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Una noche bruja en La Masía
Lo pasé a buscar porque había llegado a apreciarlo desde una perspectiva distinta, no la clásica con el horizonte allá donde levitan los camastros y los baños de burbuja al final del malecón –la cual se agiganta hasta el punto de mira y toca los techos de aluminio de los galpones de Metaldom–, sino una mirada tridimensional y convexa, poco convencional. Y también porque su amada, La maga, quintaesencia en su trama existencial, estaba de cumpleaños y tenía que lucir a toda costa la hermosa bufanda de seda que llevaba yo en una caja con discreto lazo satinado, para que se viera hermosa del brazo de su bayamés.
Así pues se definió lo de noche bruja –pues nos acompañaba La maga–, además mediaba un trovador cubano con guitarra afinada, versos de pleitesía a la diosa Venus, y voz de mermelada; todo adobado con tres rones, sal gruesa de los secaderos de Baní y una pizca de pimentón de La Chinata sobre un molusco tierno.
Y no fue sino hasta después, cuando empezaron a saltar las palabras como insectos en el tizón, cuando supe que aquel del que se trataba la historia nunca supo que la casa estuviera tan indefensa; o cuando Ana cediese a describir precisa la fresca, y a Manuel y a la Negra pendientes de Radio Martí; o cuando ya ves que hay cosas que no se entienden –sino que se intuyen–, y los ruidos mudan de intensidad y forma, a capricho, al ritmo de diazepanes engullidos con tisana, para luego dar un salto con las nalgas anestesiadas en un Bayamo donde pasan los días y nada de nada, y salen eses ridículas por el agujero donde estuvo una vez el colmillo derecho; y Manuel disfruta la vuelta del picaporte porque el San Miguel levanta su espada flamígera; no fue sino hasta entonces –hasta ese preciso momento en que recibí tibias las cuartillas digitalizadas–, que me di perfecta cuenta de que el hombre ensayaba un estoque con otro isleño sobre las cosas de su autoría.
El resultado: Dos, La espera. Y en el gran esquema de la cosa escrita, en perspectiva lineal: Tres, eran tres, que da título a un introito y cuatro relatos absolutamente interconexos de José Fernández Pequeño, aunque en principio no lo parezca.
Los relatos de este libro fueron paridos con un solo esputo literario, durante un mismo vaivén, en el centro de un mismo vórtice, aunque hubiese pasado un mes o un año en compilarse sus páginas y alborotar el orden con que se estructuran las piezas esquineras de un rompecabezas.
Desde el olor del sexo de Anaís, al gentío sudoroso y la peste a orine viejo de la Trocha, hasta lo sincrético de una Virgen de la Caridad ritual, desde lo más hondo de un tambor cucurumbé, el trayecto que cruza el mar Caribe y el Atlántico –de manera real uno, e imaginado el otro–, es el propio viaje del autor. Hay un desplazamiento obvio donde cala y recala la nostalgia como epicentro de una migración forzada. Un fado de hembra portuguesa vuelta requiebro lánguido, vuelta nota larga y sostenida, por un marinero osado allende los mares que se ha llevado su alma. El bayamés suspira por su Bayamo natal, y lo hace con filo de cuchillo del que llaman lengua de mime, destripa hombres, saca hígados.
Sería un ensayo huero recurrir a antecedente alguno o rebuscar acotaciones lúcidas de terceros. No vale de nada comparar Tres, eran tres, con una cosa u otra, sería de una futilidad peregrina. Puesto que tales historias malditas son retazos de carne magra, pedazos de epidermis arrancada con rabia, dentelladas rabiosas disfrazadas de ritmo y etiqueta tropical. Porque el hombre sabe lo suyo, abrillanta el oficio, establece estratagemas difíciles de ignorar y estoques imposibles de evitar.
Tres, eran tres, ya no le pertenece a JFP, ahora es cosa nuestra ingresar en el hábitat agreste de sus páginas y diseccionar esos seres de tinta con mucho tiento.
Así pues se definió lo de noche bruja –pues nos acompañaba La maga–, además mediaba un trovador cubano con guitarra afinada, versos de pleitesía a la diosa Venus, y voz de mermelada; todo adobado con tres rones, sal gruesa de los secaderos de Baní y una pizca de pimentón de La Chinata sobre un molusco tierno.
Y no fue sino hasta después, cuando empezaron a saltar las palabras como insectos en el tizón, cuando supe que aquel del que se trataba la historia nunca supo que la casa estuviera tan indefensa; o cuando Ana cediese a describir precisa la fresca, y a Manuel y a la Negra pendientes de Radio Martí; o cuando ya ves que hay cosas que no se entienden –sino que se intuyen–, y los ruidos mudan de intensidad y forma, a capricho, al ritmo de diazepanes engullidos con tisana, para luego dar un salto con las nalgas anestesiadas en un Bayamo donde pasan los días y nada de nada, y salen eses ridículas por el agujero donde estuvo una vez el colmillo derecho; y Manuel disfruta la vuelta del picaporte porque el San Miguel levanta su espada flamígera; no fue sino hasta entonces –hasta ese preciso momento en que recibí tibias las cuartillas digitalizadas–, que me di perfecta cuenta de que el hombre ensayaba un estoque con otro isleño sobre las cosas de su autoría.
El resultado: Dos, La espera. Y en el gran esquema de la cosa escrita, en perspectiva lineal: Tres, eran tres, que da título a un introito y cuatro relatos absolutamente interconexos de José Fernández Pequeño, aunque en principio no lo parezca.
Los relatos de este libro fueron paridos con un solo esputo literario, durante un mismo vaivén, en el centro de un mismo vórtice, aunque hubiese pasado un mes o un año en compilarse sus páginas y alborotar el orden con que se estructuran las piezas esquineras de un rompecabezas.
Desde el olor del sexo de Anaís, al gentío sudoroso y la peste a orine viejo de la Trocha, hasta lo sincrético de una Virgen de la Caridad ritual, desde lo más hondo de un tambor cucurumbé, el trayecto que cruza el mar Caribe y el Atlántico –de manera real uno, e imaginado el otro–, es el propio viaje del autor. Hay un desplazamiento obvio donde cala y recala la nostalgia como epicentro de una migración forzada. Un fado de hembra portuguesa vuelta requiebro lánguido, vuelta nota larga y sostenida, por un marinero osado allende los mares que se ha llevado su alma. El bayamés suspira por su Bayamo natal, y lo hace con filo de cuchillo del que llaman lengua de mime, destripa hombres, saca hígados.
Sería un ensayo huero recurrir a antecedente alguno o rebuscar acotaciones lúcidas de terceros. No vale de nada comparar Tres, eran tres, con una cosa u otra, sería de una futilidad peregrina. Puesto que tales historias malditas son retazos de carne magra, pedazos de epidermis arrancada con rabia, dentelladas rabiosas disfrazadas de ritmo y etiqueta tropical. Porque el hombre sabe lo suyo, abrillanta el oficio, establece estratagemas difíciles de ignorar y estoques imposibles de evitar.
Tres, eran tres, ya no le pertenece a JFP, ahora es cosa nuestra ingresar en el hábitat agreste de sus páginas y diseccionar esos seres de tinta con mucho tiento.
Luis Arambilet
Santo Domingo, 2008
Santo Domingo, 2008
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, Jan 14 2008, 7:46 PM EST
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