y mueren derrotados; se defienden del mundo con rabia y temor: en suma, unos personajes que reflejan una profunda crítica por la organización social y un desdén por lo desconocido, al punto de mostrar en algunas ocasiones indicios de xenofobia.
El libro deja en la palestra el concepto de vida moral, vida práctica y vida sensible, para que sea el lector quien discierna la noción que más se acoja a su condición y modo de sentir. (Ibeth Guzmán).
La lectura individual de los cuentos de Fernández Pequeño nos inserta en habitáculos que a primera vista lucen fuera de lugar pero nunca mal dispuestos, lucen bizarros pero metronómicos, donde la cotidianidad adopta características de materia dúctil y maleable, cual argamasa entre sus dedos oficiosos; los de un artífice que repiensa cada punto y cada coma; cada nota de su tonada ríspida. Es un maestro del oficio, no hay dudas.
Leer Un tigre perfumado sobre mi huella no es cosa fácil. Es darse en la cara con un concierto a la desesperanza y a la desilusión, mientras el lector transita a altísima velocidad entre los párrafos erizados como riscos. Es una descarga cerrada de trama imbatible, que no da cuartel, tan desesperada en su tono que no nos queda otra que entenderlo, sorber la última de sus palabras al final de una malla abigarrada de meridianas y paralelas, pararnos de la silla, meditar sobre la rabia y el hastío con el corazón todavía palpitando caliente en la mano y luego tomarnos un té de tilo.
Este texto extraordinario es necesario descubrirlo de improviso en un estante y quedar cazado por sus primeras dos páginas, por las variaciones de una flor de cuchillo o entre las paredes de un infierno entrecruzado por palmeras. (Luis Arambilet).
El libro está escrito sobre un estilo intenso, con un ritmo interno que provoca que saquemos a flote nuestros sentimientos mejor
guardados. Los cuentos mantienen una tensión precisa, concentrada, hasta el mismo momento en el que el autor decide soltarla, como si al desprenderse de ella evitara llegar a un final aún más lacerante que las historias mismas. Hay de todo en este libro: cuento testimonio, cuento lírico, narrativa poética, parábola; todo escrito con mucha pasión pero sobre todo muy, pero muy bien pensados... (Ena R. Columbié).
A veces trágico, burlón, crítico y otras chistoso hasta detonar las carcajadas, este narrador habla de la transición de un mundo
monótono, protegido, a un universo caótico entregado a la cementosa sinrazón caribeña de la velocidad desenfrenada. (Manuel Clavell-Carrasquillo).
El bien tejido estilo narrativo que posee el autor de estos cuentos brindan el disfrute de una lectura plena de emociones desde que arranca con “El cazador”, contenido en “Lejanas y descabelladas virtudes”, primero de los tres segmentos en que se divide el libro, junto a “Leve regreso a la tierra” e “Inventario de extravíos y finales”. (Nelson del Castillo).
En los relatos de Fernández Pequeño prevalece una suerte de claustrofobia. Los personajes se desenvuelven bajo el acecho de ojos invisibles e imposiciones impersonales. Se trata de un mundo pautado por un sistema automatizado en que el discernimiento de las especificidades no tiene cabida. Pero no se trata de un mundo absurdo. Más bien es un sistema poderoso que se nutre de pequeños lapsus y gestos sin explicación.
No obstante el sentimiento de encierro de los personajes, en Un tigre perfumado… habrá espacio para sentimientos relajados. Si nos dejamos llevar por el juego narrativo, encontraremos mucho humor, bastante poesía tanto en el lenguaje como en diversas situaciones dramáticas. Por eso, aunque sí prevalece la claustrofobia dicha anteriormente, no se trata de un libro monocromático. En sus páginas hallaremos motivos para reír, pensar, amargarse, llorar. (Pedro Antonio Valdez).
Un libro de encuentros y desencuentros, en el cual se mueven los espíritus de algunos maestros del cuento. Claro, el autor los hace sentir, pero se impone su fuerza de escritor verdadero y propio, con todas las consecuencias de originalidad y visión personalísima de su mundo narrativo. Libro de misterios, realidades y sueños. Viene a ser una mezcla de técnicas cuentísticas, de enfoques del quehacer narrativo, de teorías distintas entramadas en un conjunto. La cálida calidad que se respira en estos cuentos, nos enternece y nos hace compartir los desvaríos de los personajes.Un tigre perfumado sobre mi huella , de José M. Fernández Pequeño es un buen libro de cuentos, que seduce a sus lectores, los implica, los hace cómplices. El autor sale victorioso en casi todos sus lances. Detrás de cada texto está la imaginación juguetona y creativa de un escritor de verdad, que nos transmite sus vivencias reales o inventadas con vitalidad profunda y con una excelente destreza en el manejo poético de la lengua y la selección de sus enfoques e historias. (Juan Freddy Armando).
»Lea el cuento A.M.
