<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?><?xml-stylesheet href="http://jfp.wetpaint.com/xsl/rss2html.xsl" type="text/xsl" media="screen"?><?xml-stylesheet href="http://jfp.wetpaint.com/scripts/wpcss/wiki/jfp/skin/sporty/rss" type="text/css" media="screen"?><rss version="2.0" xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/"><channel><title>José Fernández Pequeño - Recently Updated Pages</title><link>http://jfp.wetpaint.com/pageSearch/updated</link><description>Recently Updated Pages on http://jfp.wetpaint.com</description><language>en-us</language><webMaster>info@wetpaint.com</webMaster><pubDate>Mon, 28 Jan 2008 11:27:20 CST</pubDate><lastBuildDate>Mon, 28 Jan 2008 11:27:20 CST</lastBuildDate><generator>wetpaint.com</generator><ttl>60</ttl><image><title>José Fernández Pequeño</title><url>http://www.wetpaint.com/img/logo.gif</url><link>http://jfp.wetpaint.com</link><description>Writing and writers</description></image><item><title>Entrevistas</title><link>http://jfp.wetpaint.com/page/Entrevistas</link><author>jfp</author><guid isPermaLink="false">http://jfp.wetpaint.com/page/Entrevistas</guid><pubDate>Mon, 28 Jan 2008 11:27:20 CST</pubDate><description><![CDATA[ 			<font color="#ff0000"><b><br></b></font><div align="center"><div align="left"><font color="#000000"><font color="#ff0000"><b><font size="3">La mirada de Peque&ntilde;o</font></b></font><font color="#ff0000" size="2"><br>Por Luis Gonz&aacute;lez Ruis&aacute;nchez</font><br><br></font><font color="#000000"><font size="2">No hay literatura de calidad hoy al margen del ingenio y del humor, me confes&oacute; Jos&eacute; M. Fern&aacute;ndez Peque&ntilde;o cuando hablamos sobre su nuevo libro, La mirada en el camino, que re&uacute;ne 24 ensayos que pendulan en un amplio diapas&oacute;n de curiosos intereses y observaciones, muchos de ellos originarios de las p&aacute;ginas de la prensa dominicana, a veces &iacute;ntegros, a veces ampliados.</font><br><br></font><font color="#000000"><font size="2">Luis Gonz&aacute;lez: &iquest;En qu&eacute; se relaciona el libro con Joel James, a quien homenajeas?</font><br><br></font><font color="#000000"><font size="2">Fern&aacute;ndez Peque&ntilde;o: La mirada en el camino est&aacute; dedicada a Joel desde el momento en que decid&iacute; armar el libro, cuando no imaginaba que &eacute;l se me iba a morir tan pronto. Los textos que la forman fueron escritos siguiendo la convicci&oacute;n (que &eacute;l me ense&ntilde;o) de que, dadas ciertas circunstancias, toda la cultura del planeta puede estar colocada en un punto m&iacute;nimo. Y, al mismo tiempo, responde a un principio muy consciente del valor y la eficacia de la cultura popular, un principio que parte de los objetivos y la capacidad de refuncionalizaci&oacute;n de esa cultura, y no de r&iacute;gidas concepciones de clase social, que reducen el concepto de pueblo a una triste resultante econ&oacute;mica y pol&iacute;tica. Por eso en La mirada en el camino puedo darme el lujo de preguntarme y responderme qu&eacute; mecanismos culturales mueven a los choferes cuando escriben en los vidrios de las voladoras o por qu&eacute; las personas necesitan los cuentos de relajo para vivir o qu&eacute; semejanzas y qu&eacute; diferencias hay entre la narraci&oacute;n de pelota por radio y la narrativa oral o cu&aacute;l es el sentido de un piropo, sin que nada de esto me impida (sino todo lo contrario) hablar sobre la narrativa de Ben&iacute;tez Rojo o cuestionar la esencia del testimonio como g&eacute;nero literario culto, etc&eacute;tera.</font><br><br></font><font color="#000000"><font size="2">L. G.: &iquest;Crees que el ingenio popular y callejero, el humor de la gente, sin valorar otros tipos de incidentes, es tambi&eacute;n patrimonio de la literatura? Entonces, &iquest;por qu&eacute; un pueblo capaz de provocar una literatura de lo ins&oacute;lito y cotidiano, de lo humor&iacute;stico y popular no produce una literatura donde el humor est&eacute; presente?</font><br><br></font><font color="#000000"><font size="2">F. P.: Voy m&aacute;s lejos: no hay literatura de calidad hoy al margen de ese ingenio y ese humor al que te refieres, al margen de un entrecruzarse de discursos variados y contradictorios, que posibilitan una perspectiva conflictiva en esencia, muchas veces ir&oacute;nica o sarc&aacute;stica o par&oacute;dica o humor&iacute;stica, pero siempre desacralizadora. En eso los caribe&ntilde;os deber&iacute;amos de llevar ventaja: la hibridez, la integraci&oacute;n de elementos dis&iacute;miles, la reinterpretaci&oacute;n burlesca est&aacute;n en la esencia de nuestra cultura. Aunque muchos de nuestros intelectuales se nieguen a admitirlo, hace mucho vivimos en una realidad social donde la cultura art&iacute;stica, la cultura medi&aacute;tica y la cultura popular se funden indisolublemente y ya no es posible estudiarlas o movilizar sus instrumentos de aprehensi&oacute;n ignorando esos contactos e integraciones. Voy a decirte algo: en los pa&iacute;ses del Caribe donde la intelectualidad ha asumido como parte de su escala de valores y sus principios de actuaci&oacute;n esa integraci&oacute;n entre lo culto y lo popular, encontrar&aacute;s una narrativa fuerte y pujante. Donde no... La segunda parte de tu pregunta no puedo responderla. No s&eacute; a qu&eacute; literatura te refieres cuando hablas de falta de humor. La respuesta no ser&iacute;a igual si me hablaras de la literatura cubana, de la mexicana o de la dominicana, por ejemplo.</font><br><br></font><font color="#000000"><font size="2">L. G.: &iquest;D&oacute;nde te defines m&aacute;s, en la literatura de la ficci&oacute;n o en la literatura documental y ensay&iacute;stica?</font><br><br></font><font color="#000000"><font size="2">F. P.: Son cosas distintas. Siempre supe que escribir&iacute;a ficci&oacute;n y me prepar&eacute; para ese momento. El ensayo empalma de manera muy directa con mi sempiterna condici&oacute;n de profesor. Confieso que el paso del tiempo me ha hecho alejarme cada vez m&aacute;s de la investigaci&oacute;n y la cr&iacute;tica y acercarme cada vez m&aacute;s a la ficci&oacute;n. La mirada en el camino re&uacute;ne 24 ensayos breves y muy sueltos, donde no encontrar&aacute;s una sola cita al pie de p&aacute;gina. En ellos escribo con el mismo tono que les hablo a mis amigos y a mis estudiantes. Hay mucho de testimonio, de evocaci&oacute;n, de lecturas entra&ntilde;ables, y claro que no falta la ficci&oacute;n&hellip; &iquest;c&oacute;mo iba a inventar si no lo mucho que desconozco? Digamos que es un libro de anti-investigaci&oacute;n, hecho a partir de la vida y la literatura, en esa zona exacta donde ambas (literatura y vida) son absolutamente lo mismo. Ese es el escritor que soy y esa es la literatura que expresa mejor mi forma de respirar. Porque se eso se trata: de respirar, de vivir.</font><br><br></font><font color="#000000"><font size="2">L. G. De tus libros, cuatro han sido concebidos, escritos y publicados fuera de tu pa&iacute;s de origen, &iquest;tiene eso una explicaci&oacute;n literaria, econ&oacute;mica o pol&iacute;tica?</font><br><br></font><font color="#000000"><font size="2">F. P.: La tiene en todos esos planos que mencionas. Cuando me radiqu&eacute; fuera de Cuba, la literatura dej&oacute; de ser una inclinaci&oacute;n o un oficio (no me atrevo a decir un talento). La literatura pas&oacute; a resumirlo todo, incluidas la libertad, la identidad y el sentido de patria. Ella no sustituye esas nociones: las integra y, as&iacute;, me mantiene a flote en un mundo (como dir&iacute;as t&uacute; mismo) con muy pocos finales felices. Y no olvides que para los cubanos la distancia del pa&iacute;s de origen tiene un sentido diferente: esa distancia est&aacute; inscrita en un conflicto pol&iacute;tico donde las partes pelean a todo o nada, en el m&aacute;s dr&aacute;stico y descarnado blanco y negro, lo que hace bueno cualquier expediente: desde matar hasta mentir. Adem&aacute;s, somos los &uacute;nicos ciudadanos en esta parte del planeta que necesitan un permiso para entrar o salir del pa&iacute;s donde nacieron, lo que no ser&iacute;a tan terrible si no te recordara continuamente que existe alguien con el poder suficiente para clausurar ese permiso en cualquier momento y, por tanto, dejarte flotando en la distancia.</font><br><br></font><font color="#000000"><font size="2">L. G.: &iquest;Hay tiempo en Rep&uacute;blica Dominicana para escribir, o las exigencias de la cotidianidad lo hacen dif&iacute;cil?</font><br><br></font><font color="#000000"><font size="2">F. P.: Dudo mucho que exista un espacio donde escribir sea tan dif&iacute;cil. La precariedad para solventar las necesidades elementales de la vida, el multiempleo, las estrecheces del medio cultural, la falta de instituciones para la protecci&oacute;n al creador, el antintelectualismo, la desorganizaci&oacute;n y el clientelismo pol&iacute;tico, todo eso consolida un medio cruel y malsano para el trabajo intelectual y para la creaci&oacute;n. Preguntar&aacute;s: &iquest;y c&oacute;mo has podido escribir? Porque traje una formaci&oacute;n (no importa ahora si mucha o poca) de Cuba, porque no me queda otro remedio (escribo o me muero), y porque soy un rosca izquierda summa cum laude, alguien a quien su maestro Jos&eacute; Soler Puig le ense&ntilde;&oacute; que, si alg&uacute;n sentido tiene este oficio, es el de escribir contra las imposibilidades. He escrito lo mismo en el car wash de Pasteur 8 que en las terminales de &oacute;mnibus cubanas, y estas &uacute;ltimas son (t&uacute; lo sabes bien) la anticipaci&oacute;n m&aacute;s fidedigna del infierno sobre la tierra.</font><br><br></font><font color="#000000"><font size="2">L. G.: &iquest;Qu&eacute; preparas?</font><br><br></font><font color="#000000"><font size="2">F. P.: Tengo terminado un libro de relatos largos (&ldquo;Tres, eran tres&rdquo; se llama) que est&aacute; pautado para salir en mayo del a&ntilde;o pr&oacute;ximo. Para ese volumen se escribi&oacute; &ldquo;A. M.&rdquo;, el relato que gan&oacute; en Casa de Teatro en 2001. He venido escribiendo un grupo de cuentos (hay como seis o siete a medio hacer y me tienen loco), que quiz&aacute;s alguna vez recoja en un volumen bajo el t&iacute;tulo de &ldquo;Cuentos tan simples&rdquo;. Pero ahora no tengo tiempo para ocuparme de ellos. Estoy en pleno desarrollo (junto al antrop&oacute;logo Jorge Ulloa) de una investigaci&oacute;n acerca de la comunicaci&oacute;n did&aacute;ctica en las condiciones concretas de la universidad dominicana. As&iacute;, la literatura tendr&aacute; que esperar por la llegada de 2007.</font><br><br></font><font color="#000000"><font size="2">Sin dudas, hay tiempo para todo cuando, como Fern&aacute;ndez Peque&ntilde;o, se tiene &ldquo;la mirada en el camino&rdquo;.<br><br></font></font><div align="center"><font color="#000000"><font size="2"><font color="#ff0000">&ndash;&ndash;&ndash;<br><br></font></font></font><div align="left"><font color="#000000"><font size="2"><font color="#ff0000"><b>Le&oacute;n david a JFP</b></font></font></font></div><font color="#000000"><font size="2"><font color="#ff0000"><br></font></font></font><div align="left"><font color="#000000"><font size="2"><font color="#ff0000"><font color="#000000">Le&oacute;n David: Haznos un breve recuento de tu trayectoria literaria, de lo que has escrito y publicado en Cuba (tu pa&iacute;s de origen) y aqu&iacute;, en Rep&uacute;blica Dominicana.</font></font></font></font><br><br><font color="#000000"><font size="2"><font color="#ff0000"><font color="#000000">Fern&aacute;ndez Peque&ntilde;o: Nac&iacute; en Cuba, descendiente de cuatro abuelos gallegos, y me cri&eacute; en una familia de gente con apenas ninguna instrucci&oacute;n acad&eacute;mica y unas habilidades tremendas para el trabajo manual. Yo, por el contrario, no he hecho otra cosa que leer y escribir, mis manos jam&aacute;s han logrado trazar una l&iacute;nea que pueda decirse medianamente recta. &iquest;Qu&eacute; relaci&oacute;n tiene eso con la literatura? Mucha, a mi modo de ver: aprend&iacute; solo, sin mentor, y aprend&iacute; que la creaci&oacute;n viene de la tierra, se respira en el ambiente, entra por la planta de los pies y por los poros, si usted tiene el coraje suficiente para andar desnudo y sin zapatos, para conversar con la literatura mir&aacute;ndole a los ojos.</font></font></font></font><br><font color="#000000"><font size="2"><font color="#ff0000"><font color="#000000">Mira, hay tres veces m&aacute;s literatura en una conversaci&oacute;n de concho que en todos los corrillos literarios del planeta. Eso me lo dijo, a la m&aacute;s tierna edad, la m&uacute;sica del caramillo con que mi abuelo Claudio recorr&iacute;a las calles de Bayamo anunciando sus habilidades como amolador de tijeras. Semejante origen dict&oacute; las tres caracter&iacute;sticas b&aacute;sicas de mi actuaci&oacute;n como escritor: aprendo solo y lentamente, siento un rechazo visceral por el mundo intelectual y sus poses, y creo con toda firmeza que la relaci&oacute;n con la literatura tiene m&aacute;s de instinto que de raciocinio. Soy, pues, un escritor despacioso y solitario, que revisa milim&eacute;tricamente cuanto escribe. Eso explica, en parte, por qu&eacute; publiqu&eacute; mis primeros libros cuando ya hab&iacute;a pasado los treinta a&ntilde;os.</font></font></font></font><br><font color="#000000"><font size="2"><font color="#ff0000"><font color="#000000">Comenc&eacute; haciendo cr&iacute;tica literaria porque mi ingenuidad crey&oacute; que en los sesudos tratados y en los enjundiosos estudios te&oacute;ricos encontrar&iacute;a respuesta para una pregunta que entonces consideraba esencial: &iquest;Qu&eacute; hace a un texto literario o no? Un d&iacute;a me di cuenta de que los cr&iacute;ticos, en su enorme mayor&iacute;a, son lectores malogrados que, a fuerza de buscar los modos de parecer muy especialistas o &ldquo;cient&iacute;ficos&rdquo;, pierden la capacidad de asombro frente al texto literario. En fin: hu&iacute; espantado aunque con ganancias diversas. Detr&aacute;s dejaba algunos de mis primeros libros (publicados todos en Cuba): Las cosas de cierto mundo (1992), Cr&iacute;tica sin retroceso (1994), Cuba: la narrativa policial entre el querer y el poder (1995), y Caminos para llegar al h&eacute;roe (1995).</font></font></font></font><br><font color="#000000"><font size="2"><font color="#ff0000"><font color="#000000">No es que anduviera desorientado. Por una parte, desde el principio me hab&iacute;a acercado a la investigaci&oacute;n y al ensayismo, lo que dio como resultado el estudio Periplo santiaguero de Max Henr&iacute;quez Ure&ntilde;a (1989), la recopilaci&oacute;n del epistolario Regino E. Boti: Cartas a los orientales (1990) y la antolog&iacute;a Lino Nov&aacute;s Calvo: Ocho narraciones policiales (1995). Por la otra, si algo ten&iacute;a bien claro, era que mi camino acababa en la narrativa, y para eso me fui preparando: primero estudi&eacute; cine (que es un arte violentamente narrativo); guiado por Ricardo Repilado, inici&eacute; un viaje por los vericuetos de la narratolog&iacute;a que a&uacute;n no termina; y, de la mano de Joel James, qued&eacute; deslumbrado frente a los sistemas m&aacute;gico-religiosos cubanos. No hay mejor modo de conocer c&oacute;mo funciona un narrador que estudiando los mecanismos que moviliza un practicante de la santer&iacute;a o un m&eacute;dium del espiritismo de cord&oacute;n cubano. Por &uacute;ltimo, me pas&eacute; veinte a&ntilde;os discutiendo sobre narrativa y narradores con Jorge Luis Hern&aacute;ndez y Aida Bahr.</font></font></font></font><br><font color="#000000"><font size="2"><font color="#ff0000"><font color="#000000">As&iacute; pues, estoy en el punto donde quer&iacute;a. En 1999 publiqu&eacute; el libro de cuentos Un tigre perfumado sobre mi huella, que fue reeditado en 2004 por la editorial puertorrique&ntilde;a Plaza Mayor; luego apareci&oacute; el ensayo En el esp&iacute;ritu de las islas: los tiempos posibles de Max Henr&iacute;quez Ure&ntilde;a (2003); y posteriormente el libro de narraciones para ni&ntilde;os Cuentos para Ang&eacute;lica (2003), que tiene una edici&oacute;n cubana en 2004. Est&aacute; in&eacute;dito y terminado el libro de relatos &ldquo;Tres, eran tres&rdquo; y en breve saldr&aacute;, publicado por la universidad INTEC, el libro de ensayos breves &ldquo;La mirada en el camino&rdquo;.</font></font></font></font><br><font color="#000000"><font size="2"><font color="#ff0000"><font color="#000000">A estas alturas, confieso que no he podido responder la pregunta originaria: &iquest;Qu&eacute; hace a un texto literario o no? En realidad consegu&iacute; algo mejor, aprend&iacute; que esa respuesta era innecesaria. No se trataba de una pregunta para ser pensada, sino para ser sentida.</font></font></font></font><br><br><font color="#000000"><font size="2"><font color="#ff0000"><font color="#000000">L. D.: &iquest;Qu&eacute; significa para ti la literatura? &iquest;Por qu&eacute; escribes?</font></font></font></font><br><br><font color="#000000"><font size="2"><font color="#ff0000"><font color="#000000">F. P.: La literatura es mi forma de vivir. No soy escritor por oficio o profesi&oacute;n. Soy escritor a vida completa: cuando me ba&ntilde;o, cuando como, cuando respondo entrevistas... La literatura da sentido a las cosas, me protege de la porquer&iacute;a que nos rodea, hace que la vida sea llevable. Mis cari&ntilde;os y mis odios pasan por la literatura. Cuando sue&ntilde;o, sue&ntilde;o ficciones; cuando camino por la calle, voy convirtiendo en ficci&oacute;n lo que veo, y as&iacute; puedo entender mejor las cosas.</font></font></font></font><br><font color="#000000"><font size="2"><font color="#ff0000"><font color="#000000">Trato de decirte que no uso la literatura, no espero que ella me conduzca a alg&uacute;n sitio. No estoy en ella para hacer dinero o para alcanzar prestigio. Te dir&eacute; algo m&aacute;s, y por favor no lo divulgues: en el momento de escribir, los lectores me importan un carajo. Lo verdaderamente importante es lo bien que me siento, lo mucho que me divierto armando ficciones, al extremo de que a veces realento a prop&oacute;sito el proceso de la escritura para gozarlo con m&aacute;s intensidad. En ese momento mi relaci&oacute;n es con la literatura. Despu&eacute;s s&iacute;; cuando el texto es publicado, los lectores se convierten en un actor fundamental: son ellos quienes me ense&ntilde;an lo que realmente trat&eacute; de decir mientras escrib&iacute;a. Y, si de paso a ellos tambi&eacute;n el libro les sirve de algo, pues aqu&iacute; paz y en el cielo gloria.</font></font></font></font><br><font color="#000000"><font size="2"><font color="#ff0000"><font color="#000000">&iquest;Por qu&eacute; escribo hoy? Por la misma raz&oacute;n que comenc&eacute; a hacerlo cuando era un ni&ntilde;o: porque me pican los dedos, porque escribir me hace torturantemente feliz.</font></font></font></font><br><br><font color="#000000"><font size="2"><font color="#ff0000"><font color="#000000">L. D.: Si comparas la vida cultural cubana con la nuestra, &iquest;a qu&eacute; conclusiones arribas?</font></font></font></font><br><br><font color="#000000"><font size="2"><font color="#ff0000"><font color="#000000">F. P.: Es dif&iacute;cil hablar de Cuba sustray&eacute;ndose de la intolerancia que genera la pugna pol&iacute;tica en que el pa&iacute;s est&aacute; inmerso; esa es una pugna de extremos, en la que nadie se muestra dispuesto a conceder ni un solo &eacute;xito al contrario. Yo soy un escritor, no un pol&iacute;tico, y cuanto diga ser&aacute; eso: opini&oacute;n de escritor.</font></font></font></font><br><font color="#000000"><font size="2"><font color="#ff0000"><font color="#000000">Cuba lleva medio siglo inmersa en un proyecto cultural espec&iacute;fico y bastante bien delineado. En ese trayecto han cometido una infinidad de errores, sobre todo provenientes de la centralizaci&oacute;n, el dogmatismo pol&iacute;tico, el automatismo, el exceso de paternalismo, de direcci&oacute;n, y el burocratismo. Pero tambi&eacute;n es verdad que han logrado organizar un verdadero sistema de instituciones culturales. Estas instituciones han sido m&aacute;s exitosas cuando surgen de proyectos locales fuertemente cimentados en la historia y la cultura regionales, como la Casa del Caribe, en Santiago de Cuba; o el Ballet de Camag&uuml;ey; o el conjunto l&iacute;rico de Holgu&iacute;n, para citar tres ejemplos; y menos felices cuando intentan aplicar un mismo y burocr&aacute;tico rasero para todos. Ahora, lo cierto es que Cuba posee un fuerte sistema de escuelas de arte, desde el nivel b&aacute;sico hasta el superior; un universo editorial que ha sido extendido en los &uacute;ltimos a&ntilde;os a todas las provincias; una red eficiente de bibliotecas, etc.; y esto ha generado un personal t&eacute;cnico y profesional altamente calificado.</font></font></font></font><br><font color="#000000"><font size="2"><font color="#ff0000"><font color="#000000">El hecho de que ese sistema oficial no satisface todas las necesidades ni las voluntades expresivas, hizo que ya entrada la d&eacute;cada de los ochenta comenzaran a aparecer espacios de creaci&oacute;n, intercambio y promoci&oacute;n cultural alternativos. Algunos, haciendo un dif&iacute;cil ejercicio de equilibrio, aprovecharon huecos propicios en las mismas instituciones estatales; otros encontraron el apoyo de instituciones no estatales, como las iglesias de diversos tipos; otros a&uacute;n han cuajado acciones independientes de grupos intelectuales, que en ocasiones han contado con ayuda desde el exterior o se han valido de las posibilidades comunicacionales que abren las nuevas tecnolog&iacute;as. La vida de esos espacios alternativos no ha sido f&aacute;cil, mayormente se ha desenvuelto en un clima de suspicacia, de hostilidad, incluso de franca agresividad. Algunos han desaparecido y otros se han consolidado; todos son hijos de la crisis que vive el pa&iacute;s desde finales de los ochenta.</font></font></font></font><br><font color="#000000"><font size="2"><font color="#ff0000"><font color="#000000">En Rep&uacute;blica Dominicana es ahora que se intenta dar pasos m&aacute;s firmes en ese sentido, luego de la creaci&oacute;n de la Secretar&iacute;a de Cultura y el aporte indudable de algunas zonas del sector privado interesadas en la cultura. Hasta aqu&iacute; lo que ha primado es el esfuerzo tit&aacute;nico, el sacrificio de un grupo de personas y de unas pocas instituciones, pero ciertamente la mayor parte del trabajo organizativo est&aacute; por hacer, del mismo modo que est&aacute; tambi&eacute;n por ver c&oacute;mo va a protegerse del clientelismo y el arrivismo pol&iacute;tico.</font></font></font></font><br><br><font color="#000000"><font size="2"><font color="#ff0000"><font color="#000000">L. D.: &iquest;Qu&eacute; te impuls&oacute; a escribir sobre Max Henr&iacute;quez Ure&ntilde;a? &iquest;Guarda a&uacute;n vigencia ese escritor dominicano? &iquest;Por qu&eacute;?</font></font></font></font><br><br><font color="#000000"><font size="2"><font color="#ff0000"><font color="#000000">F. P.: Podr&iacute;a decirte que el est&iacute;mulo de Ricardo Repilado, que lo conoci&oacute; y hablaba mucho sobre &eacute;l en el aula, cuando yo era estudiante universitario. Podr&iacute;a decirte que la lectura de su archivo, perfectamente conservado (como el de tantos otros escritores) en el Instituto de Literatura y Ling&uuml;&iacute;stica, de La Habana. Podr&iacute;a decirte que el haberme dado cuenta de que el recuerdo de su trayectoria por m&aacute;s de treinta a&ntilde;os en Cuba estaba lleno de confusiones y datos err&oacute;neos. Podr&iacute;a decirte que el hecho de trabajar en la Casa del Caribe, en Santiago de Cuba, y tener por tanto todas las oportunidades para desarrollar la investigaci&oacute;n. Pero s&eacute; que hay m&aacute;s: una suerte de empat&iacute;a con el personaje y su entrega al trabajo intelectual que no puedo explicar por completo. Eso me ha ocurrido con otras figuras literarias en cuyo universo me he movido durante muchos a&ntilde;os, como el poeta Regino E. Boti o el cuentista Lino Nov&aacute;s Calvo, a cuya obra cuent&iacute;stica debo un libro antes de que me recoja la muerte.</font></font></font></font><br><font color="#000000"><font size="2"><font color="#ff0000"><font color="#000000">Max es un eslab&oacute;n importante en la historia intelectual intercaribe&ntilde;a, por su actuaci&oacute;n en las tres grandes Antillas espa&ntilde;olas. Pero adem&aacute;s, dej&oacute; una obra de investigaci&oacute;n literaria y sobre todo de sistematizaci&oacute;n acad&eacute;mica que es usada y justipreciada donde quiera que se estudia la literatura hispanoamericana. A &eacute;l se debe una de las m&aacute;s importantes historias de la literatura cubana, la primera historia de la literatura dominicana realmente profesional, y nadie puede sumergirse en el estudio del modernismo hispanoamericano sin pasar por su Breve historia. En los aciertos y desaciertos de su obra est&aacute; bien marcada toda una &eacute;poca de los estudios literarios en la regi&oacute;n, esa que necesitamos estudiar cr&iacute;ticamente si queremos conocernos mejor.</font></font></font></font><br><br><font color="#000000"><font size="2"><font color="#ff0000"><font color="#000000">L. D.: Conozco un libro de cuentos tuyo que publicaste no mucho tiempo atr&aacute;s... &iquest;Cu&aacute;les son los atributos que debe exhibir un cuento logrado?</font></font></font></font><br><br><font color="#000000"><font size="2"><font color="#ff0000"><font color="#000000">F. P.: Ya no lo s&eacute; a ciencia cierta. Un texto narrativo es un sistema en el que act&uacute;an numerosos elementos concatenados, no siempre los mismos ni organizados de la misma manera, de acuerdo con cada autor y con los prop&oacute;sitos de cada obra. Pero eso es puro oficio, pura habilidad narrativa, que puede ser estudiada. El cuento, por su brevedad y efecto, ha sido hasta hoy una invitaci&oacute;n para que te&oacute;ricos y practicantes formulen reglas y normas en torno a su escritura y comprensi&oacute;n; pero ha sido tambi&eacute;n un g&eacute;nero escurridizo y vital, que ha escapado a todas las definiciones. M&aacute;s all&aacute; de las t&eacute;cnicas, hay un talento dif&iacute;cil de definir, un don que se posee o no para dotar al cuento de fuerza expresiva. He le&iacute;do cuentos p&eacute;simamente escritos desde el punto de vista t&eacute;cnico y estil&iacute;stico, pero que son piezas impactantes por su fuerza y vitalidad.</font></font></font></font><br><font color="#000000"><font size="2"><font color="#ff0000"><font color="#000000">&iquest;Qu&eacute; elemento ser&iacute;a decisivo en la estructura de un cuento? No pocos te&oacute;ricos opinaron durante mucho tiempo que ese elemento era el narrador, la voz que conduce la historia. En este momento creo que en el cuento la mayor parte del &eacute;xito depende de lo convincente y profundo que pueda ser el personaje alrededor del cual se construye el argumento. Pero eso se debe quiz&aacute;s a que ahora mismo trabajo en un grupo de piezas donde intento contar historias sin mayores rebuscamientos, alardes t&eacute;cnicos o experimentaciones estil&iacute;sticas, un libro que alguna vez recoger&eacute; bajo el t&iacute;tulo de &ldquo;Cuentos tan simples&rdquo;. Si me haces esta misma pregunta dentro de seis meses, lo m&aacute;s seguro es que te contestar&eacute; otra cosa.</font></font></font></font><br><br><font color="#000000"><font size="2"><font color="#ff0000"><font color="#000000">L. D.: &iquest;Qu&eacute; juicio te merece la literatura dominicana contempor&aacute;nea?</font></font></font></font><br><br><font color="#000000"><font size="2"><font color="#ff0000"><font color="#000000">F. P.: Tengo ocho a&ntilde;os en este pa&iacute;s y lo s&eacute; por experiencia personal: para escribir aqu&iacute; hay que tener mucho coraje. Sin atenci&oacute;n ni verdadero respeto por el trabajo del escritor; pr&aacute;cticamente sin instituciones que sirvan de trinchera y protecci&oacute;n para una labor que es demorada, cuidadosa y a veces dif&iacute;cil de comprender para quien la observa de lejos; sin un sistema editorial profesional, publicaciones peri&oacute;dicas de largo alcance, ni mecanismos serios de distribuci&oacute;n de la obra literaria; teniendo que saltar de un lado al otro, en un multiempleo feroz para reproducir una vida material bastante precaria... Para escribir as&iacute; se necesita mucha vocaci&oacute;n y... eso mismo: coraje.</font></font></font></font><br><font color="#000000"><font size="2"><font color="#ff0000"><font color="#000000">Hay ciertas cosas que me resultan llamativas de la literatura contempor&aacute;nea dominicana. La primera es su diversidad. Aqu&iacute; t&uacute; encuentras desde gente que escribe como si el romanticismo y el modernismo no hubiesen terminado a&uacute;n, hasta autores encendidamente actuales; desde escritores que siguen aferrados a una literatura &ldquo;social&rdquo;, de frontal utilidad pol&iacute;tica, hasta creadores que centran su obra en una est&eacute;tica f&eacute;rrea, densa e indoblegable. A esto debes sumar uno de los hechos m&aacute;s interesantes del presente literario dominicano: la articulaci&oacute;n de una corriente creadora que viene de fuera, facturada por autores dominicanos insertados en diversas partes del mundo, y que traen, por tanto, elementos nuevos, enriquecedores, sin por ello desligarse del tronco central de preocupaciones y experiencias literarias nacionales.</font></font></font></font><br><font color="#000000"><font size="2"><font color="#ff0000"><font color="#000000">Esto &uacute;ltimo es doblemente importante porque creo que ahora mismo la literatura dominicana cumple un proceso que le est&aacute; permitiendo desbordar definitivamente el cerrado localismo que ha atenazado durante mucho tiempo a gran cantidad de sus creadores y de sus pensadores. Entre los escritores m&aacute;s maduros hay notables (aunque contados) ejemplos de una literatura que se emplaza firmemente en lo esencial dominicano, pero al mismo tiempo es capaz de dialogar con la literatura y los lectores de cualquier parte del mundo. Sin embargo, desde mi punto lo m&aacute;s interesante est&aacute; viniendo de escritores que todav&iacute;a no han alcanzado los cuarenta a&ntilde;os, o que rondan esa edad, y que est&aacute;n trabajando con mucha soltura, entrega y logros. Me reservo los nombres porque esto no es un carnaval de simpat&iacute;as ni tengo la intenci&oacute;n alimentar el ego a nadie. Cada cual sabe en qu&eacute; anda empe&ntilde;ado.</font></font></font></font><br><font color="#000000"><font size="2"><font color="#ff0000"><font color="#000000">Como ha ocurrido en las &uacute;ltimas d&eacute;cadas, los mayores logros siguen ocurriendo a la sombra de la poes&iacute;a y el cuento. Los &eacute;xitos de la novela son espor&aacute;dicos y distanciados, algo que no parece en v&iacute;as de cambiar, a menos que se abran espacios para que los escritores puedan trabajar de forma m&aacute;s constante y profesional sobre su obra. O esos espacios se construyen o la literatura que se hace en el pa&iacute;s puede quedar en desventaja frente al n&uacute;mero cada vez mayor de escritores dominicanos que s&iacute; van logrando insertarse en la estabilidad del medio acad&eacute;mico norteamericano.</font></font></font></font><br><br><font color="#000000"><font size="2"><font color="#ff0000"><font color="#000000">L. D.: &iquest;Qu&eacute; echas de menos en la narrativa dominicana?</font></font></font></font><br><br><font color="#000000"><font size="2"><font color="#ff0000"><font color="#000000">F. P.: Sentido del humor. Muchos de los narradores dominicanos se toman su trabajo demasiado en serio, intentan mantener en escena un concepto obsoleto de erudici&oacute;n y del intelectual, una pose elitista que tiene larga data en el pa&iacute;s y que la mejor narrativa latinoamericana sepult&oacute; en la segunda mitad del siglo XX. La narrativa que no sabe jugar desaprovecha una infinidad de posibilidades en la fabulaci&oacute;n, sobre todo en un momento donde la parodia, la iron&iacute;a, el pastiche, la hibridaci&oacute;n de las formas y los estilos, la ficci&oacute;n libre y desbocada han dado la &uacute;ltima estocada al viejo realismo narrativo.</font></font></font></font><br><br><font color="#000000"><font size="2"><font color="#ff0000"><font color="#000000">L. D.: &iquest;Y la literatura cubana?