CÍCLOPE
A Marcialito le nació un ojo en la frente. Al principio fue solo una arruga horizontal y persistente, bien rara en un niño de siete años; pero cuando la maestra dio la voz de alarma, alertada por la insistencia con que los demás vejigos querían tocar el fino surco que comenzaba a parecer una quebradura, los padres de Marcialito corrieron hacia el hospital. Los médicos nunca lograron ponerse de acuerdo y, luego de estudios y juntas infinitas, propusieron dos soluciones extremas: coser la abertura en progreso o practicar un inmediato transplante de piel en la frente del niño. Aterrados, los padres de Marcialito decidieron confinarlo en su casa, resignarse a ser ansiosos espectadores de la suavidad con que los labios de aquella extraña herida incruenta se iban arqueando y dejaban ver cada vez mejor la blanca opacidad cristalina donde en su momento despuntó una isla parda, brillante y absolutamente redonda, que los observó con ingenua serenidad. Nada más hubo que esperar el primer parpadeo de las nacientes pestañas para dar el suceso por definitivo y que aparecieran las autoridades, acicateadas por la insoportable sospecha de que intentaban dejarles al margen de algo tan inusual. El debate fue otra vez intenso y prolongado. Por fin los sicólogos impusieron el criterio de que Marcialito debía asistir a un colegio común y corriente pues no presentaba ningún tipo de trastorno mental o discapacidad notoria. De cualquier forma, advirtieron, el proceso de adaptación sería arduo. Y así fue: en la escuela todos miraban aquel ojo supernumerario en la frente sin saber qué hacer ni encontrar una palabra adecuada para decir. Tres profesoras tuvo el aula de Marcialito en menos de quince días. La última, una mulata seca y ojerosa, interrumpió sus explicaciones en torno al sospechoso achatamiento polar de la tierra, recogió sus enseres y salió por el pasillo gritando que un maestro necesitaba tener por lo menos algún lugar confiable hacia donde mirar. A la directora no le quedó más remedio que dar el ejemplo y hacerse cargo personalmente del grupo, aunque todavía hay dudas en torno a si era consciente de los riesgos que entrañaba tal acción. Bastó que el primer día advirtiera a la clase andar a cuatro ojos ante alguna ecuación matemática intrincada y traicionera, para que la totalidad de los estudiantes recostara el peso de su mirada sobre Marcialito y, de un golpe, hiciera estallar la burbuja de estupor que gravitaba sobre todos. Sobrevino entonces una época en que cada expresión, no importa de la naturaleza que fuera, adquiría sentidos inusitados con solo ser pronunciada cerca de Marcialito y su cándida mirada triangular. Que si hacerse el de la vista gorda. Que si mantener los ojos bien abiertos. Que si la vigilancia, tarea permanente de los cedeerre. Que si las miradas de tus ojos son tan sutiles… hasta el día inevitable, ya en un aula secundaria, cuando el plan de clases indicó el estudio del ciego Homero. Polifemo dejó de ser a partir de ese día una mención distante, remontó la odisea del pasado, se hizo presente en todos los registros imaginables: susurrado en la formación escolar, rimado en las canciones de moda, grabado en las paredes de los pasillos, pintado en los pares de las esquinas, dibujado por las nubes que se alejaban en el atardecer... Era imposible decir algo (poli-espuma, poli-éster, poli-cía...) sin que el nombre maldito fuera invocado, al punto que la dirección del colegio consideró necesaria la separación de Marcialito, única forma de evitar que no solo la institución sino toda la ciudad siguiera llenándose de polis, lo que era además una redundancia inadmisible. Y, justo en ese momento, apareció el héroe. Se llamaba Antonio (aunque, no sabemos por qué, desde niño le decían Pose) e interrumpió el discurso de la directora para hilvanar una defensa lúcida y apasionada de Marcialito. A medida que Antonio avanzaba entre las filas e iba desgranando razones, los demás estudiantes sentían que de alguna forma aquellas ideas siempre habían estado dentro de ellos y que eran ellos quienes las exponían con toda esa seguridad y donaire, así que la unánime ovación validó para siempre la pregunta final de Antonio (o lo que es igual, de Pose): ¿Acaso una persona diferente no tiene el derecho de ser considerada normal? Fue tan emocionante, que nadie tuvo la curiosidad de observar a Marcialito y preguntarse por qué era el único que permanecía impasible mientras su ojo frontal registraba cómo sus compañeros vitoreaban y alzaban a Antonio en hombros. Parece increíble, pero una simple voz había logrado algo que un minuto antes nadie habría creído: transferir a Marcialito hacia ese segundo plano definitivo que es la rutina. ¿Qué novedad podía haber ahora en extrañarse por su mirada excedente, si todos andaban ocupados en admirar las nuevas pruebas de inteligencia y bondad que Antonio daba cada día? Pronto fue nombrado representante estudiantil ante la directiva del colegio y, casi enseguida, asesor de Educación Municipal en materia de trabajo práctico-docente. De más está decir que durante los meses siguientes fue propuesto para miembro de honor en cuanta sociedad se dedicara a proteger los caracoles, luchar por la igualdad de los enanos o ayudar a extraterrestres despistados. Pero, no importa cuán pesadas fueran sus nuevas ocupaciones, Antonio jamás descuidaba la tarea de velar por Marcialito. Ante el general reconocimiento, le acompañaba diariamente en el trayecto de la casa al colegio y del colegio a la casa, exigía que fuera el primer invitado a las fiestas que organizaban los muchachos del preuniversitario, le ayudaba a estudiar y hacer las tareas... Por eso los padres de Marcialito no se apuraron en regresar aquella tarde de viernes tan a propósito para aliviar con unos tragos la pesada semana de trabajo. Sabían que, al llegar al hogar, allí estaría Antonio. Lo que no esperaron nunca fue encontrarlo empalado en la vara de asar puercos mientras Marcialito lo hacía girar lentamente, con aquella apacible expresión de suprema felicidad tan suya y que, dado el caso, resultaba un tanto desconcertante si tomamos en cuenta que el humo denso y blancuzco debía de estarle molestando muchísimo en los ojos.
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