</font></font></font></font><br><br><font color="#000000"><font size="2"><font color="#ff0000"><font color="#000000">F. P.: Confieso que, cuando digo literatura cubana, siento un estremecimiento molesto, la sensaci&oacute;n de que no s&eacute; a qu&eacute; me refiero con exactitud. El dilatado proceso revolucionario cubano ha provocado una di&aacute;spora que ya sobrepasa los dos millones de personas, entre ellas numeros&iacute;simos escritores que se encuentran diseminados por el mundo, algo que la mayor de las Antillas no conoci&oacute; antes. &iquest;C&oacute;mo s&eacute; que un escritor cubano en Australia o Egipto no public&oacute; en la d&eacute;cada pasada o tiene guardado desde hace veinte a&ntilde;os el original de una novela genial, que marcar&aacute; las letras espa&ntilde;olas en los pr&oacute;ximos cincuenta siglos? Esta dispersi&oacute;n est&aacute; cambiando la fisonom&iacute;a de la literatura cubana y cambiar&aacute; su valoraci&oacute;n en el futuro. Para resumirte: La literatura cubana es hoy un corpus disperso y difuso, cuyos l&iacute;mites resultan muy dif&iacute;ciles de precisar; ese corpus debi&oacute; encontrar su n&uacute;cleo de contacto y concentraci&oacute;n en la isla, pero los prejuicios y los dogmatismos pol&iacute;ticos no han permitido que tal cosa ocurra. As&iacute;, cualquier aseveraci&oacute;n al respecto debe de ser tomada como provisional.</font></font></font></font><br><br><font color="#000000"><font size="2"><font color="#ff0000"><font color="#000000">L. D.: &iquest;Por qu&eacute; la literatura cubana es m&aacute;s conocida internacionalmente que la dominicana? &iquest;Acaso tiene mayor calidad?</font></font></font></font><br><br><font color="#000000"><font size="2"><font color="#ff0000"><font color="#000000">F. P.: Voy a comenzar por el final de tu pregunta. Me niego a considerar la literatura como una carrera de caballos. &iquest;Con qu&eacute; criterios (literarios, los de otra naturaleza no me importan) puede alguien establecer certeramente que la literatura del tal pa&iacute;s (enraizada en una circunstancia, en un sistema social y en una tradici&oacute;n est&eacute;tica dados) es mejor que la de aquel otro pa&iacute;s? Muchos escritores se la pasan midiendo en qu&eacute; lugar del ranking literario nacional o internacional se encuentran, lo que me parece una soberana tonter&iacute;a. La literatura, a cualquier nivel, es un tejido de sensaciones y sentidos en el que cada hebra (es decir, cada obra) tiene algo que decir... por mala que sea. Lo otro son especulaciones de far&aacute;ndula, reconocimientos oficiales y mayormente vac&iacute;os, clasificaciones de cr&iacute;ticos c&oacute;modos y profesores aburridos. No s&eacute; ni me interesa saber en qu&eacute; lugar del ranking de los cuentistas se encuentran ubicados Lino Nov&aacute;s Calvo o Jos&eacute; Luis Gonz&aacute;lez, pero el impacto que me causaron cuentos como &ldquo;La noche de Ram&oacute;n Yend&iacute;a&rdquo; o &ldquo;Vecinos&rdquo; es algo que formar&aacute; parte de mi vida para siempre y que nadie me puede quitar. Eso es la literatura y para eso sirve.</font></font></font></font><br><font color="#000000"><font size="2"><font color="#ff0000"><font color="#000000">El reconocimiento internacional es otra cosa. Para no ser injustos, habr&iacute;a que estudiar cuidadosamente por qu&eacute; la literatura cubana ha tenido m&aacute;s reconocimiento internacional que la dominicana. Mientras eso ocurre, examinemos algunas aristas del problema. Creo que la literatura cubana fue mejor conocida internacionalmente desde el siglo XIX (Mart&iacute;, Casal, Villaverde) y en los primeros cincuenta a&ntilde;os del siglo XX (Carpentier, Guill&eacute;n, Lezama). Para la segunda mitad del siglo pasado, es posible que la literatura cubana (y el arte en general) se haya beneficiado de las miradas atra&iacute;das por la revoluci&oacute;n y el extendido conflicto que el gobierno de la isla ha protagonizado con los Estados Unidos. Pero, a fuer de honestos, debemos reconocer que no basta con atraer las miradas: hay que mostrar algo que las cautive. Quiero decir que no basta, por ejemplo, con que el proceso revolucionario cubano haya llamado la atenci&oacute;n durante los sesenta sobre el reverdeciente cine cubano, es necesario tambi&eacute;n que aparezcan directores como Guti&eacute;rrez Alea, Humberto Sol&aacute;s o Fernando P&eacute;rez (para llegar hasta hoy) y obras como Memorias del subdesarrollo, Luc&iacute;a o Suite Habana.</font></font></font></font><br><font color="#000000"><font size="2"><font color="#ff0000"><font color="#000000">Ahora, al menos los escritores que residen en Cuba han contado con un sistema de instituciones que los ha ayudado a proyectarse internacionalmente. Desde el sistema escolar, extendido y asequible en todos sus niveles; pasando por editoriales y editores profesionales que se encargan del procesamiento de las obras; hasta llegar a instituciones y publicaciones peri&oacute;dicas de amplio rango internacional, que extienden su trabajo hacia el mundo y organizan gran cantidad de eventos dentro y fuera de Cuba (concursos incluidos). Todo esto ha hecho m&aacute;s visibles a los escritores cubanos residentes en la isla (y, a veces, por contraposici&oacute;n, a los exiliados), les ha permitido a muchos capitalizar las oportunidades m&aacute;s all&aacute; de las fronteras nacionales y hacer carrera. Algunos han logrado llamar la atenci&oacute;n incluso en raz&oacute;n de ser discriminados por las instituciones oficiales cubanas.</font></font></font></font><br><font color="#000000"><font size="2"><font color="#ff0000"><font color="#000000">La Rep&uacute;blica Dominicana, que es uno de los pa&iacute;ses m&aacute;s abiertos del continente y, por tanto, tiene especiales oportunidades para internacionalizar a sus escritores, no ha contado con ese sistema de instituciones, con esos espacios y oportunidades. S&uacute;male a esto las dificultades para concentrarse en el trabajo creador de que habl&aacute;bamos antes, y quiz&aacute;s tengas algunas razones de peso para explicar la lentitud con que la literatura dominicana ha trascendido sus fronteras nacionales.</font></font></font></font><br><br><br><font color="#000000"><font size="2"><font color="#ff0000"><font color="#000000">L. D.: &iquest;Qui&eacute;n es Jos&eacute; Manuel Fern&aacute;ndez Peque&ntilde;o?</font></font></font></font><br><br><br><font color="#000000"><font size="2"><font color="#ff0000"><font color="#000000">F. P.: &iquest;Y yo qu&eacute; s&eacute;? Para tratar de definirme, tendr&iacute;a que hacerlo a trav&eacute;s de la mirada de los otros, y entonces mucho me temo que habr&iacute;a tantos yo como personas me ven. Si tuviera que escoger, me quedar&iacute;a con la opini&oacute;n de una persona que, para demostrar a qu&eacute; extremos de la tonter&iacute;a era posible llegar, le dijo a otra: &ldquo;F&iacute;jate que, por tal de escribir, Peque&ntilde;o est&aacute; dispuesto a vivir debajo de un puente&rdquo;. Tiene toda la raz&oacute;n.</font></font></font></font></div><font color="#000000"><br></font><br><div align="left"></div></div></div><div align="left"></div></div><br><hr size="1"><br/>]]></description></item><item><title>Ensayo</title><link>http://jfp.wetpaint.com/page/Ensayo</link><author>jfp</author><guid isPermaLink="false">http://jfp.wetpaint.com/page/Ensayo</guid><pubDate>Mon, 28 Jan 2008 11:20:39 CST</pubDate><description><![CDATA[ 			   <br><br><b><font color="#ff0000">Entrevista de Pedro Antonio Valdez a JFP.</font></b><br><br><font size="2">Jos&eacute; Manuel Fern&aacute;ndez Peque&ntilde;o, ciudadano de origen cubano y radicado en Santo Domingo, ha publicado un libro, En el esp&iacute;ritu de las islas, que trata sobre la vida y obra de Max Henr&iacute;quez Ure&ntilde;a. El autor ha aprovechado con acuciosidad las fuentes bibliogr&aacute;ficas sobre Max que se conservan en Cuba y que incluyen archivos personales, as&iacute; como otros materiales ubicados en Rep&uacute;blica Dominicana y Estados Unidos. Tras leer el libro, nos asalta una triste impresi&oacute;n: los dominicanos conocemos muy poco de Max Henr&iacute;quez Ure&ntilde;a, al punto de que nuestros estudiosos se han referido a &eacute;l con una reprochable ligereza. He convenido hacer una serie de preguntas y comentarios a Fern&aacute;ndez Peque&ntilde;o sobre asuntos concernientes a su libro.<br><br>PEDRO ANTONIO VALDEZ. En varias entrevistas le han preguntado a usted acerca de qu&eacute; lo motiv&oacute; a realizar este estudio sobre Max. Aqu&iacute; no ser&aacute; la excepci&oacute;n. As&iacute; que, para informar al respetable, &iquest;podr&iacute;a decirnos en qu&eacute; se inspir&oacute; para hacer esta investigaci&oacute;n? <br><br>FERN&Aacute;NDEZ PEQUE&Ntilde;O. Le confieso que de momento me sent&iacute; como uno de esos exitosos compositores de m&uacute;sica comercial a los que siempre les preguntan qu&eacute; les inspir&oacute; tal o cual canci&oacute;n. &iquest;Se imagina la liviana superficialidad de ser famoso, solvente y despreocupado, en lugar de machacarse los dedos frente a la pantalla del computador en homenaje a la literatura; dedicarse a posar para los fan&aacute;ticos, trasnochar y escribir tonaditas de &ldquo;si te vas me muero&rdquo; o &ldquo;c&oacute;mo voy a vivir sin ti&rdquo;? Y luego, lo mejor, que hasta los presidentes te reciban. &iexcl;Qu&eacute; envidia! Pero nada, a lo nuestro. Mientras estudiaba Letras en la Universidad de Oriente escuch&eacute; innumerables veces a ese extraordinario profesor que es Ricardo Repilado hablar de los Henr&iacute;quez Ure&ntilde;a y en particular de Max. Repilado, descendiente de puertoplate&ntilde;os &eacute;l mismo, hab&iacute;a vivido de muchacho frente a los Henr&iacute;quez en Santiago de Cuba y ten&iacute;a muy v&iacute;vidos recuerdos de tan notable familia. En 1983, cuando fund&eacute; junto a Joel James la revista Del Caribe, ped&iacute; al maestro que recogiera esas memorias, cosa que hizo en un texto que ha sido publicado numerosas veces desde aquella &eacute;poca, &ldquo;Los Henr&iacute;quez que yo conoc&iacute;&rdquo;. En ese a&ntilde;o de 1983 la profesora Dioni Dur&aacute;n, que realizaba su doctorado en Alemania, me propuso hacer algo para conmemorar en Cuba el centenario de Pedro Henr&iacute;quez Ure&ntilde;a. As&iacute; fue como celebramos en Santiago de Cuba un a&ntilde;o despu&eacute;s un coloquio sobre Pedro, Max y Camila al que asistieron intelectuales de todo el pa&iacute;s. Mi intervenci&oacute;n, claro, gir&oacute; en torno al colosal trabajo de animaci&oacute;n cultural que despleg&oacute; Max Henr&iacute;quez Ure&ntilde;a en Santiago de Cuba desde 1904 hasta 1931. Luego continu&eacute; desempolvando archivos e inquietando bibliotecas hasta que publiqu&eacute; en 1989 un peque&ntilde;o ensayo bajo el t&iacute;tulo de Periplo santiaguero de Max Henr&iacute;quez Ure&ntilde;a. A finales de 1998, cuando ya hab&iacute;a decidido asentarme en los lares dominicanos, Andr&eacute;s L. Mateo habl&oacute; de esos trabajos a Di&oacute;genes C&eacute;spedes y este &uacute;ltimo me solicit&oacute; cuatro art&iacute;culos sobre el tema para su p&aacute;gina cultural de El Siglo. La lectura de esos textos impuls&oacute; al historiador Orlando Inoa a proponerme ampliar aquel peque&ntilde;o ensayo sobre Max, ahora con el aporte de la bibliograf&iacute;a dominicana. Acept&eacute; porque en ese momento los trabajos para instalarme en el pa&iacute;s y traer a mi familia no me permit&iacute;an escribir narrativa ni pensar en alg&uacute;n ensayo nuevo, as&iacute; que bien pod&iacute;a dedicarme a abrir un poco las l&iacute;neas de aquella b&uacute;squeda y llevar el ensayo hasta ciento y pico de p&aacute;ginas. La verdad, nunca me hab&iacute;a preguntado qu&eacute; inspiraba todos esos trabajos. Acorde con el aprecio que en Cuba se tiene por la labor de Max Henr&iacute;quez Ure&ntilde;a, daba por sentado que su vocaci&oacute;n intelectual y su obra merec&iacute;an mucho m&aacute;s que eso. Despu&eacute;s de reiniciadas las pesquisas y los estudios, ac&aacute; en Santo Domingo, me fui &ldquo;inspirando&rdquo; de verdad, pasando de una meta a la otra, enamor&aacute;ndome de la tarea, en la misma medida que tomaba conciencia de que el intelectual Max Henr&iacute;quez Ure&ntilde;a era pr&aacute;cticamente un desconocido para la masa lectora de su pa&iacute;s. Y aqu&iacute; estamos, cuatro a&ntilde;os despu&eacute;s y con un libro de cuatrocientas veinte p&aacute;ginas. Uff, sigo creyendo que el oficio de escribir cancioncitas melosas hubiera resultado mejor negocio.<br><br>PAV. De su estancia en Cuba, Max pas&oacute; una buena parte en Santiago. All&iacute; realiz&oacute; trabajos de transformaci&oacute;n social y fue aceptado sin remilgos. Sin embargo, durante sus estancias en La Habana lleg&oacute; a sufrir los prejuicios &ldquo;citadinos&rdquo; de los capitale&ntilde;os. En cierta medida, puedo imaginarlo como un provinciano. D&eacute;jeme explicar lo de provinciano: desde la instauraci&oacute;n de la Rep&uacute;blica y hasta bien entrado el siglo XX, en nuestro pa&iacute;s los ayuntamientos y las instituciones sociales, debido a la inestabilidad general del pa&iacute;s y a la dif&iacute;cil comunicaci&oacute;n con la capital, ten&iacute;an a su cargo el manejo de la educaci&oacute;n y el desarrollo urbano. Entonces se daba el caso de intelectuales que, al igual que Max en Santiago de Cuba, sumaban a sus preocupaciones conceptuales un trabajo de campo para elevar el nivel de vida de los municipios en que viv&iacute;an. &iquest;Se daba en Cuba una situaci&oacute;n semejante?<br><br>FP. Bueno, no creo que Max Henr&iacute;quez Ure&ntilde;a fuera percibido como un provinciano, ni siquiera en La Habana, que es una ciudad orgullosa, con una larga tradici&oacute;n cosmopolita y una suerte de narcisismo justificado por su belleza, potente personalidad y riqueza de otro tiempo. La cultura, inteligencia, desenvoltura y capacidad de convocatoria que acompa&ntilde;aron al tercero de los Henr&iacute;quez Ure&ntilde;a desde la adolescencia hac&iacute;an imposible tal apreciaci&oacute;n. Como si ya por entonces supiera lo que iba a ser su extenso vagar por much&iacute;simos pa&iacute;ses, Max Henr&iacute;quez Ure&ntilde;a se mov&iacute;a con la soltura de un ciudadano del mundo y, claro, la informaci&oacute;n que pose&iacute;a sobre la actualidad cultural de las regiones m&aacute;s ins&oacute;litas sustentaba con creces esa postura. Adem&aacute;s, los Henr&iacute;quez cre&iacute;an de veras en la patria com&uacute;n antillana y en la identidad cultural hispanoamericana, ese credo lo bebieron con sus primeras leches y sobre &eacute;l sustentaban lo m&aacute;s hondo de su proyecci&oacute;n intelectual. Al contrario, en las dos ocasiones que se intent&oacute; discriminar a Max Henr&iacute;quez Ure&ntilde;a en La Habana, se debi&oacute; a temor frente a sus capacidades y por la competencia que significaba; sin armas m&aacute;s honestas que oponerle, se ech&oacute; mano entonces a la acusaci&oacute;n de &ldquo;extranjero&rdquo;, algo que ocurre en todas partes y, lamentablemente, al parecer tambi&eacute;n en estos tiempos de supuesta globalizaci&oacute;n. Sin pretender ni de lejos compararme con Max, &iquest;cree usted que esas cosas no me han ocurrido ac&aacute;, en Santo Domingo? Ahora, su pregunta ten&iacute;a una segunda parte referida a la capital y la provincia en Cuba, &iquest;c&oacute;mo era?<br><br>PAV. Tiene que ver con las diferencias entre La Habana y Santiago de Cuba, que salen a colaci&oacute;n en una parte del libro. &iquest;Podr&iacute;a decirnos si eso provoc&oacute; sustanciales criterios diferenciales entre los intelectuales habaneros y provincianos de aquella &eacute;poca?<br><br>FP. Por supuesto que s&iacute;. Las tensiones entre La Habana y el oriente de Cuba han sido muy fuertes siempre. No debe olvidar, amigo m&iacute;o, que Cuba es una isla larga y que hasta 1912, en que se inaugur&oacute; el ferrocarril central, el viaje de un extremo al otro se hac&iacute;a en barcos de cabotaje. Precisamente cuando Max Henr&iacute;quez Ure&ntilde;a llega a Santiago de Cuba, en 1904, se est&aacute; incubando en esa ciudad, Guant&aacute;namo y Manzanillo, todas del oriente cubano, el movimiento posmodernista, que se propuso rescatar la poes&iacute;a nacional del marasmo reiterativo y la pobreza en que hab&iacute;a ca&iacute;do tras la desaparici&oacute;n de Mart&iacute;, Casal, la Avellaneda, etc. Como poeta y como cr&iacute;tico, Max vive la osad&iacute;a con que Regino E. Boti, Jos&eacute; Manuel Poveda y otros j&oacute;venes desafiaron ruidosamente a los santones de la cultura y a los repartidores de prestigio literario desde las instituciones capitalinas, al frente de un movimiento que buscaba (y logr&oacute;) actualizar la poes&iacute;a nacional desde la provincia. Fue esa una de las contiendas po&eacute;ticas m&aacute;s sonadas que hayan ocurrido en Cuba y fue Max Henr&iacute;quez Ure&ntilde;a uno de los poqu&iacute;simos cr&iacute;ticos que alent&oacute; y apoy&oacute; el movimiento, lo que le vali&oacute; no pocos ataques, como puede leerse en el cap&iacute;tulo segundo de mi libro. Esas diferencias capital-provincia (que en Cuba pueden ser ubicadas con mayor propiedad en oriente-occidente) han tenido una extraordinaria pertinencia a lo largo de nuestra historia y se mantienen con una fuerza tremenda hoy, a pesar de la movilidad social que ha significado el proceso revolucionario cubano a lo largo de cuatro d&eacute;cadas. Tan distintos fueron los formantes, las circunstancias y los modos en que cuajaron las peculiares fisonom&iacute;as de esas regiones, que mantienen rasgos diferenciales muy claros, aun en una isla peque&ntilde;a como Cuba. Pero ese es un tema largo y lleno de recovecos.<br><br>PAV. Usted nos recuerda que hace m&aacute;s o menos un siglo, un caribe&ntilde;o o un latinoamericano no sol&iacute;a ser visto como un extra&ntilde;o en cualquier parte de la regi&oacute;n. Juan Bosch lleg&oacute; a aclarar eso, y en una carta Francisco Henr&iacute;quez y Carvajal se refiere a Federico Garc&iacute;a-Godoy en estos t&eacute;rminos: &laquo;...se distingui&oacute; en las letras, escribi&oacute; novelas y ensayos cr&iacute;ticos, y figura como uno de los escritores dominicanos&raquo;. Luego dej&oacute; de ser as&iacute;. &iquest;No cree que aquel tipo de integraci&oacute;n se deb&iacute;a al hecho de que los proyectos sociopol&iacute;ticos que defin&iacute;an los contextos nacionales no estaban a&uacute;n suficientemente solidificados?<br><br>FP. Puede ser, aunque no perdamos de vista que los proyectos sociopol&iacute;ticos en cualquier contexto nacional est&aacute;n en un perpetuo estado de evoluci&oacute;n y cambio. Si se solidifican en alg&uacute;n momento, eso significar&iacute;a la muerte. Los que han cambiado (y muy dr&aacute;sticamente) son el contexto geopol&iacute;tico y las l&iacute;neas de pertenencia de nuestros pa&iacute;ses en todos los renglones de la vida social. Si un dominicano no era percibido como extra&ntilde;o en el suroriente cubano por la &eacute;poca en que Max lleg&oacute; a Santiago de Cuba, se deb&iacute;a a los estrech&iacute;simos lazos de patria com&uacute;n que se hab&iacute;an forjado entre ambas regiones a lo largo de siglos. No olvide que el sistema de flotas monopoliz&oacute; el comercio colonial en La Habana y ningune&oacute; a los habitantes del oriente cubano, que se lanzaron a un fren&eacute;tico comercio de contrabando con la regi&oacute;n antillana. Imag&iacute;nese cu&aacute;n fluido ser&iacute;a el intercambio en el caso de la Espa&ntilde;ola que, a la cercan&iacute;a geogr&aacute;fica, sumaba un sentido de cultura com&uacute;n a partir de componentes &eacute;tnicos y actores sociales y a veces hasta circunstancias parecidas. Lo que acerca o aleja a los pa&iacute;ses, lo que crea esa sensibilidad de patria com&uacute;n son las metas compartidas, la necesidad de recorrer juntos los caminos del presente que acicatean a las personas de ambos lados. Lamentablemente, la regi&oacute;n caribe&ntilde;a ha sido duramente balcanizada por el &eacute;xito de los procesos imperiales que estaban en redefinici&oacute;n a principios de aquel siglo XX, los mismos que hundieron a Max Henr&iacute;quez Ure&ntilde;a en el m&aacute;s profundo conservadurismo durante la tercera d&eacute;cada de esa centuria. Hoy las antiguas colonias francesas o inglesas del &aacute;rea siguen mirando hacia Par&iacute;s o Londres, y Estados Unidos ha logrado desarticular por completo la comunidad de las Antillas de lengua espa&ntilde;ola. El libre ir y venir de personas entre la Rep&uacute;blica Dominicana y el oriente cubano sufri&oacute; serios controles durante la dictadura trujillista y qued&oacute; totalmente abolido luego del triunfo revolucionario de 1959 en Cuba. Es decir, casi los setenta a&ntilde;os finales del siglo pasado. En su lugar, durante las &uacute;ltimas d&eacute;cadas de esa centuria se produjo una importante migraci&oacute;n desde nuestros pa&iacute;ses hacia las metr&oacute;polis, lo que act&uacute;a (para bien o para mal) como un v&iacute;nculo s&oacute;lido y vivo, como una reorientaci&oacute;n de aquel ir y venir a que me refer&iacute;a. Mire, salvo el Festival de la Cultura Caribe&ntilde;a de Santiago de Cuba, los m&aacute;s grandes y sostenidos festivales de la cultura del Caribe ocurren ahora mismo en ciudades de Inglaterra, Francia, Estados Unidos o Canad&aacute;. Observe usted el desvelo con que nuestros pa&iacute;ses luchan por alcanzar tratados comerciales o hacerse simp&aacute;ticos frente a Estados Unidos y otras potencias, mientras les cuesta Dios y ayuda encontrar espacios comunes para concertarse con las naciones de su regi&oacute;n. En fin, nuestros pa&iacute;ses se desconocen cada d&iacute;a m&aacute;s y aquel discurso antillanista se ha estancado en la ret&oacute;rica pol&iacute;tica de ocasi&oacute;n.<br><br>PAV. Federico Garc&iacute;a-Godoy, el intelectual antes mencionado, fund&oacute; uno de aquellos &laquo;centros de patriotas&raquo; que dieron una respuesta a la invasi&oacute;n yanqui de 1916. Fue la Sociedad Patria. Usted no la menciona, pero creo que se trat&oacute; de un buen ejemplo de c&oacute;mo los proyectos antimperialistas se organizaron fuera de la capital.<br><br>FP. Federico Garc&iacute;a-Godoy es un ejemplo, entre muchos, de aquel intercambio dom&iacute;nico-cubano al que nos refer&iacute;amos antes. Mi acercamiento en el libro al formidable movimiento nacionalista que se puso en marcha luego de 1916 para lograr la desocupaci&oacute;n de la Rep&uacute;blica Dominicana ten&iacute;a el objetivo de situar la actuaci&oacute;n de los Henr&iacute;quez Ure&ntilde;a en su seno, precisar la resonancia hist&oacute;rica y cultural de los resultados que arroj&oacute; aquella jornada y, principalmente, esclarecer la enorme influencia que todo ello iba a echar sobre la evoluci&oacute;n ideol&oacute;gica y la vida en general de Max Henr&iacute;quez Ure&ntilde;a. Para &eacute;l esos acontecimientos significaron un parteaguas, dividieron su vida en dos. Sin tomar en cuenta esto, es muy dif&iacute;cil estudiar su actuaci&oacute;n posterior y, por supuesto, su respuesta al llamado de Trujillo en 1931. Como los Henr&iacute;quez Ure&ntilde;a se desenvolvieron todo el tiempo dentro de la Comisi&oacute;n Nacionalista Dominicana en el extranjero, no hago precisiones en torno al movimiento que se desarroll&oacute; con acentuada potencia dentro del pa&iacute;s. En cuanto a la &iacute;ndole provinciana de proyectos semejantes, no ser&iacute;a nada raro ni exclusivo de la Rep&uacute;blica Dominicana. A lo largo de su historia, los verdaderos procesos revolucionarios en Cuba han transitado desde oriente hacia occidente. Incluso hoy parece demostrado con toda pertinencia que la nacionalidad cubana fragu&oacute; en los llanos de la antigua provincia oriental. Ahora, volviendo a la jornada nacionalista dominicana, hay mucha documentaci&oacute;n sobre ella: libros de memorias, correspondencia, papeles en diversos archivos, aproximaciones hist&oacute;ricas, incluso obras narrativas, y as&iacute;. Sin embargo, siento que falta el estudio definitivo del movimiento que dentro del pa&iacute;s se opuso a la intervenci&oacute;n, un movimiento diverso, armado de aut&eacute;ntico empuje pero tambi&eacute;n lleno de contradicciones y desuniones de todo tipo. Es decir, no fue un movimiento tan &ldquo;puro&rdquo; ni tan &ldquo;simple&rdquo; como a veces se ha querido ver. Ser&iacute;a deseable una investigaci&oacute;n parecida a la que realiz&oacute; Bruce Calder en los archivos norteamericanos, pero que esta vez se concentrara sin prejuicios y con firme criterio intelectual en aquel impactante movimiento antimperialista. <br><br>PAV. Por cierto, deme un chance para mostrar al respetable esta frase actual de Regino E. Boti, contenida en una carta a Max y que usted cita en el libro: &laquo;...los verdaderos extranjeros, los que ni son latinoamericanos ni quieren a esta tierra, gozan de las simpat&iacute;as de unos y de las lisonjas otros&raquo;. Es incre&iacute;ble que casi un siglo despu&eacute;s ese criterio se mantenga inmutable, aplicable a la gente que en nuestros pa&iacute;ses dirigen las multinacionales, por ejemplo...<br><br>FP. Ojal&aacute; y fuera s&oacute;lo a quienes dirigen multinacionales. Somos pa&iacute;ses pobres, peque&ntilde;os y zarandeados por una adversa historia imperial de depredaci&oacute;n y bandidaje, una historia que vive ahora mismo un per&iacute;odo de impunidad y virulencia terribles. No creo que el poeta de inteligencia brillante que fue Regino E. Boti llegara a suponer la profundidad prof&eacute;tica que ten&iacute;a su frase. Cada d&iacute;a se ve m&aacute;s entre nosotros esa actitud que se embelesa con sumisi&oacute;n absoluta frente a los brillos que gui&ntilde;an desde los medios domesticados por la riqueza y el poder&iacute;o, mientras desprecian a sus semejantes porque ellos les recuerdan esa parte despreciable de s&iacute; mismos que tratan de disfrazar. No lo dude, vivimos el triunfo de todas las superficialidades, del pragmatismo m&aacute;s envilecedor, la c&oacute;moda dictadura de los objetos, un mundo donde hablar de dignidad, &eacute;tica y soberan&iacute;a resulta casi obsoleto. &iquest;Qu&eacute; hacer? No s&eacute;, tras el agotamiento de los grandes proyectos colectivos que antes ilusionaron nuestros sue&ntilde;os, siento que por ahora s&oacute;lo nos queda escribir todo lo bien y todo lo honestamente que podamos. Escribir sobre el ser humano en sus infinitas dimensiones, que para eso nacimos escritores.<br><br>PAV. Como secretario de su padre, Francisco Henr&iacute;quez y Carvajal, Max se inmiscuy&oacute; en la reacci&oacute;n dominicana contra la ocupaci&oacute;n yanqui de 1916. Me interesa la opini&oacute;n que Max, en consonancia con la mayor&iacute;a de los pol&iacute;ticos e intelectuales de aquella &eacute;poca, ten&iacute;a sobre el movimiento armado de los gavilleros. &Eacute;l explicaba que los gavilleros eran gente inculta y carente de organizaci&oacute;n general, que s&oacute;lo por la presi&oacute;n de los invasores hac&iacute;an operaciones enajenadas y criminales. Resulta curioso que el impulso de los gavilleros respondiera precisamente a esa emotividad sicol&oacute;gica, natural, que en la concepci&oacute;n de Federico Garc&iacute;a-Godoy da consistencia al patriotismo; sin embargo, los intelectuales menospreciaban esa experiencia guerrillera y se aferraban a respuestas diplom&aacute;ticas que en muchos casos beneficiaban la acci&oacute;n interventora. Creo que se trata de un primer momento importante en que el pensamiento intelectual avanz&oacute; contra las ambiciones democr&aacute;ticas del dominicano com&uacute;n...<br><br>FP. Max concibe expl&iacute;citamente a los gavilleros en Los Estados Unidos y la Rep&uacute;blica Dominicana (1918) como una respuesta justificada por los m&eacute;todos brutales que empleaban los yanquis, lo que ya era al menos concederles una raz&oacute;n. La avanzada intelectual del nacionalismo dominicano (y me refiero sobre todo a la que se movi&oacute; en el ala conservadora de la Comisi&oacute;n Nacionalista en el extranjero, capitaneada por Francisco Henr&iacute;quez y Carvajal) no estaba lista para aceptar los alzamientos campesinos del este como parte de su lucha por varias razones. Primera, toda su actividad parti&oacute; del convencimiento de que la lucha armada contra la ocupaci&oacute;n era un suicidio y por eso se aferraron a un enfrentamiento civil y legalista; de esa posici&oacute;n a ver los alzamientos como entorpecedores de las gestiones diplom&aacute;ticas cerca del gobierno norte&ntilde;o, va s&oacute;lo un paso. Segunda, cre&iacute;an que el caudillismo dominicano hab&iacute;a abierto las puertas al interventor y que la gesti&oacute;n nacionalista deb&iacute;a de perseguir no s&oacute;lo la desocupaci&oacute;n con la mayor honra posible para el pa&iacute;s, sino tambi&eacute;n el ordenamiento de sus estructuras econ&oacute;micas, sociales, jur&iacute;dicas, etc., de modo que el caudillismo no encontrara espacio y el flagelo del desorden y de las guerras civiles terminara; y, para ellos, los alzamientos campesinos eran instintivas y desorganizadas expresiones de ese caudillismo dominicano que deb&iacute;a de ser erradicado. Tercera, muchos de estos hombres eran arielistas en su versi&oacute;n dominicana, que fue una de las m&aacute;s virulentas en el continente y que se acopl&oacute; de maravillas con un elitismo liberal de mucho arraigo; seg&uacute;n ellos, si soluci&oacute;n hab&iacute;a al conflicto dom&iacute;nico-norteamericano, estaba por mandato natural en manos de la elite culta y capaz del pa&iacute;s. As&iacute; pues, eran hombres que no estaban listos para entender las &ldquo;ambiciones democr&aacute;ticas&rdquo; como usted las concibe. Ahora, tambi&eacute;n es muy importante no idealizar el gavillerismo y su capacidad de oposici&oacute;n, tomando como referencia experiencias b&eacute;licas posteriores, como la de Vietnam, o de luchas guerrilleras exitosas, como la de Cuba a fines de los cincuenta. Un investigador atinado como Bruce Calder llega a decir que al gavillerismo s&oacute;lo le falt&oacute; la aparici&oacute;n de su Fidel Castro para constituirse en un exitoso acontecimiento guerrillero, lo que me parece excesivo y descontextualizado, como m&iacute;nimo. <br><br>PAV. De hecho, en la segunda d&eacute;cada del siglo XX, algunos dominicanos ten&iacute;an la impresi&oacute;n de que moralmente el pueblo dominicano hab&iacute;a descendido en el orden patri&oacute;tico, considerando la fuerte reacci&oacute;n que hab&iacute;a tenido durante la anexi&oacute;n a Espa&ntilde;a. &iquest;No ser&iacute;a Max un ejemplo de esa supuesta desmoralizaci&oacute;n patri&oacute;tica?<br><br>FP. Usted sabe tan bien como yo que en los pueblos j&oacute;venes (como ocurre con cualquier adolescente com&uacute;n) cobra fuerza con frecuencia una pesimista mirada autocompasiva y autoincrinatoria, de desconfianza hacia la propia configuraci&oacute;n y sus posibilidades de realizaci&oacute;n &oacute;ptima. Frente a la cruzada nacionalista, me parece injusto hablar de &ldquo;desmoralizaci&oacute;n patri&oacute;tica&rdquo;. Mire, no me gustan esas comparaciones c&oacute;modas, que nos sirven un juicio r&aacute;pido y lapidario. Ahora, si algunos (o muchos) en la inmediatez de aquel momento pudieron pensar as&iacute;, nosotros tenemos la ventaja de una perspectiva m&aacute;s distanciada y al menos debemos reconocer que las circunstancias y los actores eran muy diferentes en la anexi&oacute;n espa&ntilde;ola del XIX y en la ocupaci&oacute;n norteamericana de 1916. Hoy es nuestra obligaci&oacute;n buscar en qu&eacute; acertaron y en qu&eacute; se equivocaron aquellos hombres. Y ciertamente podemos tildarlos de elitistas, podemos reprocharles que no creyeran en las mayor&iacute;as pobres del pa&iacute;s (sobre todo las campesinas), podemos reconocer que buena parte del nacionalismo m&aacute;s radical se aferr&oacute; a la ingenua idea de que los Estados Unidos iban a salir del pa&iacute;s porque ese era un reclamo justo, que se ir&iacute;an tal y como hab&iacute;an llegado y que todo volver&iacute;a a ser como en 1916. Ahora, honestamente, frente al denuedo y la entrega con que largaron su campa&ntilde;a contra la ocupaci&oacute;n, frente a la manera en que muchos de ellos sacrificaron su salud, sus familias y sus propios recursos, me parece impropio hablar de &ldquo;desmoralizaci&oacute;n patri&oacute;tica&rdquo;. Los nacionalistas dominicanos constituyeron un movimiento que no tuvo parang&oacute;n en ninguno de los varios pa&iacute;ses intervenidos durante esos a&ntilde;os por el imperio norteamericano, entonces en expansi&oacute;n. Las contradicciones del movimiento lo llevaron en 1922 a una derrota que ser&iacute;a vital para la historia dominicana del siglo XX, pues permiti&oacute; el regreso del poder a manos de los viejos caudillos y empuj&oacute; a la inmensa mayor&iacute;a de los nacionalistas a seguir la opci&oacute;n Trujillo a partir de 1930. Y ah&iacute; quiz&aacute;s s&iacute; podr&iacute;a hablarse de una &ldquo;desmoralizaci&oacute;n patri&oacute;tica&rdquo;.<br><br>PAV. Mirando los hechos desde una perspectiva actual, parecer&iacute;a que Max se sum&oacute; a una actitud exasperante, en extremo pasiva, un exceso de diplomacia, al punto de que en sus negociaciones parec&iacute;an muy preocupados por no importunar al invasor. &iquest;Cu&aacute;l es su impresi&oacute;n?<br><br>FP. Pac&iacute;fica s&iacute;, pasiva no. Mire, en serio, me gustar&iacute;a que la sociedad dominicana contara hoy con muchos intelectuales del prestigio, la cultura, el empe&ntilde;o antiimperialista y la capacidad de entrega de aquellos &ldquo;pasivos&rdquo;.<br><br>PAV. Ahora voy a necesitar unas explicaciones suyas. Al final del cap&iacute;tulo III, usted dice lo siguiente: &laquo;A&uacute;n hoy, rasgos muy notables del estilo de mando y liderazgo que impusieron los norteamericanos por aquellos a&ntilde;os perviven con toda claridad y poder de determinaci&oacute;n en la pol&iacute;tica dom&eacute;stica&raquo; de nuestro pa&iacute;s. &iquest;Podr&iacute;a usted citar esos rasgos?<br><br>FP. Usted quiere echarme a lo hondo, mi amigo. Pero veamos, al momento de la intervenci&oacute;n ya la Rep&uacute;blica Dominicana hab&iacute;a vivido mucho en t&eacute;rminos de luchas intestinas, agresiones extra&ntilde;as y dictaduras. Dudo, eso s&iacute;, que ninguna dictadura anterior fuera tan brutal como la implantada por los Estados Unidos a partir de noviembre de 1916. De un lado, los interventores crearon los mecanismos f&iacute;sicos e instrumentales para controlar todo el pa&iacute;s, cosa imposible hasta ese momento. Por otra parte, a&uacute;n aquellas obras realizadas por ellos que podemos considerar &ldquo;beneficiosas&rdquo; (en la salubridad, por ejemplo), constituyeron una violenta agresi&oacute;n pues resultaron impuestas con el altanero gesto del dominador, sin tomar en consideraci&oacute;n los h&aacute;bitos, las tradiciones y la cultura del pueblo dominicano. Cuando un imperio invade no s&oacute;lo busca imponer su poder&iacute;o en armas y riquezas, tambi&eacute;n necesita degradar al invadido, hacerlo sentir inferior. Ahora mismo, &iquest;usted cree que el saqueo de los fondos hist&oacute;ricos y la pasividad con que las tropas de ocupaci&oacute;n permitieron el vandalismo en Irak tras la huida de Hussein fueron casuales? Por supuesto que no, son maneras de denigrar al pueblo iraqu&iacute; invadido. Volviendo a la Rep&uacute;blica Dominicana, es un lugar com&uacute;n decir que la intervenci&oacute;n norte&ntilde;a de 1916 a 1924 prefigura lo que ser&aacute; la dictadura de Trujillo, y es cierto. Observe ahora la organizaci&oacute;n pol&iacute;tica actual del pa&iacute;s: la preeminencia absoluta y centralizada del Estado, la imposici&oacute;n del personalismo antes que el convencimiento de los programas, el individuo que sustituye a las instituciones o las minimiza, el funcionario de ordeno, mando y aqu&iacute; el macho soy yo, la creencia de que el buen o mal gobierno se eval&uacute;a por la construcci&oacute;n de obras monumentales... &iquest;A qu&eacute; se parece todo eso?<br><br>PAV. Federico Garc&iacute;a-Godoy -y perdone usted la perfumer&iacute;a municipal- consideraba que la mezcla racial era un problema b&aacute;sico que imped&iacute;a el desarrollo de la naci&oacute;n. M&aacute;s o menos por la misma &eacute;poca, refiri&eacute;ndose al caso de Cuba, Max dice lo contrario y a&ntilde;ade que el problema cubano es de claridad de alma y altura de esp&iacute;ritu. La idea de Garc&iacute;a-Godoy, por supuesto, aqu&iacute; ha sido tanto malinterpretada como combatida. En el caso de Max, &iquest;nos podr&iacute;a explicar qu&eacute; relaci&oacute;n tuvieron esos criterios con la discusi&oacute;n sobre la contextura moral de los cubanos?<br><br>FP. Si bien el tercer hijo de Salom&eacute; compart&iacute;a el criterio hispanocentrista tan en boga entre los dominicanos de entonces a la hora de concebir la cultura hispanoamericana, tom&oacute; distancia de perspectivas que consideraban nuestra mayor virtud cultural (la mezcla racial diversa) como el m&aacute;s grave problema, del cual proven&iacute;an (seg&uacute;n ellos) nuestras lacras y, sobre todo, la imposibilidad de avanzar hasta los niveles alcanzados por otras regiones y razas. En lugar de ese determinismo &eacute;tnico, para Max las claves de nuestra vida nacional violenta y cuajada de irregularidades estaban en las circunstancias hist&oacute;ricas espec&iacute;ficas de cada pa&iacute;s y regi&oacute;n, as&iacute; como en la deficiente educaci&oacute;n de nuestros pueblos, que no permit&iacute;a ensayar m&aacute;s fruct&iacute;feros mecanismos de organizaci&oacute;n pol&iacute;tica. Mejor que lo diga Max con sus palabras: &ldquo;La endemia de las luchas civiles no es causa, sino efecto de las condiciones especiales en que cada pa&iacute;s se desenvuelve. Si algunas rep&uacute;blicas hispano-americanas marchan con lentitud en el camino de la civilizaci&oacute;n, a muchas causas, de muy diversa &iacute;ndole, hay que atribuirlo; y el virus revolucionario, en vez de ser la fuente de ese mal, es tan s&oacute;lo una de sus resultantes&rdquo;. En consonancia con esta forma de pensar, la extraordinaria actividad de promotor cultural y de maestro que despleg&oacute; Max en Cuba entre 1904 y 1931 buscaba la creaci&oacute;n de un entorno m&aacute;s sano y apropiado al desarrollo de las potencialidades del pueblo cubano. Cuando se suma a la pol&iacute;tica cubana con el Partido Nacionalista, en 1922, su mirada est&aacute; puesta en dos puntos que consideraba cruciales: el combate a la corrupci&oacute;n que campeaba en el pa&iacute;s y la necesidad de evitar el peligro norteamericano, tanto a trav&eacute;s de su poder&iacute;o militar como de su penetraci&oacute;n econ&oacute;mica. Ambos eran requerimientos cardinales en el movimiento renovador, potente y heterog&eacute;neo, que en Cuba recorri&oacute; la d&eacute;cada del veinte y termin&oacute; por estallar en la revoluci&oacute;n antimachadista de 1933. Con respecto al asunto racial, debe tomarse en cuenta que el intelectual dominicano se desempe&ntilde;aba en un pa&iacute;s donde, si bien la esclavitud fue una instituci&oacute;n muy poderosa y duradera, tambi&eacute;n la investigaci&oacute;n y el reconocimiento del componente cultural africano comenz&oacute; muy temprano en el siglo XX. Ya en la segunda d&eacute;cada de esa centuria, Fernando Ortiz iniciaba los estudios antropol&oacute;gicos que luego lo har&iacute;an famoso, durante los a&ntilde;os veinte se dieron notables muestras de obras firmadas por escritores y m&uacute;sicos &ldquo;cultos&rdquo; que tematizaban expl&iacute;citamente elementos que proven&iacute;an de las culturas africanas y en 1923 cuaj&oacute; la primera organizaci&oacute;n nacional de intelectuales empe&ntilde;ados en recoger y estudiar el corpus folcl&oacute;rico cubano. La amplitud de miras de Max Henr&iacute;quez Ure&ntilde;a le permiti&oacute; trabajar con Fernando Ortiz tanto en la Instituci&oacute;n Hispano Cubana de Cultura como en la Sociedad Cubana de Folklore.<br><br>PAV. Resulta interesante c&oacute;mo en el cap&iacute;tulo V, donde trata la relaci&oacute;n de Max con el gobierno trujillista, se maneja usted sin apasionamientos maniqueos. Hace lo posible por presentar a Max como un hombre fiel a una forma de pensar. Perd&oacute;neme la fantas&iacute;a, pero creo que si Max estuviera vivo, lo abrazar&iacute;a emocionado por ese punto de vista en particular...<br><br>FP. Ya que no puedo darle las gracias por el abrazo a ese Max imaginario, se las doy a usted. Esas son de las pocas ventajas que tenemos los profesionales de la ficci&oacute;n. La relaci&oacute;n de Max con el gobierno de Trujillo es un asunto espinoso, al que se ha aludido casi siempre hurtando el criterio a trav&eacute;s de generalidades, con la sa&ntilde;a de un despiadado manique&iacute;smo o haci&eacute;ndole el poco favor de echarle un manto de silencio. Yo soy un intelectual, no un pol&iacute;tico, y eso determin&oacute; tanto los objetivos de mi aproximaci&oacute;n como las maneras en que se realiz&oacute;. La pol&iacute;tica pr&aacute;ctica entra&ntilde;a una perspectiva de coyuntura y por eso se mueve entre lo bueno o lo malo, la condena o el homenaje, la sumisi&oacute;n o el rechazo, la alabanza o la condena. Todo o nada. La valoraci&oacute;n intelectual, por su parte, posee una perspectiva menos inmediata en tanto se hace desde el supuesto manejo de claves culturales, hist&oacute;ricas y sociol&oacute;gicas que ayudan a explicar el hecho bajo examen y busca una respuesta cuyo valor como conocimiento sea extensible al presente e incluso al futuro. La reflexi&oacute;n intelectual quiere entender, esa es su finalidad. Usted puede preguntarme: &iquest;entender qu&eacute; en este caso? Aparte de lo que signific&oacute; su alianza con Trujillo para la vida y la obra de Max Henr&iacute;quez Ure&ntilde;a y la necesidad de mirar sin prejuicios este asunto para reinstalar a Max en el debate intelectual, me interesaba estudiar las siempre complejas relaciones entre el intelectual y el poder, a trav&eacute;s de un caso espec&iacute;fico sumamente interesante. No tanto para conocer la intr&iacute;ngulis de esa relaci&oacute;n en los a&ntilde;os treinta, como para ayudarme a comprenderla ahora, en mi presente y el suyo. Pero no me extiendo m&aacute;s en estas consideraciones porque supongo que sus pr&oacute;ximas preguntas se mantendr&aacute;n en este terreno.<br><br>PAV. Precisamente hablando de la forma de pensar de Max, &eacute;l valoraba grandemente la visi&oacute;n cultural espa&ntilde;ola en la conformaci&oacute;n antillana. Resulta que Trujillo acuerda concebir mayormente la identidad dominicana a partir de la herencia hisp&aacute;nica. &iquest;Habr&aacute; sido ese otro punto de simpat&iacute;a de Max con el proyecto trujillista?<br><br>FP. Y no s&oacute;lo ese punto. Mire, Rafael Leonidas Trujillo usufructu&oacute; a partir de 1930 los modos y las condiciones nacionales consolidadas en el pa&iacute;s bajo la ocupaci&oacute;n norteamericana, de la que &eacute;l mismo era un resultado; pero a la vez construy&oacute; su figura de garante de la soberan&iacute;a dominicana contra el tel&oacute;n de fondo de la herida que hab&iacute;a significado esa ocupaci&oacute;n, todav&iacute;a fresca. Concomitantemente, bas&oacute; su lanzamiento en la superaci&oacute;n del caudillismo tradicional y su intenci&oacute;n de organizar el pa&iacute;s sobre bases modernas. Si la inmensa mayor&iacute;a de los grandes intelectuales nacionalistas apoyaron (o al menos consintieron) a Trujillo fue porque &eacute;ste no s&oacute;lo los convoc&oacute;, sino porque adem&aacute;s incluy&oacute; en su programa ideol&oacute;gico algunos de los puntos de vista esenciales que sustentaba esa intelectualidad en torno a la naci&oacute;n, la cultura, la historia y el futuro de la Rep&uacute;blica Dominicana. Ese fue el caso de Max Henr&iacute;quez Ure&ntilde;a, quien era una figura muy interesante para el naciente dictador, tanto por su prestigio internacional como porque no hab&iacute;a tenido ning&uacute;n tipo de compromiso anterior con la pol&iacute;tica partidista dominicana. Adem&aacute;s del elemento se&ntilde;alado por usted sobre la pretendida hispanidad cultural dominicana, posturas como el antihaitianismo, la necesidad de ordenar y disciplinar el pa&iacute;s para hacerlo progresar, la pertinencia de un estado fuerte, etc., eran criterios ampliamente compartidos por muchos de los que formaban la elite intelectual dominicana que apoy&oacute; a Trujillo.<br><br>PAV. En nuestro pa&iacute;s prima la idea de Max como figura respetable. &iquest;C&oacute;mo explicarnos entonces su apoyo al trujillismo? De la forma en que usted presenta esa relaci&oacute;n, est&aacute; claro que se trata de un acercamiento con ra&iacute;z en convicciones intelectivas, no por mero oportunismo. Porque vivimos en una naci&oacute;n en que muchos intelectuales acostumbran vender su cerebro a cambio de vituallas.<br><br>FP. Es dif&iacute;cil leer en el alma de los hombres, m&aacute;s a&uacute;n si se trata de hombres relevantes por su inteligencia y sabidur&iacute;a. El apoyo que Max Henr&iacute;quez Ure&ntilde;a prest&oacute; a Trujillo estuvo regido por su sentido de lo conveniente. El intelectual estaba convencido de que el militar era lo que conven&iacute;a a la Rep&uacute;blica Dominicana de aquel momento. Vio en &eacute;l al hombre capaz de organizar al pa&iacute;s y llamar a sus hijos m&aacute;s relevantes para trabajar por su engrandecimiento, al individuo de car&aacute;cter que no permitir&iacute;a des&oacute;rdenes y mucho menos otro ultraje como el de 1916. Tal perspectiva se asentaba sobre dos pilares b&aacute;sicos. Primero, una evoluci&oacute;n ideol&oacute;gica que hab&iacute;a llevado a Max desde posiciones incluso cercanas a la izquierda en las primeras d&eacute;cadas del siglo, hasta un conservadurismo pesimista, alimentado por las decepciones hist&oacute;ricas y el temor a la impunidad imperial con que Estados Unidos regenteaba el &aacute;rea. Segundo, una lectura de la historia dominicana que lo condujo a la creencia de que su pa&iacute;s no estaba listo para experimentos democr&aacute;ticos y, por tanto, precisaba de una mano fuerte que impusiera el orden, fomentara el desarrollo econ&oacute;mico, elevara el nivel cultural de la poblaci&oacute;n y comenzara a labrar un lugar al pa&iacute;s dentro del concierto de las naciones americanas. No puede olvidar que, aparte de un intelectual brillante, Max Henr&iacute;quez Ure&ntilde;a era un hombre de car&aacute;cter pr&aacute;ctico y grandes capacidades para evaluar contextos, para instrumentar y dirigir proyectos. &iquest;Hubo adem&aacute;s de esto el prurito vanidoso de los nombramientos y los honores? &iquest;Termin&oacute; el escritor dej&aacute;ndose ganar por la estabilidad econ&oacute;mica y un posicionamiento privilegiado, que lo llev&oacute; a numerosos pa&iacute;ses e instituciones internacionales? No lo dudo. La funci&oacute;n del intelectual que empe&ntilde;a su talento para vestir con ropaje ideol&oacute;gico las decisiones del poder es muy antigua y, al parecer, longeva; tanto, que parece irse extendiendo como una epidemia a medida que avanzamos en el tiempo y llegamos a un presente donde, en tanto la oferta ha crecido desmesuradamente, el producto se encuentra muy depreciado.<br><br>PAV. Me interesa conocer hasta qu&eacute; punto Max Henr&iacute;quez Ure&ntilde;a, ese desconocido en su pa&iacute;s natal, es conocido en Cuba. En algunos momentos, usted menciona algunos cubanos -al menos a Fern&aacute;ndez Retamar y a Zenaida Guti&eacute;rrez-Vega- que al parecer no est&aacute;n empapados del todo en la obra del dominicano. &iquest;Los libros de Max son conocidos en Cuba de forma m&aacute;s o menos general o especialmente en los c&iacute;rculos intelectuales?<br><br>FP. Roberto Fern&aacute;ndez Retamar es un intelectual brillante, que no s&oacute;lo conoce la obra de Max, sino que tambi&eacute;n lo trat&oacute; personalmente. El enfoque que emplea para su inteligente estudio sobre el modernismo hispanoamericano y el noventaiocho espa&ntilde;ol peca quiz&aacute;s de excesiva ortodoxia marxista, que lo lleva a explicar las similitudes entre esas generaciones literarias situadas a ambos lados del Atl&aacute;ntico exclusivamente a partir del subdesarrollo com&uacute;n, dada la depauperaci&oacute;n econ&oacute;mica de la Espa&ntilde;a que ingres&oacute; en el siglo XX. Su reflexi&oacute;n se encuentra situada, pues, en el extremo opuesto a la que Max realizara por los a&ntilde;os veinte de ese mismo siglo y donde se privilegiaban fundamentalmente los contactos, las influencias, los intercambios literarios, etc. Zenaida Guti&eacute;rrez-Vega, por su parte, vive fuera de Cuba y su acercamiento al dominicano es un subproducto de sus investigaciones en los archivos del notable ensayista e investigador literario cubano Jos&eacute; Mar&iacute;a Chac&oacute;n y Calvo. Una cosa es cierta: Max Henr&iacute;quez Ure&ntilde;a goza de mucho prestigio y aprecio en Cuba, su nombre est&aacute; vinculado a sucesos importantes del devenir literario cubano en diversos momentos del siglo XX. Ahora, si bien su Panorama hist&oacute;rico de la literatura cubana es libro de consulta obligada a cualquier nivel, ese aprecio tiene su centro de intensidad en el sector intelectual y sobre todo en el universo acad&eacute;mico vinculado a las humanidades que, como usted sabe, resulta muy fuerte en la mayor de las Antillas. Claro que subsisten los recuerdos, las memorias de quienes lo conocieron y testimonian su actividad como promotor y profesor entre 1904 y 1930, o luego, cuando regres&oacute; a La Habana en los a&ntilde;os cincuenta. Pero lo importante es que su obra principal participa del debate intelectual cubano y, por tanto, vive. Esa vitalidad tiene muchas aristas no explotadas a&uacute;n. Ser&iacute;a, por ejemplo, muy interesante publicar el pol&eacute;mico intercambio epistolar sostenido entre Max y Juan Marinello en torno a la pertenencia o no de Jos&eacute; Mart&iacute; al modernismo y que hoy se conserva en el archivo de Marinello, en La Habana.<br><br>PAV. &ldquo;En el esp&iacute;ritu de las islas&rdquo; lleva cerca de dos meses en el mercado. Sin embargo, al menos en su etapa inicial, en el ambiente intelectual no se ha generado alguna reacci&oacute;n cr&iacute;tica de relativa envergadura. Teniendo en cuenta que su libro nos recuerda una deuda intelectual y que a su vez toma posici&oacute;n para fijar la carrera pol&iacute;tica y literaria de Max, &iquest;no echa de menos esa reacci&oacute;n<br>cr&iacute;tica?<br><br>FP. Mire, yo escribo para hacerme preguntas y lanzarlas al aire. Para m&iacute; el disfrute est&aacute; en la aventura de escudri&ntilde;ar, reflexionar y hacer literatura, no en los resultados sociales que ese acto provoque. Desde esa perspectiva, lo que pase con el libro despu&eacute;s de impreso, es secundario porque ya me encuentra ocupado en otro proyecto. En el esp&iacute;ritu de las islas no se escribi&oacute; para demostrar que Max era escasamente conocido en su pa&iacute;s de origen, sino por una combinaci&oacute;n de causas que incluso ahora mismo no alcanzo a discernir en su totalidad, pero entre las que se encuentran el reto intelectual que significaba hacerlo y la seguridad de que en el trayecto encontrar&iacute;a numerosas claves para entender el tiempo del dominicano y el m&iacute;o propio. No echo de menos la reacci&oacute;n a la que usted se refiere por tres razones. Primero, porque los &uacute;nicos libros de este tipo que provocan estallidos apenas aparecen son aquellos que utilizan mecanismos para impactar, ofender o escandalizar, y eso no me interesa. Segundo, porque varios y muy apreciables intelectuales dominicanos se me han acercado para debatir en torno o a partir del libro desde el momento mismo en que &eacute;ste sali&oacute; al mercado, y en nuestro medio esa es la &uacute;nica cr&iacute;tica literaria en la que de verdad creo. Y tercero, porque cualquier libro que busque insertarse con honestidad en el debate y la reflexi&oacute;n intelectual tiene un efecto m&aacute;s bien mediato, vinculado al di&aacute;logo literario y acad&eacute;mico. S&iacute; me inquieta que hasta el momento el intercambio en torno al libro ha estado aplastantemente referidos a los aspectos pol&iacute;ticos o hist&oacute;ricos y no literarios, cosa extra&ntilde;a porque estamos hablando de un escritor prestigioso. Tal hecho pudiera echar alguna luz sobre la textura del sector intelectual dominicano actual, &iquest;no cree?<br><br>PAV. Tras observarlo a usted pasar el bistur&iacute; sobre la obra de Max, nos queda su opini&oacute;n de que no se trat&oacute; de un superdotado en las lides literarias. Uso el adjetivo &ldquo;superdotado&rdquo; porque en nuestro medio, los escritores que gozan de reconocimiento hist&oacute;rico suelen ser vistos como &ldquo;superdotados&rdquo;, muchas veces sin entrar en grandes consideraciones...<br><br>FP. Desde el punto de vista literario, una divisi&oacute;n entre superdotados e infradotados no conduce a parte alguna. Su existencia s&oacute;lo podr&iacute;a ser fruto de una perspectiva malsana, que entiende la actividad literaria como una carrera de caballos, en la que se deben asignar lugares y canonizar a los campeones. Esto igualar&iacute;a, por ejemplo, a Pedro Henr&iacute;quez Ure&ntilde;a con Sammy Sosa o Amalia Vega dentro de la percepci&oacute;n social y obnubilar&iacute;a la reflexi&oacute;n cr&iacute;tica sobre su obra en favor de las adhesiones intuitivas y las reverencias ante un supuesto car&aacute;cter representacional como s&iacute;mbolo. Hay quienes creen (y me lo han expresado) que una perspectiva parecida a esa ha hecho que la figura de Pedro opaque un tanto a la de Max en el pa&iacute;s natal de ambos. Si es as&iacute;, contituir&iacute;a un grave error de recepci&oacute;n. La importancia de Pedro, que todos reconocemos, no clausura la amplitud y diversidad del intercambio intelectual. Siguiendo esa forma de pensar, bien podr&iacute;amos suponer entonces que el conocimiento de Cien a&ntilde;os de soledad (considerada por muchos la mejor novela hispanomericana del siglo XX) nos releva de leer cualquier otra obra de ese g&eacute;nero producida en el subcontinente durante el siglo. Nada, la literatura es di&aacute;logo, debate, y en ese proceso todos los autores y todas las obras tienen algo que decir. &iquest;Qu&eacute; zona de la actividad literaria desplegada por Max Henr&iacute;quez Ure&ntilde;a est&aacute; viva y nos sirve a&uacute;n? Esa es la pregunta. Las respuestas pueden ser tantas como los lectores posibles. Lo que hago en el libro es repasar esa obra de modo general, hacerla visible para que otros se acerquen, la examinen y extraigan de ella lo que entiendan pertinente.<br><br>PAV. Usted no parece interesado en sacralizar la figura de Max; incluso no echa mano al estilo altisonante que muchos utilizan al tratar personajes como &eacute;l..<br><br>FP. Vivir fuera de mi pa&iacute;s me ha servido para visualizar mejor ese mal&eacute;volo tejido de s&iacute;mbolos con que el poder (ser&iacute;a mejor decir los poderes) social te atrapa. Glorias intelectuales, deportivas, h&eacute;roes inc&oacute;lumes, discursos hist&oacute;ricos idealizados, reinas de belleza, s&iacute;mbolos patrios, objetos de museo, orgullos nacionales... todos cristalizados en su representaci&oacute;n de la pureza, el honor, el triunfo, etc., etc., etc. &iexcl;Vamos, amigo m&iacute;o! Nada est&aacute; exceptuado de pasar el sedazo implacable del criterio y todos tenemos derecho a la opini&oacute;n; en el fondo, ese es el &uacute;nico pedazo de libertad individual que nos han dejado. El que quiera adorar santos, que vaya a la iglesia. En cuanto al estilo altisonante, mejor lo dejamos para los pol&iacute;ticos en busca de votos o para los lambones (guatacas, dir&iacute;an los cubanos) en la carrea tras los puestos, las botellas o los homenajes. La creaci&oacute;n literaria es una aventura del lenguaje vivo, al mismo tiempo compartido y furiosamente personal. Escribo como soy. Y punto.<br><br>PAV. Desde el punto de vista literario, En el esp&iacute;ritu de las islas est&aacute; escrito de forma agradable. Aunque se nota el fardo de informaciones que posee el autor, en ning&uacute;n momento el libro se vuelve pesado ni excesivamente informativo. En la introducci&oacute;n, usted trata de aclarar ciertas diferencias en la estrategia escritural de cada cap&iacute;tulo; pero me parece que, en general, no se notan grandes cambios estil&iacute;sticos entre ellos. &iquest;Usted lleg&oacute; de forma casual a esta estrategia discursiva o fue el resultado de una reflexi&oacute;n previa?<br><br>FP. Yo comenc&eacute; mi carrera de escritor dentro de la cr&iacute;tica literaria, por aquellos tiempos en que se hablaba muy enf&aacute;ticamente de la cr&iacute;tica cient&iacute;fica. Quer&iacute;a encontrar (&iexcl;oh noble juventud!) la esencia de la literatura, es decir, el alma inasible que har&iacute;a o no a un texto literatura. Un d&iacute;a me decepcion&eacute;. Si usted se fija bien, la mayor parte de los cr&iacute;ticos profesionales le pueden desarrollar un puntilloso m&eacute;todo de an&aacute;lisis, pueden descomponer el texto literario hasta llegar a la relaci&oacute;n entre el adjetivo y el sustantivo, pueden traer a colaci&oacute;n todas las citas del mundo, pero a uno termina por quedarle la impresi&oacute;n de que no tienen la m&aacute;s m&iacute;nima idea de qu&eacute; es la literatura viva, esa cuya funci&oacute;n esencial consiste en expresar al ser humano. Por eso advierto en el pr&oacute;logo del libro que su realizaci&oacute;n ha sido concebida como trabajo de escritor, no de cr&iacute;tico o de investigador. La decisi&oacute;n de acometer la obra en esa forma naci&oacute; con los cuatro art&iacute;culos que me solicit&oacute; Di&oacute;genes C&eacute;spedes en 1998 para El Siglo. En esos art&iacute;culos (muy breves, por supuesto) quedaron estructurados los cuatro primeros cap&iacute;tulos del libro actual e incluso definidos sus t&iacute;tulos, aun cuando en ese momento todav&iacute;a Orlando Inoa no me hab&iacute;a propuesto escribir el libro y, por tanto, &eacute;ste no exist&iacute;a ni siquiera en mi intenci&oacute;n. Mire, en el fondo la reflexi&oacute;n fue muy sencilla: si yo hab&iacute;a disfrutado tanto haciendo el trabajo, &iquest;por qu&eacute; no iba a intentar que quien leyera el libro sufriera lo menos posible? Por eso todo el desarrollo del texto est&aacute; montado sobre un esquema narrativo y por eso usted no encontrar&aacute; en &eacute;l una sola de esas citas pedantes que los autores a veces emplean para que los dem&aacute;s vean lo cultos y enterados que son.<br><br>PAV. El pa&iacute;s del que Max sale a principio del siglo XX, ten&iacute;a ciertas limitaciones en el orden de la educaci&oacute;n y el conocimiento. Usted estudi&oacute; aquella &eacute;poca, y tambi&eacute;n, por su cercan&iacute;a con nuestro pa&iacute;s, ha tenido la oportunidad de ver c&oacute;mo son aquellas cosas justo un siglo despu&eacute;s. &iquest;Qu&eacute; le parece, en general, el espacio de discusi&oacute;n cultural en la Rep&uacute;blica Dominicana de hoy?<br><br>FP. Siendo extranjero, yo deb&iacute;a de cantarle maravillas para as&iacute; no buscarme problemas. Pero ser&iacute;a deshonesto. El espacio de debate cultural en el pa&iacute;s me parece estrecho, raqu&iacute;tico, y sobre todo muy maleado por un nefasto pragmatismo que aplasta cualquier ponderaci&oacute;n de los valores estrictamente culturales. De una parte, las humanidades van desapareciendo del medio acad&eacute;mico por no rentables y, lo poco que queda de ellas, es asimilado por la publicidad, el mercadeo, etc. De la otra, el discurso de la pol&iacute;tica convertida en negocio resulta ensordecedor y ha terminado por atraer y desnaturalizar gran parte del di&aacute;logo cultural y a sus portadores. A resultas de todo esto, el sector intelectual en el pa&iacute;s se manifesta desunido, descentrado y mayormente desviado hacia claves de interacci&oacute;n que no son las estrictamente intelectuales. Sin espacios culturales fuertes resulta imposible que el debate se enriquezca, mientras el mangoneo pol&iacute;tico, por una parte, y la casa de cristal, por la otra, se tragan la interacci&oacute;n social. El asunto empeora: &iquest;cu&aacute;ntos suplementos culturales han desaparecido de la prensa dominicana en los &uacute;ltimos dos a&ntilde;os para ser sustituidos por las p&aacute;ginas de la far&aacute;ndula y el entretenimiento? D&iacute;gamelo usted.<br><br>PAV. Varios, en verdad. Entonces, &iquest;qu&eacute; opini&oacute;n le despierta la articulaci&oacute;n del ambiente literario dominicano?<br><br>FP. Los escritores dominicanos que viven, trabajan y escriben en el pa&iacute;s son verdaderos h&eacute;roes. No es f&aacute;cil correr de un lugar a otro para atender cuatro o cinco puestos de trabajo con los que subsistir y, al mismo tiempo, estudiar, leer, crear proyectos y sacar tiempo para una labor tan concentrada y exigente como la literatura. Hace poco un intelectual dominicano de verdadero rango, miembro de la Academia de la Lengua, me mostraba las agendas en las que hace literatura mientras finge estar pendiente de las aburridas reuniones burocr&aacute;ticas que debe sufrir. Antes de ayer me escrib&iacute;a la poeta cubana Odette Alonso y preguntaba si las m&aacute;s de cuarenta &ldquo;universidades&rdquo; dominicanas ofrec&iacute;an becas para escritores, como es habitual en tantos pa&iacute;ses. No pude sino re&iacute;r. Las autoridades culturales dominicanas y las instituciones privadas deber&iacute;an tomar conciencia de que cada d&iacute;a se hace m&aacute;s dif&iacute;cil enfrentar trabajos literarios de largo aliento en el pa&iacute;s por falta de est&iacute;mulo y condiciones materiales adecuadas. Que, o hacen algo, o en el futuro la literatura y la investigaci&oacute;n dominicana m&aacute;s serias se habr&aacute;n desplazado hacia el extranjero, donde algunas universidades y otras instituciones s&iacute; ofrecen el financiamiento y la estabilidad necesarios para acometer esos proyectos con la serenidad y la paz de esp&iacute;ritu que es menester, lo que estar&iacute;a repitiendo de otra manera la historia de los Henr&iacute;quez Ure&ntilde;a. &iquest;Sabe usted c&oacute;mo se hizo durante cuatro a&ntilde;os el trabajo de b&uacute;squeda para En el esp&iacute;ritu de las islas? Exprimiendo una horita por aqu&iacute; y otra por all&aacute; para irme a recorrer bibliotecas, regate&aacute;ndole alg&uacute;n tiempo a las actividades con que me gano la vida para meterme en los archivos, aprovechando las horas de clase en que mis alumnos examinan para fichar informaci&oacute;n, usando la disposici&oacute;n de algunas personas que se ofrecieron para ayudar y a las que agradezco infinitamente por su dedicaci&oacute;n. Una ma&ntilde;ana, mientras abusaba de la bondad de Campito en el Archivo General de la Naci&oacute;n, lleg&oacute; un conocido investigador dominicano radicado en los Estados Unidos; portaba un cheque de la universidad donde trabaja por una barbaridad de miles de d&oacute;lares con el fin de recavar en el pa&iacute;s toda la informaci&oacute;n acerca del asunto hab&iacute;a elegido para su investigaci&oacute;n. No pudimos hablar mucho, &eacute;l ten&iacute;a todo su tiempo, pero yo deb&iacute;a volver a la oficina desde la que ya me hab&iacute;an reclamado tres veces. Claro que los verdaderos escritores e investigadores en el pa&iacute;s no dejar&aacute;n (no dejaremos) de escribir pero sus (nuestros) resultados ser&aacute;n siempre tocados por la falta de condiciones y de promoci&oacute;n, tendremos siempre la sospecha de que el trabajo pudo ser mejor o, al menos, m&aacute;s meditado. En fin, respondo a su pregunta: el ambiente literario en el pa&iacute;s es tartamudeante, carente de c&aacute;tedras fuertes, de instituciones fuertes, de editoriales fuertes, de publicaciones fuertes... es un ambiente dominado por el lenguaje altisonante de la pol&iacute;tica y del figureo, donde el esfuerzo denodado de unos pocos resulta ensombrecido por las puestas en escena del pragmatismo y el poder del dinero. Ojal&aacute; en el futuro de la literatura dominicana predomine la tosudez de quienes desde no hace mucho se han lanzado a proyectos tan quijotescos como las revistas Xinesquema o Caudal, pero no s&eacute;... no s&eacute;...<br><br>PAV. Su libro recalca nuestra deuda con la obra de Max. En este pa&iacute;s hay al menos dos proyectos editoriales que han mostrado inter&eacute;s en publicar autores importantes de nuestro pasado. Me refiero a Ediciones Librer&iacute;a La Trinitaria y a Editorial Manat&iacute;. &iquest;Le interesar&iacute;a a usted, a trav&eacute;s de espacios como esos, recuperar las publicaciones de Max?<br><br>FP. Hace dos a&ntilde;os present&eacute; un proyecto a la Biblioteca Nacional cuya finalidad era reunir y editar una selecci&oacute;n de la obra de Max Henr&iacute;quez Ure&ntilde;a. Su realizaci&oacute;n permitir&iacute;a adem&aacute;s crear un fondo donde se depositaran todos los libros del intelectual dominicano, unos f&iacute;sicamente y otros fotocopiados. Tanto el anterior incumbente de esa instituci&oacute;n, Andr&eacute;s L. Mateo, como el actual, Di&oacute;genes C&eacute;spedes, est&aacute;n muy interesados en impulsar tal proyecto, pero se requiere de financiamiento pues estamos hablando de una b&uacute;squeda compleja, que incluir&iacute;a varios pa&iacute;ses y obligar&iacute;a a revisar muchas colecciones de publicaciones peri&oacute;dicas. Nada, si usted oye hablar de que esas instituciones u otras est&aacute;n interesadas en darle curso al proyecto, p&aacute;seles mi tel&eacute;fono por favor.<br><br>PAV. No puedo finalizar esta entrevista sin una pregunta. Usted es cubano y reside en Rep&uacute;blica Dominicana; montado en la figura de Max, ha andado por la historia de Santo Domingo, Cuba y Puerto Rico, adem&aacute;s de otras islas del Caribe. &iquest;C&oacute;mo definir&iacute;a el antillanismo?<br><br>FP. El antillanismo fue resultado de un sentido de pertenencia com&uacute;n, de origen com&uacute;n, de circunstancias comunes y de destino com&uacute;n. Enfrentar ese destino juntos era en otro tiempo una necesidad de vida, una forma de protecci&oacute;n, de autorreconocimiento, y permiti&oacute; a los abuelos escribir algunas de las p&aacute;ginas hist&oacute;ricas e intelectuales m&aacute;s hermosas de nuestras fisonom&iacute;as identitarias. Hoy es un ideal agonizante, al que echamos de menos como si nos hubieran arrancado un pedazo. Un poco por condiciones externas, mucho por nuestra desidia, estamos renunciando a ese tejido material y espiritual que antes nos protegi&oacute; y dio sentido. As&iacute; lo veo.</font><br><br><font color="#ff0000">&ndash;&ndash;&ndash;</font><br><br><font color="#ff0000" size="2"><i><br></i></font><hr size="1"><br/>]]></description></item><item><title>Los intestinos del escritor</title><link>http://jfp.wetpaint.com/page/Los+intestinos+del+escritor</link><author>jfp</author><guid isPermaLink="false">http://jfp.wetpaint.com/page/Los+intestinos+del+escritor</guid><pubDate>Mon, 28 Jan 2008 11:17:26 CST</pubDate><description><![CDATA[<font size="2">A las tres y diez de la madrugada abro los ojos. Un nombre me da brincos dentro de la cabeza: Mar&iacute;a B, as&iacute; le dicen a Mar&iacute;a Belisa, una compa&ntilde;era de trabajo. Pero el nombre que hac&iacute;a gimnasia en mi cabeza no estaba asociado a ella, sino a la historia de un amigo que vivi&oacute; dos meses aterrorizado por la noticia (falsa, eso es lo mejor, &iquest;o lo peor?) de que padec&iacute;a Sida. &iquest;Qu&eacute; se siente cuando uno est&aacute; condenado a muerte? &iquest;Qu&eacute; necesita? &iquest;C&oacute;mo ve su vida? &iquest;Qu&eacute; ocurrir&iacute;a si en ese trance se encuentra con una mujer que conoci&oacute; antes, una mujer especial precisamente porque le fue inaccesible y porque es completamente distinta a las dem&aacute;s mujeres que a&ntilde;or&oacute; en su vida? Me levanto y comienzo a escribir. Lo m&aacute;s terrible son las primeras tres oraciones. Ya est&aacute;. Ahora recuerdo la charla sobre el oficio de narrar que me han pedido para presentar mi libro Tres, eran tres en el Gran Teatro del Cibao&hellip;</font><br><br><br><b><font color="#ff0000">LOS INTESTINOS DEL NARRADOR</font></b><br><br><font size="2">Cuando Marcela de Mirabal me solicit&oacute; que hablara esta noche en la tertulia sobre el oficio del narrador, experiment&eacute; sentimientos encontrados. Por una parte, me alegr&eacute; pues, luego de trabajar durante a&ntilde;os en los relatos que forman el libro Tres, eran tres, me ahorraba venir a (mal) explicarlos frente a quienes est&aacute;n llamados a recibirlos en su &iacute;ntima comprensi&oacute;n, hacerlos suyos y darles sentido, tras una lectura que al menos debe aspirar a ser personal y lo m&aacute;s separada posible de la perspectiva del autor. Por la otra, hablar del oficio de narrar comporta temibles riesgos, y solo lo har&eacute; luego de confesar que, como escritor y hasta el d&iacute;a de hoy, me ha servido de muy poco escuchar a otros escritores explicar c&oacute;mo escriben. As&iacute; pues, est&aacute;n advertidos: nada les garantiza que lo apuntado por m&iacute; esta noche aqu&iacute; pueda servirles de algo.<br>Por lo general los escritores tendemos a cubrir nuestro oficio con una capa esot&eacute;rica que, mucho me temo, es una reacci&oacute;n frente al cada vez menos favorable aprecio con que la sociedad nos observa. Garc&iacute;a M&aacute;rquez dec&iacute;a ponerse un mono de mec&aacute;nico para escribir; antes a&uacute;n, Ernest Hemingway afirmaba escribir de pie y a mano; otros degustan bebidas raras y m&aacute;s o menos espirituosas o escuchan m&uacute;sica a vol&uacute;menes diversos; etc. Antes sent&iacute;a un poco de envidia frente a esos rituales extra&ntilde;os porque yo siempre he escrito cuando puedo y donde puedo, con una muy terrena y com&uacute;n disposici&oacute;n... hasta que me percat&eacute; de que en su enorme mayor&iacute;a dichos rituales eran inventos de gente que son famosos precisamente por mentir bien. En mi vida he escrito en los horarios m&aacute;s dis&iacute;miles y en los lugares m&aacute;s impropios: desde la cocina de mi casa, hasta una terminal de &oacute;mnibus cubana, que les garantizo es la m&aacute;s eficiente publicidad del infierno sobre la tierra.<br>Narrar es un oficio y, como tal, suele exigir toda la pasi&oacute;n del creador y toda la voluntad del estratega. Al contrario de otros g&eacute;neros literarios, la narraci&oacute;n se planifica (a veces inconscientemente) durante mucho tiempo, y se ejecuta siguiendo un programa de trabajo que puede estar m&aacute;s o menos claro, pero que existe siempre. Al menos en mi caso, hay mucho de impulso cuando escribo la primera versi&oacute;n de un relato, y mucho de c&aacute;lculo cuando lo completo y corrijo, operaci&oacute;n esta &uacute;ltima que suele tomarme a&ntilde;os y que ejecuto con una paciencia y una puntillosidad casi obsesiva. Sigo diciendo que no tengo por qu&eacute; agregar a mi natural falta de talento los errores que provoca la premura. Adem&aacute;s, el ejercicio de trabajar durante meses en ese primer planteo narrativo, engord&aacute;ndolo desde dentro, vi&eacute;ndolo crecer y transformarse con la aparici&oacute;n de situaciones, conflictos y personajes que ni me imagin&eacute; al principio, produce un placer que &uacute;nicamente encuentra comparaci&oacute;n con experiencias cuya menci&oacute;n no ser&iacute;a adecuada en un espacio p&uacute;blico como este.<br>En el libro de relatos que nos ocupa hoy, &ldquo;A.M.&rdquo; y &ldquo;Andamios&rdquo; fueron escritos de un tir&oacute;n, estallaron luego de una maduraci&oacute;n que corri&oacute; por debajo de la piel y cuya duraci&oacute;n no alcanzo a medir. &ldquo;A.M.&rdquo; fue resultado de mi arduo y contradictorio proceso de adaptaci&oacute;n al medio dominicano, de mi carrera como emigrado, con toda la repercusi&oacute;n de desarraigo y sentido de la sobrevivencia que ese proceso suele tener. &ldquo;Andamios&rdquo; brot&oacute; por el rechazo, casi dir&iacute;a por el asco que me produjo la historia real de alguien que explot&oacute; los sentimientos de una chica dominicana para salir de Cuba. Pero t&oacute;mese en cuenta que la primera versi&oacute;n de &ldquo;A.M.&rdquo; ten&iacute;a apenas tres cuartillas y la que gan&oacute; en el Concurso de Casa de Teatro 2001 alcanza las veintitr&eacute;s. La idea de &ldquo;Tres, eran tres&rdquo;, el relato que da t&iacute;tulo al libro, naci&oacute; sin embargo en 1997, cuando escuch&eacute; una conferencia de la historiadora Olga Portuondo sobre la Virgen de la Caridad del Cobre, Patrona de Cuba, y me propuse reinventar el mito de su m&iacute;tica aparici&oacute;n a los tres pescadores en la Bah&iacute;a de Nipe. No lo escrib&iacute; hasta 2002. El primer est&iacute;mulo de &ldquo;La espera&rdquo; es todav&iacute;a m&aacute;s antiguo: lleg&oacute; con la historia del ladr&oacute;n que estuvo a punto de matar a Madrina en su casa de Palma Soriano, a&ntilde;os antes de que naciera yo, y que escuch&eacute; en las reuniones familiares desde que era ni&ntilde;o. Luego de un primer intento a finales de los a&ntilde;os ochenta, vine a escribirlo en 2003.<br>Como cualquier otro trabajador, tengo d&iacute;as en los que un volc&aacute;n me empuja hacia el teclado de la computadora, y otros d&iacute;as en que me obligo a mirar hacia la pantalla y trabajar sobre las palabras, casi a disgusto. Aclarado esto, voy a responder tres simples preguntas.<br><br>1. &iquest;Por qu&eacute; narro?<br><br>Por la rotunda necesidad de contar algo. A pesar de lo mucho que ha evolucionado la narrativa escrita hasta el d&iacute;a de hoy, en su esencia sigue latiendo la misma humana necesidad de contar que conoci&oacute; la especie en sus ya distantes albores. El artilugio de Scherezade no ha perdido un gramo de efectividad y atracci&oacute;n. Solo que, al menos en mi caso, esa necesidad de contar apunta hacia m&iacute; mismo. Mientras escribo, jam&aacute;s pienso en un posible lector y menos todav&iacute;a en la figura del cr&iacute;tico. Escribo porque es la &uacute;nica forma que tengo de equilibrar mi interioridad con la exterioridad en la que me inserto, a trav&eacute;s de la invenci&oacute;n de un mundo que solo comenz&oacute; a existir despu&eacute;s de que, como Dios, las yemas de mis dedos dieron la orden definitiva: Fiax Lux. Narrar es para m&iacute; la m&aacute;s aguda y enriquecedora forma de conocer al ser humano. Lo verdaderamente curioso es que, cuando me despierto en la madrugada convencido de que tengo la historia del siglo dando carreras por mis nervios, mientras voy engordando desde dentro una historia que pronto ya ni se parece a la idea inicial, cuando reviso durante a&ntilde;os un discurso en que las palabras se van uniendo hasta hacerse inseparables, no tengo conciencia de estar queriendo decir alguna verdad. Escribo porque me divierte, porque me hace sentir aut&eacute;ntico.<br>Ahora, bien s&eacute; que el resultado de esa operaci&oacute;n va m&aacute;s all&aacute; de su autor. La narraci&oacute;n de una historia, como cualquier aprehensi&oacute;n art&iacute;stica, tiene un profundo car&aacute;cter de s&iacute;ntesis. Hay en su discurso motivos, caracteres, emociones, conflictos, reacciones que en la vida real se encuentran diseminados, perdidos en la gesticulaci&oacute;n y la inercia del vivir. La narrativa los encarna y los hace visibles con la rotunda convicci&oacute;n que tiene lo contado. As&iacute;, se trata de una operaci&oacute;n que genera dos l&iacute;neas resultantes: una hacia el autor, mediante la cual se autoafirma y explora instintivamente cuanto le rodea; y otra hacia el lector, quien puede observar ribetes de la vida y la condici&oacute;n humana que normalmente est&aacute;n ocultos. Como afirmaba Bajtin, la literatura no trabaja con formulaciones te&oacute;ricas cerradas, lo hace en el laboratorio de la vida&hellip; por eso suele ver m&aacute;s lejos y antes que la ciencia.<br>Cuando escrib&iacute; los relatos de Tres, eran tres solo buscaba reconocerme en lo que soy para reinventarme en la desolaci&oacute;n del presente. Luego de emplear a&ntilde;os trabaj&aacute;ndolos, a veces escucho los comentarios de lectores y me pregunto: &iquest;c&oacute;mo entr&oacute; eso a la narraci&oacute;n?, &iquest;y d&oacute;nde estaba que yo no lo vi?<br><br>2. &iquest;C&oacute;mo narro?<br><br>La narraci&oacute;n es una voz, una perspectiva, una forma de decir. Historias interesantes sobran; personajes impactantes o representativos de algo los hay por millones. No pue-do sentarme a escribir hasta que la voz no empieza a contar dentro de m&iacute; y la narraci&oacute;n fluye como si me la estuvieran dictando desde alg&uacute;n lugar inc&oacute;gnito de m&iacute; mismo. Eso es lo que algunos escritores llama el tono. He pasado a&ntilde;os pensando en una historia, sin que jam&aacute;s llegue la voz que ha de darle vida; he despertado en la madrugada escuchando c&oacute;mo una voz (esa y ninguna otra) cuenta cierta historia en la que jam&aacute;s hab&iacute;a pensado. La voz que cuenta &ldquo;A.M.&rdquo; estall&oacute; una madrugada, destilando la historia de un cubano &ldquo;quedado&rdquo; en Santo Domingo que cree haber so&ntilde;ado antes lo que le sucede ahora, pero no recuerda cu&aacute;ndo lo so&ntilde;&oacute; ni c&oacute;mo termina el sue&ntilde;o. Fue relativamente f&aacute;cil contar mezclando el sociolecto de la calle cubana, el cal&oacute; de los aseres, y la norma culta. Sin embargo, encontrar la voz de Ana para narrar &ldquo;La espera&rdquo; result&oacute; muy dif&iacute;cil, no solo por su acento concentradamente femenino de ama de casa, sino sobre todo porque la perspectiva de la madre que se niega a admitir la p&eacute;rdida de su &uacute;nico hijo en el mar durante una salida ilegal necesitaba mucho equilibrio para no hundirse en el melodrama y la cursiler&iacute;a.<br>Fueron algunos de los narradores del boom quienes entre nosotros bebieron la multiperspectividad del punto de vista en las vanguardias y supieron jugar con ella: particularmente, Jos&eacute; Donoso y Carlos Fuentes. Yo lo recib&iacute; como una herencia doble: en la creaci&oacute;n, del novelista Jos&eacute; Soler Puig, el m&aacute;s sabio experimentador del punto de vista que haya conocido; en la teor&iacute;a, de Ricardo Repilado, quien me entreg&oacute; la dimensi&oacute;n anal&iacute;tica de esa pr&aacute;ctica. Alguna vez un espiritista cubano me confes&oacute; con aprehensi&oacute;n: &ldquo;Yo tengo una voz que me habla en la cabeza&rdquo;. Pude haberle contestado que yo tengo m&aacute;s de una. Y mucho m&aacute;s: cuando entro en posesi&oacute;n de esa voz, disfruto tanto narrar que me hago trampas, demoro la escritura para que el placer de contar contin&uacute;e al d&iacute;a siguiente. Pero no le dije nada para no decepcionarlo; &eacute;l que hab&iacute;a venido a explicarme su di&aacute;logo con los esp&iacute;ritus y esperaba de m&iacute; una demostraci&oacute;n cient&iacute;fica de que no es-taba loco.<br>Cualquier lector experimentado sabe que lo contado por la ficci&oacute;n no es la &ldquo;realidad&rdquo;, solo constituye la pobre verdad de un narrador. Los relatos de Tres, eran tres de-penden en gran medida de esa superposici&oacute;n de perspectivas. Si &ldquo;A.M.&rdquo; es narrado por un solo personaje, este se duplica entre el que est&aacute; seguro de ser, y el que llega desde un sue&ntilde;o que no conoce ni puede controlar. &ldquo;La espera&rdquo; resulta de las perspectivas combinadas de Ana, su marido Manuel y un narrador en tercera persona que se acerca o se aleja de lo narrado seg&uacute;n le convenga. En &ldquo;Tres, eran tres&rdquo; la narraci&oacute;n alterna entre los tres personajes protag&oacute;nicos: un pescador, un profesor de f&iacute;sica y un escultor atrapados en medio del mar y del conflicto pol&iacute;tico que los enfrenta. En &ldquo;Andamios&rdquo; la voz que cuenta pasa continuamente y sin aviso ni transici&oacute;n de la distancia de la tercera persona a la cercan&iacute;a de la primera, y viceversa.<br>Al final, nada es verdad y nada es mentira. Lo &uacute;nico cierto es la perspectiva de cada lector.<br><br>3. &iquest;Para qu&eacute; narro?<br><br>Ya esa pregunta la respond&iacute; antes: para equilibrar el mundo, mi mundo, a trav&eacute;s de la ficci&oacute;n. Para extender a los dem&aacute;s una plataforma que, con algo de suerte y sensibilidad, les permita avanzar un mil&iacute;metro en el reconocimiento de la geograf&iacute;a espiritual del ser humano. Pero ahora debo confesar algo. Cuando lo escrito pasa al libro y se aleja de m&iacute;, se hace ajeno, deja de pertenecerme, entonces puedo leer mis relatos como cualquier lector despreocupado. Y es ah&iacute; que descubro una verdad que hasta ese momento se ha hurtado entre las brumas del deseo y la creaci&oacute;n. &ldquo;A.M.&rdquo; deja de ser el anecdotario del emigrante que busca insertarse en su nueva sociedad y se convierte en una prueba de que los hilos de la identidad suelen estar tejidos con materiales tan poderosos como dif&iacute;ciles de definir. &ldquo;La espera&rdquo; ya no es el recuento de una tragedia, el sacrificio del hijo &uacute;nico, sino la confirmaci&oacute;n de que la fe, el coraje y la voluntad son invencibles, pueden incluso derrotar a la muerte. &ldquo;Tres, eran tres&rdquo; nos recuerda que la Virgen de la Caridad del Cobre sigue apareciendo todos los d&iacute;as en el mar tumultuoso de nuestros enfrentamientos para tendernos el &uacute;nico espacio real de di&aacute;logo y comprensi&oacute;n, la cultura. &ldquo;Andamios&rdquo; no es m&aacute;s un hombre que rememora su vida mientras cae y se transforma en una prueba de que el hombre solo es capaz de encontrarse si tiene la valent&iacute;a de negarse a la mentira y la doble moral.<br>Pero, repito, esas son apreciaciones que se abren cuando el libro impreso impone una distancia entre los relatos y yo. Antes, solo son historias que exigen ser contadas. Ahora mismo, en el instante exacto en que les leo estas palabras, mientras madrugada a madrugada escribo un relato titulado &ldquo;El ombligo de Mar&iacute;a B&rdquo;, &uacute;nicamente puedo atender a la historia del profesor de Sociolog&iacute;a que a los cuarenta y dos a&ntilde;os ha sido notificado de un tumor en la cabeza, va a la universidad donde imparte clases a pedir una licencia y, en el camino hacia el temido Doctor Zouain, se encuentra (o cree encontrarse) con una muchacha que fue su vecina hace diez a&ntilde;os.</font><br><br><div align="center"><font color="#ff0000">___</font></div><br><font color="#ff0000"><b>El ombligo de Mar&iacute;a B</b></font><br><br><font size="2"><i>Una mujer que atienda este clamor se necesita<br>Roque Dalton</i><br><br>El camino entre el decanato y el parqueo puede ser peligroso. Es dif&iacute;cil calcular la velocidad con que circula un chisme en una oficina, la especial astucia de estas mujeres sin cosa mejor que hacer para olerse los problemas ajenos, y nunca estar&eacute; seguro de qu&eacute; perversidad esconde la sonrisita mansa y eficiente de Telma, o el c&oacute;mo le va, profesor, que precisamente esta tarde entona la flaca boquitorcida que el doctor Mateo se busc&oacute; para asistente y a la que nunca le he ca&iacute;do ni regular. Qu&eacute; mal gusto tienen los abogados para escoger a las mujeres, peor que el de los historiadores. Suena el celular. Bien dec&iacute;a t&iacute;a Dignora: blasfema y Dios te castiga. Es Marita.<br>&ndash;&iquest;D&oacute;nde est&aacute;s? &ndash;la voz se escucha intermitente, cortada por un ruido insoportable, como si en el lugar desde donde me habla lloviera a r&aacute;fagas sobre un techo de zinc.<br>&ndash;En el decanato, te dije que ven&iacute;a para el decanato.<br>Salgo al pasillo para ahorrarle a Telma el esfuerzo de escuchar y que la flaca boquitorcida pueda ocuparse en serio de esos papeles que nadie debe haberle pedido.<br>&ndash;&iquest;Fernando? No te oigo bien. Recuerda que la cita en la cl&iacute;nica es a las tres y quince.<br>Afuera hay un viento fuerte pero el mismo calor de todas las tardes. Tambi&eacute;n Marita se niega a abandonar su papel de hero&iacute;na de las causas perdidas.<br>&ndash;S&iacute;, ya s&eacute;.<br>&ndash;&iquest;Estar&aacute;s bien? Si quieres, voy a buscarte&hellip;<br>&ndash;Estoy bien, estoy bien. Cierra, por favor, que casi no te oigo.<br>Atravesar la peque&ntilde;a plazoleta no ofrece muchas dificultades. El viento queda atrapado entre los edificios y tiene que conformarse con batir las ramas bajas de los &aacute;rboles. Produce un ambiente revoltoso, inestable, y los estudiantes pasan de prisa, apretando las laptops y los libros contra el pecho, concentrados en alcanzar alg&uacute;n alero protector. Los &uacute;nicos que permanecen como si no hubiera mundo fuera de ellos son los marcianos, sentados en el suelo o de pie entre los bancos, formando grupos no mayores de tres o cuatro especimenes. Se les ve tan a gusto con la forma en que el viento revuelve sus mechones de pelo violeta y verde, felices de exhibir los aros que les cuelgan de las narices y orejas, realizados en la asexualidad progresiva de sus cuerpos estragados por la mariguana, que terminan identific&aacute;ndose con la estatua del fundador empecinado en seguir de pie al final de la plazoleta, ido del mundo, m&aacute;s que muerto en la bondad pastosa con que pretendieron eternizar su mirada de idiota.<br>La salida a la calle interior s&iacute; es una vaina distinta. En el primer recodo escandalizan los jevitos, casi un&aacute;nimemente varones aunque nunca falte alguna flaca bul&iacute;mica, repelada y aspirante a creativa publicitaria que, cigarrillo en mano, se zambulle con expresi&oacute;n org&aacute;smica en el perfume de la gasolina y la bravuconer&iacute;a. Songo le dio a Borondongo. Jeans, camisas de mangas recogidas, corte de cabello prestado de la &uacute;ltima revista de moda, los jevitos se alinean a lo largo del muro que delimita el economato y ejecutan un gui&oacute;n autom&aacute;tico, sin el m&aacute;s m&iacute;nimo fallo de buj&iacute;as. Borondongo le dio a Bernab&eacute;. Como si un timer implacable los activara, cada jevito reconoce el momento de levantarse, caminar en las cercan&iacute;as de su veh&iacute;culo y ponderar con gestos desmesurados el &uacute;ltimo aditamento tra&iacute;do desde Oklahoma para alimentar el poder de su motor, el combustible especial y ultrarr&aacute;pido creado por un cient&iacute;fico cuyo nombre japon&eacute;s suena realmente inteligente, el v&eacute;rtigo y la adrenalina que les voltean los ojos. Bernab&eacute; le peg&oacute; a Muchilanga. Las clases no se sui-cidan, se descerebran. Como sus carros, los jevitos son brillantes, lujosos, s&oacute;lidos, arrogantes, impecables en la confianza con que esparcen por el mundo tanta in&uacute;til vitalidad. Con raz&oacute;n ya no me acuerdo a qui&eacute;n le dio Muchilanga.<br>Pero el mayor riesgo sigue siendo la violencia del viento que barre la cancha de baloncesto y sacude las copas de los &aacute;rboles, la forma imprevisible en que a cada paso con-fluyen o se repelen las l&iacute;neas de estos edificios entre los que he caminado desprevenido durante diez a&ntilde;os. &iquest;Eran as&iacute; de inmensas y en&eacute;rgicas las ramas de los &aacute;rboles hace veinticinco minutos? &iquest;Cu&aacute;ndo se form&oacute; ese espacio tierno donde coinciden la entrada al par-queo, el final de los campos deportivos y el fondo del edificio viejo del colegio? De principio a fin, desde el biber&oacute;n hasta la computadora, las cosas insisten en alertar sobre su fragilidad pero nosotros nos la pasamos mirando hacia el &uacute;nico sitio que no vale la pena, hacia nosotros mismos. &iquest;Existir&aacute; ma&ntilde;ana el camino al calvario de esta tarde, la triste gloria de lo que supuse ser, la humillaci&oacute;n de hacer antesala frente a la puerta del decano, un carajo que caga, mea y suda igual que yo, pero ante el que debo poner cara de sufrimiento para que me apruebe la maldita licencia m&eacute;dica?<br>Por suerte, el parqueo es un &aacute;mbito m&aacute;s acogedor, deja menos espacio para la sorpresa. El estremecimiento especial que produce una puerta al ser cerrada. El Nancy, si vas a la cafeter&iacute;a c&oacute;mprame un Gatorade que grita de esquina a esquina una gordita ojerosa. El objeto verde y no bien identificado que el bedel recoge con rapidez del piso. El motor que tartamudea con duda casi humana antes de ponerse en marcha. Lo mejor es dispersarse en los detalles, cumplir el principio de no desear las cosas para que se cumplan. Nadie tendr&aacute; necesariamente que distraerme esta tarde. No aparecer&aacute; un estudiante disgustado por la nota del &uacute;ltimo parcial. La muchacha que alguna vez estuvo en mi aula y todav&iacute;a le gusta sentir de vez en cuando el escozor de mi mirada sobre sus tetas habr&aacute; amanecido hoy con el biorritmo en baja y prefiere no saludar a ese profesor que se las da de muy simp&aacute;tico. El guachim&aacute;n del rectorado se rompe la cabeza pensando de d&oacute;nde va a sacar los cuartos para el dentista del hijo y no est&aacute; de humor para andar provocando mi opini&oacute;n acerca de los &uacute;ltimos cambios hechos por el presidente en el tren de gobierno. La chica de ajustados pantalones color naranja ha decidido echar los volantes publicitarios a la basura porque ya no puede m&aacute;s con el dolor en las piernas. No hay que ceder a la tentaci&oacute;n de acusar al mundo por permanecer indiferente a la forma en que mi Mitsubishi blanco se acerca cada vez m&aacute;s, al gesto rid&iacute;culamente altanero con que desactivo la alarma, a la mano semejante a mi mano que hala la manigueta&hellip;<br>&ndash;&iquest;&iexcl;Se&ntilde;or Iturralde!?<br>La muchacha estrangula una cartera mamey debajo del brazo izquierdo y ofrece una sonrisa abrillantada por la sorpresa. Tengo una memoria a prueba de mandarriazos. Recuerdo la primera clase que di hace nueve a&ntilde;os y siete meses en el tercer piso del edificio tres de esta universidad, la extra&ntilde;a forma en que los estudiantes se api&ntilde;aban hacia el ala derecha del aula, las oraciones en ingl&eacute;s que hab&iacute;an quedado escritas en la pizarra, seguramente de la clase anterior, <i>love is more important than money, but less urgent</i>. Recuerdo el olor a rat&oacute;n mezclado con desodorante que se respiraba en la cabina donde hice mi primer programa de radio, en La Poderosa de Ban&iacute;, hace m&aacute;s de quince a&ntilde;os; aquel ambiente asqueroso y c&aacute;lido que pre&ntilde;aba las palabras de significado, las hac&iacute;a sonar redondas, perfectas como nunca antes o en ning&uacute;n otro lugar. Recuerdo la resignaci&oacute;n en los ojos siempre cansados de t&iacute;a Dignora cuando me quit&oacute; el libro de las manos y se lament&oacute; ante Dios, nuestro se&ntilde;or todopoderoso que est&aacute; en los cielos, porque les hab&iacute;a hecho el poco favor de mandarles un carajito malogrado, al que definitivamente no le iba a gustar el trabajo. Eso fue en la casa de los abuelos, en Salinas, tendr&iacute;a yo diez a&ntilde;os como mucho, y estaba fascinado por la forma en que pronunciaba la letra te un pescador flaco que cantaba mientras pon&iacute;a carnadas en un mazo de anzuelos seguramente m&aacute;s peque&ntilde;o de lo que me pareci&oacute; entonces. Recuerdo a la muchacha casi adolescente que bajaba o sub&iacute;a las escaleras desde o hacia el tercer piso, el saludo amable que era al mismo tiempo una declaraci&oacute;n de l&iacute;mites, su jeans y su blusita comprados en la pulga aunque ejemplarmente limpios y planchados. Ahora debe estar en los treinta y pesa unas diez libras m&aacute;s, pero es la misma muchacha delgada, de modales atenuados que &ndash;y justo en este momento me doy cuenta&ndash; no recuerdo haber visto maquillada antes ni una sola vez.<br>&ndash;Vaya, hola. &iexcl;Qu&eacute; sorpresa!<br>&ndash;&iquest;Se acuerda de m&iacute;?<br></font><font color="#ff0000" size="2"><br><br><br></font><div align="center"><font color="#ff0000" size="2">Fragmento...</font></div><hr size="1"><br/>]]></description></item><item><title>Literatura para niños</title><link>http://jfp.wetpaint.com/page/Literatura+para+ni%C3%B1os</link><author>jfp</author><guid isPermaLink="false">http://jfp.wetpaint.com/page/Literatura+para+ni%C3%B1os</guid><pubDate>Fri, 25 Jan 2008 07:25:08 CST</pubDate><description><![CDATA[  <br><br><b><br>EL PRIMO MIGUEL</b><br><br><font size="2">Ictericia es una palabra fea, larga y enroscada como culebra. As&iacute; son las enfermedades: cuando vienes a ver, ya te agarraron los reposos, los pinchazos en las nalgas, los remedios cada ocho horas y el pur&eacute; de malanga que prepara la abuela y te embute la mam&aacute;. Pedro hab&iacute;a estado enfermo otras veces. Pero esta ocasi&oacute;n iba a tener un final distinto. Cuando parec&iacute;a que todo pasaba y ya daba sus paseos de tardecita por la acera y cre&iacute;a que estaba a punto de volver a la escuela, los mayores empezaron a ponerse raros: los abuelos cuchicheaban misteriosos, las t&iacute;as se sentaban en la cama y le hablaban como si &eacute;l tuviera dos a&ntilde;os y no casi once, la mam&aacute; rebuscaba en los armarios y se atareaba prob&aacute;ndole y arreglando ropa vieja. Fue Juan quien &ndash;una palabra por aqu&iacute;, otra por all&aacute;&ndash; aclar&oacute; el secreto. Pedro iba a dar un viaje. &iquest;Un viaje? Por fin la mam&aacute; le explic&oacute;: el m&eacute;dico aconsejaba dos semanas en un lugar sano y hab&iacute;an decidido llevarle para la finca del primo Miguel.<br>&ndash;Pero si yo no conozco a ese primo Miguel &ndash;protest&oacute; Pedro. Y enseguida la pregunta&ndash;. &iquest;Y me voy a quedar solo en ese lugar?<br>Su mam&aacute; se mir&oacute; las u&ntilde;as, le pas&oacute; la mano por el pelo y, en fin, hizo todas las cosas que hac&iacute;a siempre antes de darle una mala noticia.<br>&ndash;Bueno &ndash;dijo&ndash; solo no, con el primo Miguel y la prima Luisa. Y a la prima Luisa s&iacute; la conoces bien. Yo tengo que regresar porque...<br>Y detr&aacute;s las explicaciones que dan los mayores para que uno sepa que ellos no tienen tiempo para juegos. Al final: &ldquo;Ya ver&aacute;s c&oacute;mo te vas a divertir&rdquo;.<br>Cuando la guag&uuml;ita hocicuda y desvencijada dej&oacute; la carretera y se meti&oacute; por el camino de tierra, Pedro tuvo que tragar duro porque aquel tremendo nudo que ten&iacute;a en la garganta no le dejaba respirar. Entre los tumbos, el chirriar de la guag&uuml;ita, la voz de su mam&aacute; que no par&oacute; de hablarle un minuto y aquel paisaje de &aacute;rboles y m&aacute;s &aacute;rboles que iba apareciendo a medida que amanec&iacute;a, Pedro a&ntilde;or&oacute; sus d&iacute;as de enfermo: las s&aacute;banas limpias y tibias, los juegos de parch&iacute;s en la cama, los traslados hasta el televisor para ver las aventuras, los mimos de todos a la hora de las medicinas y, por supuesto, las visitas de Sady algunas tardes que ahora aparec&iacute;an con un brillo distinto a todo lo que hab&iacute;a vivido. Cuando su mam&aacute; le dijo &ldquo;Nos bajamos aqu&iacute;&rdquo;, ya Pedro estaba seguro de que atr&aacute;s, perdidos para siempre, quedaban sus mejores d&iacute;as.<br>De lejos, la casa del primo Miguel era un palmar; de cerca, despu&eacute;s de quince minutos caminando por un trillo, era una casita en forma de ele, con techo de guano y zinc, jard&iacute;n en el &aacute;ngulo y pozo en el frente. A Pedro le pareci&oacute; un disparate aquella casa en la que se entraba por detr&aacute;s y, cuando puso un pie dentro de la cocina, se sent&iacute;a condenado a un castigo desconocido pero terrible.<br>Los recibi&oacute; la prima Luisa. Y despu&eacute;s de los besos y abrazos:<br>&ndash;Ah, pero est&aacute; muy flaquito este vejigo. Seguro que en el pueblo no le dan bastante comida.<br>Enseguida les col&oacute; caf&eacute;; amargo para la mam&aacute; y claro para Pedro.<br>&ndash;Ese caf&eacute; es b&aacute;rbaro con pan &ndash;dijo.<br>A Pedro le hubiera sido dif&iacute;cil tragar con aquella bola que no se le bajaba de la garganta. Esta no era la prima Luisa que &eacute;l hab&iacute;a visto en la ciudad tantas veces, siempre vestida de blanco, conversando de lo m&aacute;s tranquila con los abuelos, la mam&aacute; y las t&iacute;as. &Eacute;sta brincaba de un lado para el otro como si fuera una pelota: bajita, gorda y de color marr&oacute;n. Parec&iacute;a mentira que pudiera ir y venir y mover las manos y hablar y re&iacute;rse sin parar un segundo. Adem&aacute;s, &iexcl;aquella prima Luisa era de su tama&ntilde;o!<br>El primo Miguel result&oacute; todo lo contrario. Para darle a Pedro una mano flaca y llena de chichones tuvo que doblarse much&iacute;simo. Usaba una camisa de mangas largas y el pantal&oacute;n iba amarrado con una soga de pita casi en la boca del est&oacute;mago, de modo que los bajos le daban como una cuarta por encima de las botas viejas, puestas sin medias. Los brazos y la cara estaban muy quemados por el sol, y lo que m&aacute;s llam&oacute; la atenci&oacute;n de Pedro fueron los dos ojos separados, que lo miraban fijo y sin sonrisa.<br>&ndash;Vaya &ndash;dijo&ndash; ya estuve comentando en la estancia que a partir de ma&ntilde;ana tengo ayudante. Descanse hoy, camarada. &iquest;Qu&eacute; le gustar&iacute;a comer?<br>Pasaron el resto del d&iacute;a conversando &ndash;la mam&aacute;&ndash; y reconociendo &ndash;Pedro&ndash; los alrededores. Cuando se le destrabaron los pies, se asom&oacute; al pozo, recorri&oacute; 